lunes, mayo 31, 2021

Ya no quiero estar aquí

Terminé el segundo semestre con excelentes calificaciones y con otro diploma de primer lugar de aprovechamiento. Mis padres estaban felices y orgullosos, mientras yo me angustiaba pensando ¿Qué iba a hacer en las vacaciones?, ¿Qué pretexto iba a utilizar para ver a Sergio? ahora que ya no iba a ir a la escuela diariamente durante dos meses.

Una tarde llegó a la casa la prima con la que trabajé mientras no fui a la escuela; iba a pedirme que volviera a trabajar durante el verano. La idea no me agradaba, volver a trabajar era estar con mi hermano todo el día, quien por cierto poco a poco empezaba a hablarnos, con la diferencia que ahora era a mí a quien ya no le interesaba hablar con él. Toda la admiración que sentía por él y el poco cariño que me quedaba, lo perdió cuando volvió. No entendí como teniendo la oportunidad de empezar su vida lejos de ahí, como habiéndose ya ido, se dio por vencido y decidió regresar a lo fácil, a lo cómodo, a lo conocido, juré que eso no me pasaría a mí.

Con la presión que me causaba el que mis papás estaban pagando mi colegiatura, me veía en la obligación de ayudarlos así que acepte; igual era una forma de estar fuera de casa, ahora que también mi hermana había vuelto, más gruñona que antes;  además estaba el hecho que en la calle había más posibilidades de ver a Sergio, aunque fuera de lejos.

El verano pareció eterno, aunque vi a Sergio casi a diario a la distancia, fueron pocas las ocasiones que tuve la oportunidad de hablar con él, de estar a su lado. Afortunadamente llegó el momento de volver a la escuela, con la novedad de que no volvía sólo. Al ver mis papás mi cambio, lo responsable que me había vuelto, lo bien que me estaba haciendo esa escuela, decidieron meter a mi hermana en la misma; ahora que la habían obligado a regresar era una forma de mantenerla ocupada y tratar de contentarla. 

Entrábamos a la misma hora así que nos íbamos juntos, ahora no podía esperar a que pasara Sergio para irme con él, ni podía subirme a su lado pues iba con ella. A la salida la cosa era diferente, ella salía más temprano así que yo podía quedarme más tiempo y esperarlo, además con el pretexto de que me quedaba con mi novia, no había nada de sospechoso en que llegara a casa mucho más tarde que ella.

En esos días llegaron de una escuela de computación a ofrecernos cursos, supuestamente por estar en la escuela nos daban una beca y pagábamos una colegiatura mínima. Yo lo vi como la oportunidad perfecta, la idea de aprender a usar las computadoras me gustaba, eran el futuro; además era una actividad para hacer en las tardes, una actividad que me impediría seguir trabajando, una actividad por la que tendría que salir de casa, salir de casa implicaba utilizar de nuevo el transporte, utilizar de nuevo el transporte implicaba ver a Sergio más veces al día.

Como tenía algo ahorrado de mi trabajo durante el verano, les dije a mis padres que yo me iba a pagar el curso y me dejaron tomarlo, siempre y cuando no descuidara mis estudios. Durante esos meses fui feliz, resultó que era bueno para las computadoras y, además de estar aprendiendo a usarlas, me daba taco de ojo todas las tardes con el instructor; que al ser yo el más aplicado, era al que más le ponía atención. En esos cursos conocí a Arminda y a Gaby, la primera era una chica medio loca y desubicada que iba al curso sólo por que sus padres la obligaban, pero que ya quería irse con su novio, el chofer de un microbús, algo teníamos en común. La segunda era una niña que resultó ser hermana de la novia de Octavio, si mi "amigo especial" de la otra prepa, el mundo es un pañuelo. Hice buenas migas con ellas y, cuando Sergio no trabajaba, me iba con ellas caminando a la plaza. 

Las cosas en la escuela, en la casa, y ahora con Sergio no podían ser mejores, como a la hora que volvía del curso ya no había mucho pasaje, casi siempre me iba adelante con él, incluso en ocasiones, cuando ya me iba a bajar, me decía si no quería dar otra vuelta, ¿Querría el obeso adicto al azúcar otra dona?, yo si quería otra vuelta, yo si quería todas las vueltas.

Hasta ahora me había bastado con ver a Sergio a diario, con tenerlo cerca, con prestarnos cassettes, con regodearme en mi enamoramiento y tirarme en la cama a escuchar a Los Bukis suspirando por él, recordando los momentos que había pasado a su lado escuchando esas mismas canciones, recordando el olor de su perfume mezclado con el aroma a los cigarros que fumaba, recordando la forma en que me volteaba a ver y me sonreía mojándose los labios y pasando su lengua por el borde de su bigote, recordando todo lo que él hacía, todo lo que él era y me tenía así.

Pero llegó un momento en que quise más, no estaba seguro qué es lo que quería, que más quería, no sabía a ciencia cierta hasta donde se podía llegar con él, pero de pronto me surgió la necesidad de saberme y sentirme correspondido en mi enamoramiento; y, a partir de ahí, averiguar lo que seguía.

Eso era un dilema, con todo y lo de mis experiencias desde la primaria, en la secundaria y en la otra prepa, con todo y lo de las revistas porno gay, con todo y mis fantasías con personas de mí mismo sexo, con todo  y lo de mi enamoramiento; me costaba trabajo la idea de aceptarme como homosexual. Me costaba aun mas el pensar que mis padres se enteraran me aterraba el sentirme rechazado, exhibido, señalado, abandonado. 

A veces imaginaba que le confesaba mis sentimientos a Sergio y él me decía que sentía lo mismo, nos besábamos, nos íbamos juntos y éramos felices para siempre. Pero aterrizando la idea sabía que eso no funcionaría, ese final digno de una de esas telenovelas que tanto me gustaba ver no parecía ser tan posible. Yo no había ni terminado la prepa, vaya aun no era ni mayor de edad. La parte práctica que siempre habitó en mí se preguntaba ¿A dónde nos iríamos? ¿De qué íbamos a vivir?, yo me trataba de engañar creyendo que con mi certificado de capturista de datos recién obtenido quizá podría encontrar trabajo, él de chofer quizá también podía hacerlo, con eso bastaría, porque estaríamos juntos. Pero el pensar que la gente nos señalara, pensar que mi familia se sintiera decepcionada, eso era algo que no creía poder soportar.

En lo que decidía qué hacer, o si hacía algo, me sentía obligado a guardar las apariencias y seguía con mi novia, mi hermana la conoció en la escuela por lo que mis padres ya se habían enterado que yo tenía novia, no cabían de gusto; supongo que, con mis antecedentes, se sentían también algo aliviados. Pero ahora que me estaba planteando la posibilidad de que quizá esto con Sergio podría ser real, me di cuenta de que con ella jamás iba a sentir lo mismo. Ella, por su parte, se empezaba a dar cuenta de que algo estaba cambiando.

Yo siempre había tratado de evitar el contacto físico con ella, limitar los besos al saludo de hola y adiós; justificaba mi comportamiento con que yo era muy respetuoso y tal, pero ella ya empezaba a dejar de creerse ese cuento. Notaba mi ausencia, mi lejanía, mi rechazo era evidente. Un sábado, cansado de sus preguntas y sus reproches por mi frialdad, le dije que lo mejor era terminar, le dije que yo no estaba bien, que tenía muchos problemas, ella no lo tomó bien, me pidió otra oportunidad, me prometió cambiar, no presionarme más. Me preguntó si había algo mal con ella, si había alguien más. Le dije que si, que había alguien mas, por un momento sentí que iba a confesarle todo, pero me faltó valor. Sólo le dije que en algún momento le iba a contar quien era.

Mientras caminaba, después de haberla dejado en su casa, iba maldiciendo mi suerte, maldiciendo la vida, preguntándome porqué las cosas tenían que ser así, porqué yo tenía que ser así. Me sentía mal conmigo mismo, enojado conmigo mismo, no quería vivir así, engañando a la gente, lastimando a la gente. Que fáciles serían las cosas si yo pudiera ser normal, si pudiera evitar sentir lo que siento. Que fácil sería todo si pudiera conformarme con el amor incondicional que me ofrecían y olvidarme de lo que sentía por Sergio. Que fácil sería todo si pudiera dejar de sentir, dejar de respirar.

No sabía qué hacer, no sabía a donde ir. La plática con mi novia, ex-novia para ese momento, se había prolongado demás, ya era tarde, ya no había transporte. Me senté en una banca del jardín a pensar, deseando dejar de pensar.

En eso pasó por ahí  Alejandro, mi maestro de artes plásticas de la prepa. Era un tipo buena onda, platicaba mucho con nosotros, era divertido, inspiraba mucha confianza. Me preguntó que hacía tan tarde ahí, le dije que no quería llegar a casa. Me preguntó si tenía problemas, le dije que muchos. Necesitaba hablar con alguien, confesarme con alguien, necesitaba compartir con alguien esa carga tan pesada, así que me arriesgué. Le dije que estaba enamorado y mal correspondido, él al ser maestro también de mi novia, nos había visto juntos muchas veces, por lo que le extrañó mi confesión. Me preguntó si había otra mujer, le dije que no, que había un hombre.

No lo tomó tan mal, me dijo que no era grave, que no era el único, que había muchos otros como yo. Me dijo, no sé si tratando de ser empático, que en su juventud él había tenido una "experiencia" estando borracho, por lo que quizá lo mío sólo era una fase de curiosidad. Eso como que me reconfortó. Hablamos por un buen rato hasta que me dijo que me fuera a descansar, que al siguiente día vería las cosas más claras. Yo aún seguía sin ganas de llegar a casa, le dije que me iba a quedar un rato más ahí; me dijo que era peligroso, que me quedara en su casa, yo acepté. Al llegar a su casa seguimos platicando hasta que nos ganó el sueño.  

Al día siguiente tocaron a la puerta y escuche voces conocidas, eran mi hermana y mi ya ex-novia. Nunca había faltado a dormir por lo que mis padres se preocuparon, mandaron a mi hermana a buscarme. Fue a la casa de una de mis mejores amigas, la única que sabía donde vivía, quien la mandó a casa de mi ex-novia. Mi ex-novia le dijo que había estado con ella hasta tarde, que me vio mal, que le dije que tenía muchos problemas. Asustadas y pensando que había podido cometer alguna locura, fueron a casa de nuestro maestro. Ambas sabían que yo me llevaba bien con él y pensaron que él podía saber algo de mi, o podía ayudarlas a buscarme, así dieron conmigo. Mi hermana, visiblemente asustada, entró al cuarto donde yo estaba aun acostado, después de cerciorarse de que realmente estaba ahí y estaba bien, y de reclamarme el susto que les había dado, se fue. Yo todavía platiqué un poco más con Alejandro de las consecuencias que ese hecho me iba a traer, y de lo bien que se sentía el darme cuenta de que, con todo y todo, mis padres y mi hermana se preocupaban por mi, me querían. 

Estaba en la parada de las combis cuando llegó Sergio, me dijo que había visto a mi hermana, que le había preguntado por mi muy preocupada, le dije que ya me habían encontrado; me sonrío y me invitó a comerme un hot dog con él. Que curioso, a veces había fantaseado que me invitaba a comer algo parecido... Después de comernos el hot dog, nos fuimos. Me dejó en la puerta de la casa deseándome suerte. No lo entendía, a veces podía ser tan lindo y otras tan mamón, a veces me mostraba tanto interés y a veces tanta indiferencia, a veces sentía que lo amaba y otras veces…también.

Llegando a casa mi padre, como siempre, no me dijo nada, mi madre en cambio me dijo que quien sabe en qué malos pasos andaba, que seguramente ya había metido la pata con esa novia que tenía, que ya había arruinado mí vida y no sé cuanta cosa más. Yo ya no la escuché. 

Me urgía llegar a mi cuarto, me urgía recapitular lo bien que habían salido las cosas al final. Ya no tenía novia, ya tenía un amigo con quien hablar de lo que sentía, había descubierto que a mi familia si le importaba, y lo más importante, Sergio me había invitado a desayunar!!. 

Y pensar que recién en la noche, por un momento de verdad pensé: ya no quiero estar aquí. 

viernes, mayo 28, 2021

Amor prohibido

El que ahora me portara “bien”, el que ya no jugara a no ser yo, el que ya tuviera novia, no significaba que había dejado de sentir lo que sentía, significaba que había aprendido a reprimirlo. Cuando dejé de trabajar empecé a ir a la escuela todo el día, en la mañana a clases y en la tarde a verme con mis compañeros para hacer algún trabajo o una tarea. En esa época el transporte que me llevaba de la casa al centro era de dos unidades, cada unidad la manejaban dos choferes que se rolaban los turnos de 24 hrs, entraban a la una de la tarde y salían a la una del día siguiente. Yo, al tomar el transporte 4 veces al día, ya me conocía a los 4 choferes.
 
Ya hacía un tiempo que había notado a uno de los choferes, de hecho ya hasta sabía su nombre por las mujeres que subía en la parte de adelante, a las que les hacía la ronda y le decían “Ay Sergio, cómo eres!, ya también había estado en mis fantasías.
Esa noche de domingo que volvía del centro de regresar la película que había rentado el día anterior, sucedió que casualmente el chofer de la combi era él. Me subí en la parte de atrás y le pagué, nadie más subió. De pronto me dijo que si no quería subirme adelante para platicar, obvio si!.
 
Nos fuimos platicando todo el camino, me confirmó su nombre le dije el mío, al parecer él también ya me había notado, aunque supongo que por otros motivos. Ya sabía dónde vivía, sabía que iba a la escuela en las mañanas, dijo que ya me había visto en el jardín con mis amigas. Llegamos a la esquina donde me bajaba, resultó que no había luz en la colonia. Nos despedimos con un apretón de manos y al bajarme me dijo “qué te vaya bien, te vas con cuidado no te vayan a robar”, extrañado por su comentario volteé a verlo y en ese instante me perdí. Me estaba viendo sonriendo, ahí con sólo la luz de la combi iluminando brillaban más sus ojos viéndome, vi su sonrisa medio burlona, vi su bigote, vi el hoyuelo que se le hacía en la mejilla y lo sentí, sentí aquello que sentía cuando Alejandro me molestaba, sentí aquello que sentía cuando Jorge Alejandro y Octavio se me acercaban, sentí que eso era lo que tanto sentía que me faltaba. Le sonreí de vuelta  y llegué a casa emocionado, ilusionado y confundido.
 
Después de ese día, le quité a la casualidad la responsabilidad de subirme en la combi que manejaba él, ahora lo esperaba, no importaba cuánto. Si tenía suerte me tocaba subirme adelante y me recibía con el ya ansiado apretón de manos. Aunque no tuviera suerte me bastaba con subirme atrás e irlo viendo por el retrovisor, hasta que notaba que lo veía y arqueaba sus cejas en señal de saludo sonriéndome. Con el tiempo aumentó nuestra confianza y dejó de cobrarme el pasaje, a veces cuando iba atrás y se desocupaba adelante, me decía que me pasara junto a él. Así averigüe que su cumpleaños era el 29 de octubre, que ese año cumpliría 29 años, yo había cumplido recién 17, supe que estaba casado y que tenía un bebé de meses. Nuestra confianza llegó al punto de que en ocasiones me tocaba la pierna, me abrazaba, o me bromeaba diciéndome que no me pusiera celoso, cuando le reclamaba  que no me había bajado frente a mi casa sin que le pidiera la parada, lo que me hacía sentir especial cuando lo hacía, por ir platicando con alguna tipa.
 
En ese tiempo sucedió que mi hermana, la de Sancris, le pidió a mi padre que le buscara un coche y se lo comprara, mi padre lo compró y el coche se quedó en casa hasta que mi hermana fuera por él. Un día regresando de la escuela me comentó que por qué no usaba el coche, le dije que no sabía manejar, él se ofreció a enseñarme. Llegando a casa le dije a mis papás, mi mamá estaba renuente pues no conocían al fulano que me iba a enseñar,  pude convencerlos de que yo si lo conocía y era de confianza, al día siguiente le dije a Sergio que sí y concertamos una cita.
 
El día que quedamos sería la primera clase llegué a casa y me encontré con la sorpresa de que mi hermana había vuelto, no me dio nada de gusto. Aparte de que había vuelto de malas porque ella no quería volver y la obligaron, sentía que podía arruinar mis planes si empezaba a hacer preguntas de quién era ese tipo y de donde lo conocía, afortunadamente no lo hizo.
 
La hora de la cita llegó y él estuvo puntual, sacamos el coche y nos fuimos a un campo cercano a dar vueltas, yo estaba feliz, estaba aprendiendo a manejar y aparte estaba con él. Tuvimos otras tres sesiones. En la segunda comencé a notar cosas que no me gustaron, después de dar algunas vueltas me dijo que si podíamos pasar a su casa a recoger algo, supe donde vivía y conocí a su esposa, no era la gran cosa; lo que me extrañó fue que la sacara a ver el carro donde había llegado. En la tercer sesión nos fuimos un poco más lejos y de regreso me preguntó si no tenía novia, le dije que sí y me sugirió que fuéramos a verla en el carro, yo le dije que no así que me llevó por otras calles donde me dijo vivía una amiguita suya. En la última sesión me dijo que si no le podía prestar el carro, que había una chava a la que “le estaba llegando” y que quería llevársela por ahí, le dije que no creía que mis papás quisieran y noté su molestia. Entendí que lo de enseñarme a manejar no era porque quisiera estar conmigo, que él no me veía de la misma forma como lo veía yo, me sentí desilusionado
 
Pocos días después me dijo que ya no iba  a poder ir a enseñarme, que estaba haciendo otras cosas por las tardes. Al tiempo empezó a comportarse diferente conmigo, cuando me subía adelante con él se portaba seco, cortante, burlón, un día una chava hizo la parada y me dijo que le diera chance de que ella se sentara a su lado. Mi corazón se rompió.
 
Con todo y mi corazón roto yo lo seguía buscando, me le seguía apareciendo, seguía manteniendo la esperanza de que algún día ya no me iba a identificar con esa canción; con esa canción que venía en ese cassette que un día él me prestó y yo regrabé; con esa canción que había escuchado tantas veces estando a su lado; con esa canción que ya era un clásico pues su interprete había sido asesinada recién; con esa canción que, con mi dramatismo innato, yo ya había adoptado para llorar abrazado a mi almohada cuando sentía que él me hacía un desplante, cuando me sentía falto de esperanzas y sentía que el mundo jamás iba a entender, jamás iba a aceptar mi “Amor prohibido”.

miércoles, mayo 19, 2021

BREAK

Y no, ya no creo que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, sigo extrañando la ilusión, la expectativa que provocaba el pensar que las cosas iban a mejorar y el desconocer cómo o qué tanto iba a mejorar.

A finales de los noventas e inicios de los dos miles, con toda una vida por venir, con tantas cosas por descubrir, a menudo añoraba los días de la secundaria y de la prepa, la seguridad de estar en casa de unos padres que me resolvían la vida. Me preguntaba si algún día iba a añorar esos días y los iba a recordar con nostalgia, a pesar de las dificultades por las que estaba pasando, después descubrí que la respuesta es si.

La llamada de ayer con mi hermana me dejó un cúmulo de emociones. Al principio añoré los años que estuve viviendo con ella en Morelia, y me engañé por un momento pensando que esos años fueron de los mejores, como siempre recordando sólo los buenos momentos. Al pasar las horas aterricé en la realidad y recordé también los malos momentos, el que esperaba con ansías encontrar un buen trabajo que me permitiera pagar una renta e irme a vivir sólo, recordé que en cuanto se presentó la oportunidad lo hice.

Como siempre todo me llevó a recordar mi infancia, lo mucho que sufrí cuando ella se fue. Con ella me sentía protegido, querido, entendido, ella me daba el contacto físico que mis papás nunca me dieron. Recordé cómo ansiaba un muñeco de peluche, muñeco que mis papás nunca me compraron pues los peluches eran para niñas. Recordé como ella me hizo un muñeco de trapo que era mi favorito, hasta que en una ocasión lo dejé olvidado en el patio y la lluvia se lo llevó, justo unos días después de que ella se fue. 

Recordé el incidente ya contado en la secundaria cuando lloré y lloré por su partida; como lloré esa ocasión en que fuimos de visita a Morelia, a mis 13 años, y yo le suplicaba que me dejara quedarme con ella. Recordé como después de eso empezamos a intercambiar cartas, tarjetas de felicitación en nuestros cumpleaños y nos volvimos tan unidos, a pesar de la distancia. Recordé la ilusión que me provocaban las navidades al saber que ella iba a pasarlas con nosotros, el como poco a poco se me fue metiendo en la cabeza la idea de algún día de nuevo vivir con ella, hasta que lo conseguí. Recordé lo mucho que sufrí el día que partieron de Morelia, ahora no sólo ella, también mis dos adorados sobrinos. 

Todo se removió y mi cerebro como siempre se puso intenso, añorando, recordando, reprochando lo que pudo ser y no fue, todo lo demás que pudo ser y no fue.

Como buen masoquista estoy escuchando esa música, la que me recuerda el pasado, la que me recuerda la ilusión, la expectativa perdida. Y es que, aunque aun se tenga una que otra expectativa, uno no puede añorar lo que no ha sucedido, uno no puede ponerse nostálgico por lo que vendrá.

Desde hace mucho comprendí que los humanos nos sentimos insatisfechos por naturaleza, durante un buen tiempo esa insatisfacción me llevó a endeudarme a más no poder, hasta que aprendí que las cosas materiales son un alivio temporal que al final producen aún más insatisfacción.

Ahora  estoy aquí, contando mis bendiciones. Tratando de poner mis pies en la tierra, reconociendo que mi realidad no es tan mala. Hace algún tiempo a esta hora, estando en la oficina, añoraba los años en los que mi jornada laboral se acababa a la 1:00 pm y me iba a casa a ver series en el canal Sony. Ahora que tengo más de un año trabajando desde casa, por momentos llego a añorar los días en la oficina. Y sé, con certeza, que cuando volvamos a la oficina añoraré los días en los que trabajaba desde casa, así como estoy añorando mis días en Morelia viviendo con mi hermana.

Supongo que no queda más que resignarse a que esto va a ser siempre así, que siempre habrá estos días de añoranza y triquiñuelas del cerebro diciéndonos que nuestro pasado fue mejor que nuestro presente.

Por ahí leí una frase que decía “Cuando uno se conforma es cuando empieza a morir”, así que a seguir inconforme pues yo, a pesar de todo, aun no me quiero morir.

miércoles, abril 14, 2021

No estaba sólo

A mis 17 años ya había visto una película porno y ya tenía idea de cómo funcionaba aquello del sexo heterosexual. Teniendo un hermano mayor, ya había descubierto sus revistas y había confirmado, por mucho que me esforzara en negarlo, que eso no era lo mío.

El sexo homosexual, sin embargo, seguía siendo una incógnita, así como todo lo relacionado a ese mundo. Es extraño cómo siendo tan curioso, nunca se me había ocurrido pensar que, si había una industria porno heterosexual, debía haber una homosexual; hasta aquel día.

Ahí estaba ese sábado, en el único puesto de periódicos que había en la ciudad, atónito frente a lo que había descubierto. Medio escondida entre el Vanidades y la Kena, estaba una revista con un tipo de muy buenos bigotes, literal, en la portada; recostado en una hamaca cubriéndose el asunto con la misma hamaca. Mi mente voló, la revista estaba forrada en plástico por lo que no podía ver su interior, pero supuse que dentro debería haber más fotos del tipo, sin la hamaca.

Hasta ese día había satisfecho mi curiosidad de ver a otros hombres desnudos, espiando a mis vecinos. Esto fue después de que mi padre casi me descubre espiando a mi hermano mientras se bañaba. Uno de los vecinos vendía cervezas y todos los domingos se juntaba un puñado de hombres a tomar en su patio, era cuestión de tiempo para que la cerveza les hiciera efecto y al no haber un baño cerca, se hicieran pipí ahí al aire libre como animalitos. Cuando eso pasaba ahí estaba yo en la ventana, trepado en una silla viendo por arriba de la cortina. 

Curiosamente ambos vecinos tenían un baño en el patio sin puerta que usaban para bañarse, supongo que ninguno de los dos se imaginaba que alguien podría tener interés en espiarlos y les daba pereza meter el agua al baño que tenían dentro de sus casas. También acostumbraban bañarse todo los días casi a la misma hora, así que cuando la hora se aproximaba sólo tenía que estar atento y en cuanto escuchaba el sonido del agua, corría a treparme a mi silla. 

El show duró hasta que me descubrieron. El primero lo hizo una noche en que me arriesgué de más, en lugar de espiarlo desde la ventana me trepé a la barda, supongo que a pesar de la oscuridad pudo ver mi cabeza asomándose y aventó agua hacia donde yo estaba. Se me heló la sangre cuando enojado empezó a gritar “¿Qué estás viendo?” “vas a ver ahorita que le diga a tu papá”. Corrí a mi cuarto imaginando lo peor, pensando en lo que me esperaba, ya no tenía 7 años pero suponía que de otros golpes no me iba a escapar. Sin embargo, el tiempo pasó y el vecino nunca se apareció. La que entró fue mi hermana al poco rato. Comentó que ella estaba en la calle cuando llegó el vecino borracho, diciendo que quería hablar con mi papá; ella le dijo que mi papá no estaba, pues ya en otras ocasiones había ido a buscarlo borracho para pedirle dinero prestado, y él vecino se fue diciendo quien sabe cuanta cosa. Respiré aliviado y obviamente nunca más lo volví a espiar.

El segundo tenía la costumbre de, antes de acostarse, salir al patio a lavarse los dientes y después hacer del baño justo enfrente de la ventana del cuarto de mi hermana, siempre a la misma hora antes de que mi hermana estuviera en su cuarto. Sólo tenía que estar ahí atento con la luz apagada y en cuanto el vecino prendía la luz treparme a la silla. Un día olvidé que la luz estaba prendida y supongo que vio mi sombra en la cortina pues estaba haciendo del baño cuando se detuvo y se metió a apagar la luz, volvió a salir y siguió haciendo del baño pero acercándose a la ventana. Asustado me bajé de la silla, apagué la luz y corrí a mi cuarto. No pasó nada. Al día siguiente a la misma hora salió el vecino, prendió la luz hizo su rutina, pero antes de hacer del baño entró y apago la luz, ya no pude ver nada. A los pocos días también cambió su rutina al bañarse, ahora lo hacía en cuclillas y ponía una tina en la puerta para taparse, y al salir lo hacía cubierto con una toalla. Se había acabado la función.

Pues ahí estaba yo ese día viendo esa revista, hipnotizado, incrédulo de que pudiera existir algo así. Compré la revista que buscaba y me fui a casa intranquilo, pensando en lo que se escondía debajo de esa hamaca y atizaba mi curiosidad. Apenas pude dormir pensando que necesitaba tener esa revista.
Así que al día siguiente volví, por fortuna mi hermano había dejado sus ahorros debajo del colchón y de ahí tomé para comprarla. La revista seguía ahí, estuve un buen rato dando vueltas en el espacio de 1.5 x 1.5 que medía el local, bajo la mirada impaciente de la doñita que ya me conocía, pues por mucho tiempo había ido semana a semana a comprar el periódico para mi tío, el Teleguía y las revistas de chistes picantes que llevaba a la secundaria. Ahora me veía ahí con sospecha justificada, dando vueltas; imagino que pensando que me quería robar algo. Hasta que me armé de valor, tomé la revista y se la pagué, para mi sorpresa ni se inmutó; no sé si fue porque no sabía el contenido de lo que estaba comprando o porque ya se había dado cuenta de mi “condición” (siempre había querido usar expresión). Escondí la revisa en mi mochila y me fui de prisa a casa.

La revista era bastante más explícita de lo que me había imaginado, dentro sí había fotos del tipo sin la hamaca cubriéndole el asunto, además de fotos de otros hombres presumiendo sin pena y sin pudor su virilidad. Mi curiosidad en lugar de satisfacerse creció y quise ver más ejemplares de la revista. Volví  a la semana siguiente a buscarla pero no la encontré, volví a la siguiente y tampoco estaba. Como me daba pena preguntarle a la doñita por la revista directamente, un día escribí en un papel el nombre de la revista, junto al nombre del ingeniero que nos daba matemáticas y le dije que iba de parte de ese ingeniero a preguntar por esa revista (ya sé!). Ella me dijo que no la conocía, pero que los martes le surtían y que podía ir ese día a ver si llegaba.

Fui por varios martes sin encontrarla, hasta que un día encontré otra, el nombre era diferente pero el contenido muy similar. Ésta aparte de las fotos en solitario traía fotos de parejas “haciéndolo”, mi inocencia se perdió. Después de gastar una buena parte de los ahorros de mi hermano en revistas, ya no fueron suficientes para satisfacer mi curiosidad y se me ocurrió que podía haber películas. Fui al videoclub  del que mi hermano era socio (que viejo estoy!) pero no encontré ninguna película de ese género. Así que renté de las "normales", finalmente en esas películas también salían hombres y bastaba con no prestar atención a las mujeres. 

Eso se convirtió en mi adicción, volví a fantasear con conocidos, con desconocidos de los que averiguaba el nombre, con compañeros de la escuela, con maestros; y todos los sábados rentaba una película que devolvía el domingo por la tarde. Me convencí de que si todo se quedaba en la fantasía no pasaba nada, esto no era como aquello de jugar a no ser yo, no estaba haciendo nada malo.

En una de las revistas que compré había una sección llamada “contactos” en donde se anunciaban hombres deseando conocer a otros hombres, ahí descubrí que había muchos más como yo, ahí me planteé por primera vez que quizá podría conocer a alguien que sintiera lo mismo que yo, que quizá podría ilusionarme y enamorarme como cualquier persona normal, pronto descubriría que aquello no iba a ser tan sencillo, pero ese día sentí que, no estaba sólo.  

miércoles, marzo 17, 2021

De vuelta al buen camino

Al desertar de la escuela el trabajo fue mi única obligación. Mis padres estaban de regreso en casa definitivamente. Los problemas con mi hermana continuaban y ellos creían que su ausencia tenía algo que ver (que perceptivos!), y como era la mujer y había que vigilarla, optaron por quedarse con nosotros, antes de que saliera con su domingo 7. Mi hermano seguía con su ley del hielo generalizada. El sentimiento de abandono que mis padres habían provocado en mí, se había convertido en rechazo y en un creciente resentimiento hacia ellos. Los culpaba de todo, el haberme dejado sólo, el no haberme puesto atención hizo que descuidara la escuela y por eso ahora ya estaba trabajando, el no quejarme del trabajo era como una forma de castigarlos.

Al poco tiempo mi madre me confesó que me habían puesto a trabajar para que recapacitara, para que me diera cuenta de lo dura que era la vida sin preparación, sin una carrera; pero que yo ya me veía muy a gusto y que ella no quería que me acostumbrara, que yo podía hacer algo más, ser algo más. Aunque fingí no darle importancia a sus palabras, se quedaron grabadas en mi cabeza.

En el trabajo había un chavo que había estudiado una carrera técnica, Contador Privado. Mi tía, la dueña del negocio en el que trabajaba, al enterarse de que yo había desertado de la escuela le sugirió a mi padre que estudiara lo mismo, hasta nos consiguió un folleto y nos dijo a mi padre y a mí que fuéramos por informes. Fuimos a la escuela y la idea de volver al estudio llamó mi atención, eran tres años y al terminar tendría un título con el que podría trabajar, además tendría la opción de estudiar una licenciatura. El problema era que la escuela era particular y ¿de dónde íbamos a sacar para la colegiatura?. Mi tía dijo que ella nos iba a apoyar, supongo que su apoyo era seguir dándome trabajo pues nunca vimos de ella un centavo extra. Mis padres decidieron vender la casa del pueblo y todas las tierras, con eso pagarían mi escuela.

A los 16 años empecé de nuevo. Nueva escuela, nuevos compañeros, nuevos maestros, nuevo yo. Estando consciente del enorme sacrificio que hacían mis padres y recapacitando acerca de que realmente no quería trabajar en el negocio de los tíos toda la vida, como mi hermano, decidí que esta vez las cosas las iba a hacer diferentes. Me iba a olvidar de mis juegos y me iba a concentrar sólo en estudiar.

La escuela era totalmente diferente, nuestro grupo era reducido, la atención de los maestros era personalizada, se sabían nuestros nombres, nos mantenían vigilados, la escuela no tenía ni patio por lo que cero distracciones. También entraba a las 7:00 am pero la escuela estaba más cerca de casa, además disfrutaba tanto de las clases que hasta levantarme temprano no se me hacía pesado. Después de los primeros exámenes empecé a destacar, mi boleta fue la única que se llenó totalmente de dieces. El reconocimiento y las felicitaciones se sentían bien, lo estaba haciendo bien. Me volví a sentir como en la primaria, de los buenos, y por primera vez estaba siendo aceptado, popular.

Mientras estudiaba seguía trabajando por lo que todo el día me mantenía ocupado, sin tiempo para pensar en otras cosas. No obstante muy en el fondo había cosas que seguía sintiendo, y por más que me empeñaba en ignorarlas, ahí estaban. Había dos compañeros en el grupo con los que me sentía demasiado bien, y ante mi temor de volver a repetir las cosas del pasado, me acerqué más a las chavas. Una de ellas me mostraba mucho interés, me buscaba, platicaba conmigo y cuando estábamos juntos sus amigas nos hacían bromas de que nos gustábamos y así, en mi caso nada más alejado de la realidad.

En mi lógica creí que mientras estuviera con alguna chava iba a dejar de pensar en hombres, iba a dejar de sentir lo que sentía, iba a estar seguro. Así que un día, después de explicarle que yo no era un chavo “normal” le pedí que fuera mi novia. Al decirle que no era normal me refería a que no iba a fiestas, no bailaba, no fumaba, no tomaba, no me gustaban las mujeres…bueno eso último lo omití. Así que a los 17 di mi primer beso, y no sentí nada. No fue como me lo había imaginado.

Se acabó el primer semestre y todo iba bien, mis calificaciones fueron las mejores del grupo, hasta diploma de primer lugar de aprovechamiento me tocó, en la otra prepa era un fracaso, aquí era un “cerebrito”. Estaba realizado y feliz por primera vez en mucho tiempo. Al terminar el semestre nos dieron la noticia de que nos íbamos a cambiar de edificio, nos fuimos al centro de la ciudad, en donde iniciamos el segundo semestre.

El nuevo edificio ya tenía patio, pero como en el grupo éramos tan pocos hombres y nuestro uniforme era de “Godín” (pantalón de vestir azul y camisa blanca), en el tiempo libre nadie jugaba, todos estudiábamos o platicábamos. El único problema que tenía era con educación física (ya sé), la materia nos la daban los sábado. En el primer semestre, como yo trabajaba los sábados, me dieron oportunidad de no asistir a esa clase y pasé la materia yendo al desfile del 20 de noviembre a hacer vallas humanas con mis compañeros. Para el segundo semestre ya no trabajaba, las tareas eran muchas y al demostrarle a mis papás que estaba dando resultados en la escuela, me levantaron el castigo. Lo malo es que al dejar de trabajar ya tuve que ir a clases de educación física los sábados; lo que no estaba tan mal, pues al ser tan malo en todo los deportes, el maestro se rindió conmigo y bastó con hacer acto de presencia para pasar la materia.

Todo iba bien en mi vida, era bueno en la escuela, en casa ya estaban mis padres, ya tenía hasta novia, ya no tenía que jugar a no ser yo. Mis hermanos en esa época habían decidido que seguirían los pasos de los mayores y dejaron la casa, yo ya no los extrañaba, todo lo contrario, tenía la casa, y a mis padres, para mí solo. Aun así, sentía que algo me hacía falta

Uno de esos sábados al terminar la clase, acompañé a mi novia a su casa y pasé por el puesto de revistas que estaba de camino a la parada del transporte. Estaba buscando una revista cuando algo llamó mi atención, aquello que descubrí fue el inicio de lo que provoco que mi tranquilidad y mi buen comportamiento durara tan poco, como mi vuelta al buen camino.

martes, marzo 16, 2021

"Niño" Problema

Y así, a mis 14 años ya estaba en prepa. Aun no descifraba qué pasaba conmigo, pero ya tenía que decidir a qué me quería dedicar el resto de mi vida. Las cosas en mi casa no mejoraban. Mis padres seguían en el pueblo, esas vacaciones de transición entre la secundaria y la prepa estuve con ellos y costó mucho hacerme a la idea que tenía que continuar con mis estudios. Sobre todo porque yo no estaba convencido al 100 de mi decisión. En ese tiempo yo quería ser maestro, en la escuela normal estudiabas 6 años y salías con un título y un trabajo asegurado, la prepa eran 3 años y después otros tantos estudiando una carrera, yo no quería esperar tanto y aparte no sabía lo que quería estudiar. Finalmente, mi cuñado mayor opinó y les vendió la idea a mis padres que la carrera magisterial no era buena opción. Con el argumento de que los maestros se la pasaban en huelgas y marchas, además de que al terminar me podían mandar a algún pueblo alejado de ellos; mis padres me convencieron de estudiar la prepa y yo, como niño bueno, obediente y queda bien, acepté lo que ellos indicaron.

Mi hermano, con todo y que ya había terminado su relación con la mujer de mala reputación, seguía ignorándome. Mi hermana “sin oficio ni beneficio” era el dolor de cabeza de mis padres, y yo era el que cargaba con todas sus expectativas, nada de presión para un adolescente desubicado, que no sabía lo que hacía y se sentía fuera de lugar en un grupo donde todos eran uno o dos años mayores.

El primer día de clases me encontré con la sorpresa de que Javier, mi amigo agregado de la secu, estaba en mi grupo. Era la única cara conocida, pero la que menos quería ver por los siguientes años, por lo que no hice ni el intento de acercarme a él. Al pasar los meses empecé a hacerme de amigos. Con la desilusión que viví con Alejandro y al ver que ya tenía novia y seguía con su vida, yo hice lo mismo. La atracción por los de mi género en lugar de disminuir aumentaba, por lo que decidí volver al juego de no ser yo, para poder aprovechar a los prospectos potenciales con los que podía jugar. Desde que había descubierto la masturbación tenía esta cosa de fantasear con personas conocidas, que iban desde el chofer del microbús, algunos de mis compañeros y uno que otro profesor. Cuando eran personas con las que no tenía trato, me gustaba averiguar sus nombres para repetirlo en mis sesiones de amor propio. Aun no tenía claro lo que significaba el sexo, lo que me excitaba a esa edad era la idea de poder ver, tocar o volver a sentir lo que Alejandro me había provocado en la secundaria con sus acercamientos.

El juego de la secundaria seguía vigente en la prepa, los chavos se tocaban, se decían cosas, se albureaban y yo pronto me integré con las mismas intenciones de antes, mientras todos jugaban a ganar, yo jugaba a que me molestaba perder.
Esta fue la parte fácil de la integración, la difícil fue el cambio de horario. Durante 3 años me acostumbré a levantarme tarde y ahora que tenía que entrar a las 7 de la mañana, el cambio se me estaba complicando. Por otro lado estaba el transporte, a la secundaria llegaba caminando en 10 minutos, la prepa estaba más lejos, se podía llegar caminando pero para eso me tenía que levantar más temprano. La opción era el transporte de la escuela, que siempre iba atascado.

Otra cosa eran las materias, en la primaria y la secundaria nunca necesité de mucho estudio, bastaba con poner atención en las clases para sacar buenas calificaciones en los exámenes. Ahora se me dificultaba enormemente poner atención, primeramente por que el levantarme temprano me traía con sueño todo el día, y segundo porque yo estaba más ocupado poniéndole atención a todos los chavos que me gustaban, y a algunos maestros. Como al bigotón de física que usaba botas y jeans blancos ajustados que me hacían tener malos pensamientos, ése que no podía pronunciar la “s” y que al sonreír movía de lado su bigote sexy.

Una mañana en el transporte me encontré con Valdemar, un compañero de la primaria que vivía cerca de la casa y ahora estaba en la misma prepa, aunque en diferente grupo. Platicamos y quedamos en acompañarnos a la entrada y salida. Así lo hicimos un tiempo hasta que un día que el microbús iba llenísimo nos tocó ir casi colgados de la puerta, yo me subí y el atrás de mí. Las circunstancias se prestaron para que con el movimiento del microbús quedáramos prácticamente “acoplados”. El apenado me dijo que no se podía hacer más para atrás,  yo me mostré comprensivo y, disimulando lo bien que la estaba pasando, le dije que estaba bien. Después hice todo lo posible para repetir lo de ese día, como nunca alcanzábamos lugar para ir sentados, buscaba la forma de quedar frente a el y pegármele lo más posible. Supongo que en algún momento se dio cuenta que ya no era tan accidental el que me pegara a él y dejamos de acompañarnos. Yo que ya tenía los ojos puestos en alguien más, no lo volví a buscar.

Me había hecho amigo de Sergio y Octavio, eran dos chavos que habían estado juntos en la secundaria y eran amigos desde entonces. Sergio era un niño bien portado, era hijo de un maestro que me había dado clases en la secundaria, no decía groserías, se involucraba en los juegos pero a la vez se mantenía al margen. Octavio era lo opuesto, usaba el cabello largo, era rebelde, ya tomaba, compraba los trabajos, era el chico malo que todas las niñas querían de novio. Mi interés era Sergio, me recordaba un poco a Alejandro y eso lo hacía irresistible para mí. Como ellos siempre estaban juntos, los demás decían que eran novios, y yo que me la pasaba todo el tiempo posible con ellos, y cuando se salían de clases me salía con ellos, fui el que “andaba” con los dos, y así me trataban. Que lo hiciera Sergio no me molestaba, pero a Octavio si le mostraba un poco de rechazo.

El primer semestre lo terminé como pude, como ya tenía edad para ser responsable y mis padres estaban muy ocupados con mi hermana, la oveja descarriada, a mi seguían sin ponerme mucha atención y menos a mis calificaciones. A estas alturas ya agradecía que no se metieran conmigo y que no estuvieran en casa, así podía ir con Sergio y Octavio a las primeras fiestas. Y así no se dieron cuenta de que yo, el inteligente, el niño bueno, el bien portado, había reprobado una materia por primera vez en su vida. No me preocupé pues los compañeros dijeron que si en segundo semestre pasaba la materia todo estaría bien, además no fui el único que reprobó así que no debía ser tan grave.

Tampoco se dieron cuenta de que estuve a punto de reprobar hasta educación física, de no haber sido por aquel incidente en que el profesor (que también había estado en algunas de mis fantasías) me obligó a participar con los demás hombres en los ensayos para el desfile del 20 de noviembre. Yo le dije que no quería participar, él amenazó con reprobarme si no lo hacía. Así que cuando me obligó a subirme a los hombros de un compañero para ejecutar una pirámide, me deje caer de cara rompiéndome la nariz y llenándome de sangre.  El pobre maestro, al pensar que aquello había sido un accidente provocado por haberme obligado a participar, me pasó la materia con 10 con tal que no lo acusara.

En esas vacaciones de fin de año empecé a trabajar. Mi hermano había trabajado toda su vida en el negocio de unos tíos y en esas vacaciones la prima que trabajaba con él fue a buscarme para ofrecerme trabajo. En cuanto se los dije a mis padres me dijeron que tenía que ir, así tendría algo que hacer en esas vacaciones y ganaría unos pesos, esto último me interesó.
Para el segundo semestre Sergio y Octavio ya tenían novia, ahora el tiempo libre la pasaban con ellas y a mí me dejaron abandonado. Pasó poco tiempo antes de que alguien más se me acercara. Estaba otro grupito, Jorge Alejandro, Alejandro y Alexaín, que también se conocían de la secundaria por lo que ahora se la pasaban juntos. 

El primero que se me acercó fue Alexaín, aunque no era feo y no me molestaba que, los días de deportes, me presumiera el bulto que se la hacía en los pants; no se parecía a Sergio y eso me impedía seguirle el juego; además de que no era nada discreto y eso de que anduviera contando dónde le ponía la mano cuando estábamos solos, era algo vergonzoso.
Después se unió Alejandro de Jesús, este chavo era más serio, me molestaba estando en  bolita pero cuando nos quedábamos solos, me trataba totalmente diferente. Eso me gustó y empecé a pasar tiempo con él. Algunas veces que nos fuimos juntos a la salida, repetí con él lo de Valdemar. Un día mientras mi mano estaba rozando “por accidente” su pantalón, su mano rozó “por accidente” mi trasero. La cosa se puso demasiado real, lo que me asustó y le reclamé, él me dijo que entonces yo tampoco lo manoseara, cosa que ya no volví a hacer.

El último en acercarse fue Jorge Alejandro (ya sé, algo había con los Alejandros), era el más gordito y menos agraciado de los tres, pero era el que más cosas me hacía sentir. Él era un poco más atrevido que los otros y supongo que era el que más disfrutaba la atención que yo le daba. Al principio el juego era que él me abrazaba, me tocaba las nalgas, se pegaba a mí y yo fingía molestia para que él o los demás no se dieran cuenta de que me gustaba, hasta que no hubo necesidad de fingir. En las últimas clases del día se sentaba atrás de mí y mientras el maestro daba clase, él me tocaba por atrás y cuando volteaba a verlo se agarraba la entrepierna y me decía si quería, yo lo golpeaba en la pierna. Una de esas veces que iba a golpearlo en la pierna tomó mi mano, se la puso en la entrepierna, y le dijo a los otros que yo se la estaba agarrando. La sensación me gustó tanto que no me importaron las risas de los demás. Ese día traspasamos una barrera y dejó de importarme lo que los compañeros dijeran cuando él se sentaba en la paleta de mi silla y yo recargaba mi cabeza en su pierna, o cuando yo estaba hablando con alguien y el pasaba me abrazaba o me agarraba una nalga, todo era de lo más normal y se sentía muy bien.

Octavio tenía problemas en su casa por su mal comportamiento y empezó a tenerlos en la escuela. Se ausentaba por días y cuando llegaba lo hacía tarde y a veces con aliento alcohólico, ya se había peleado con chavos de otros grupos y hasta con maestros. Sergio, como niño bueno, se alejó de él para que no lo embarrara en sus problemas. Octavio se empezó a acercar más a mí, me platicaba sus problemas en su casa, en la escuela, con su novia. Con el trato me empezó a ganar y dejó de molestarme que me abrazara, o que hiciera lo mismo que Jorge Alejandro, me decía que tenía derecho de antigüedad.

Un día estaba con Jorge Alejandro cuando llegó Octavio, entre bromas empezó a reclamarle a Jorge Alejandro que no se metiera conmigo y tal. Como Octavio iba tomado las bromas estúpidas se convirtieron en insultos reales y se fueron a los golpes. Octavio golpeó a Jorge Alejandro y le hizo sangrar la nariz. Yo me sentí culpable, como si realmente la pelea hubiera sido por mi culpa, pero Octavio tenía problemas de verdad, que le ganaron la expulsión de la escuela. No lo volví a ver.

El semestre iba llegando a término y yo, por andar disfrutando de mi “romance” con Jorge Alejandro, me olvidé por completo de las clases. No supe cómo pero la materia reprobada la volví a reprobar, ahora tenía que presentar un extraordinario. No me preocupaba dejar la escuela, ya hasta me había hecho a la idea, finalmente seguía trabajando. Me preocupaba más que mi padre descubriera la razón por la cual había reprobado, la cosa con Jorge Alejandro ya había durado mucho para ser un simple juego y en algunas ocasiones ya me había sugerido que nos viéramos después de la escuela, en otro lugar, solos...lo cual me atemorizaba. 

Se terminaron las vacaciones de fin de semestre, ya era tiempo de volver a la escuela, no me quedó más que confesarle a mis padres que había reprobado y ya no había nada que hacer. Para mi  sorpresa no lo tomaron tan mal, mi padre como siempre no dijo nada. Mi madre dijo que iba a tener que trabajar, ahora de tiempo completo.

El trabajo no me molestaba, lo que hacía no era pesado y me llevaba bien con los compañeros. Eso era mejor que ir a esa escuela en donde nunca encontré mí lugar, lo único que extrañaba era a Jorge Alejandro, pero me convencí de que había sido mejor así.

Tiempo después, cuando ya estaba en otra escuela, a la salida mientras esperaba el transporte vi a Alejandro de Jesús y a Jorge Alejando sentados en una banca del jardín principal. Me vieron y me hicieron señas para que me acercara, yo no fui. Yo ya estaba en otra etapa, yo ya estaba curado y no quería ni acordarme de las cosas que había hecho antes, yo ya había vuelto al buen camino y había dejado de ser “niño problema”.

jueves, marzo 11, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 3)

Es cierto que hacía tiempo que me sabía y me sentía diferente, pero no ubicaba en donde radicada esa diferencia, hasta ese momento. Era la primera vez que le podía poner nombre a lo que me pasaba, era la primera vez que me planteaba la posibilidad de que quizá no era “normal”, de que quizá era de esos raritos a los que les gustaban los hombres. Entonces empecé a recordar, recordé todas esas cosas que me avergonzaban y que había bloqueado:

En segundo grado nuestro maestro estuvo llevando a su hijo, Jonhy, durante algunas semanas a clases con nosotros. Durante ese tiempo él y yo no nos separamos. Un día estábamos jugando a las canicas y en una de esas veces que Jonhy se puso en cuclillas, pude ver por debajo de sus shorts que no llevaba calzoncillos, y sentí cosas raras. Recordé que nadie más quería jugar con él porque se vería “rarito” pero eso a mí no me molestaba, una vez dibujamos un corazón en la tierra con nuestras iniciales dentro de él, yo encontré eso normal.

En una ocasión pasó algo con Ángel, el compañero que vivía al lado de mi casa y compartía pupitre conmigo, estábamos platicando no recuerdo de qué y puse mi mano en su pantalón, entre sus piernas. En el momento no supo que hacer, y aunque nunca me puso en evidencia, después de ese día no volvió a sentarse junto a mí.

En otra ocasión hubo algo con Isaías, mi compañero hijo de la señora que vendía desayunos en la escuela; a veces en el recreo su mamá nos mandaba a su casa por algo que se le había olvidado o acabado. Una de esas veces salimos al patio a hacer del baño (vivíamos en un pueblo donde el patio era un terreno de dimensiones mayores a las casas), y yo además de quedármele viendo lo convencí para que me dejara tocarlo.  

Todo esto me llevó hasta el día de “el incidente” y entendí que todo estaba relacionado, que mis padres tenían razón, que sí había algo malo conmigo y que eso no se me había quitado, pues aunque después de ese día había aprendido a contener las cosas que sentía, eso no significaba que ya no las sintiera.  

En los últimos años de la primaria, había sentido nuevamente cosas estando con alguno de mis compañeros. Ya estando en la secundaria me había emocionado aquel día que Gabriel, el vecino de enfrente varios años mayor, hizo del baño frente a nosotros y vi por primera vez como era “eso” ya desarrollado. También ya en primero de secundaria, un día que los de tercero estaban jugando frente a nuestro salón, de pronto uno de ellos sin más se bajó los pants, y verle la parte nuevamente me emocionó.

Y ahora esto, ahora estaba Alejandro diciéndome que me “me haría suya”, y aunque no entendía lo que eso significaba, la idea no me desagradaba. Con lo que no me sentía a gusto era con que los demás se burlaran de mí, que me llamaran así como me había llamado mi padre aquel día. Yo no quería ser eso, no quería estar enfermo, no quería irme al infierno, no quería que Dios me castigara, no quería que mis papás se decepcionaran, pero no podía negar que lo que sentía me gustaba. Todo eso me llenaba de culpa.

Así que me inventé un juego, me inventé que al que le gustaba eso no era yo, que ese realmente no era yo, que no podía ser yo. De esta forma pude seguir sin culpas el juego con Alejandro y después hasta provocarlo. Con el tiempo ya me hacía el molesto para que él no dejara de molestarme. Tenía que disimular que no me gustaba cuando estando yo sentado en mi lugar, él iba, se paraba al lado mío y pegaba su entrepierna en mi hombro; me hacía el molesto cuando yo estaba de pie distraído y llegaba, me abrazaba por atrás y se frotaba contra mí, hasta forcejeaba con él dizque tratando de zafarme para que me abrazara más fuerte; me hacía el molesto cuando me daba una nalgada y me decía que “eran suyas”; me hacía el molesto cuando tomaba mi mano y se la ponía en la entrepierna antes de echarse a correr o cuando metía la mano en sus pants y después me la ponía en la cara.

A esa edad, mis 13 años, aun no tenía ni idea de lo que implicaba el sexo, nadie me había hablado de eso y no había a quien preguntarle. Sabía que lo que él me hacía me gustaba pero no sabía qué había más allá. Suponía que lo que seguía era besarse, mi hermana cuando niños me dijo que aquello tan malo que me habían encontrado haciendo había sido besándome con uno de mis amigos y cuando estábamos viendo TV con mis papás y una pareja se besaba nos decían que cerráramos los ojos, así que yo suponía eso debía ser el sexo.  Y en esta mi fantasía donde podía ser otro que no era yo, Alejandro pronto se convirtió en el objeto de mi fantasía.

José y yo a estas alturas ya nos habíamos terminado de separar, este yo que me inventé y que no era yo, disfrutaba más la compañía de este nuevo grupo de amigos, estos los mayores, los que ya hablaban de pitos y vaginas, los que en pleno despertar sexual disfrutaban exhibiéndose, presumiendo sus erecciones, jugando a que por machos podían someter a otros menos machos, jugando a que podían poseerlos y hacerlos “suyas”. El juego lo ganaba el que sometía, el que era más hombre y mientras todos trataban de ganar, a mí no me molestaba perder. José me llegó a cuestionar el  por qué me juntaba con ellos si me molestaban, yo no tuve el valor de confesarle que lo que me hacían realmente no me molestaba.

Con este nuevo grupo de amigos empecé a hacer cosas diferentes, empezamos a juntarnos los sábados para los trabajos en equipo de fin de curso, curiosamente en los equipos siempre estábamos los mismos. Las reuniones eran en la casa del único que tenía casa sola ese día, justamente Alejandro.

Un día nos dijo que tenía rentada una película y si queríamos verla, “El joven Einstein”, de pronto, quien sabe de dónde, salieron unas cervezas, unas palomitas y vimos la película. Después de verla lo acompañamos al videoclub a devolverla. Estando en el videoclub alguien del grupo desvió la mirada hacia la sección “XXX” y todo fue risas nerviosas. Ese fue el tema de toda la semana siguiente, quien ya había visto una película de esas, quién quería verla, quién ya se había masturbado viéndola. Así fue como descubrí la masturbación, en una conversación con mis amigos.  

El próximo sábado nuestra reunión terminó con este puñado de pubertos, viendo la película porno que alguien había conseguido le rentaran en el videoclub que no pedía identificación. No todos se quedaron, pero yo si lo hice. Y no es que tuviera especial interés en ver la película, aunque si me daba curiosidad. Mi interés era Alejandro, y así se lo demostré. Mientras todos miraban la película yo lo veía a él, y él supongo que un poco halagado por toda la atención que le brindaba, en algún punto me presumió su virilidad y el efecto que la película le producía al hacerla más que evidente en su pantalón. Con eso tuve, en ese momento supe que lo que pasara después valdría la culpa, el rechazo de mis papás o el fuego eterno.

Sin embargo a los pocos días entendí que para él todo aquello era un juego, el mismo juego al que todos jugaban, pero para mí con todo lo que ya me había pasado, el juego había significado algo más, mi primera ilusión y mi primera decepción.

Esa noche teníamos una hora libre, todos estaban afuera en sus asuntos, en el salón estábamos él, yo y uno que otro compañero. Alejandro estaba sentado sobre el escritorio de maestros y yo en la silla, con mi brazo izquierdo apoyado en su pierna derecha. Estábamos viendo una revista de chistes picantes (como dice la chaviza) de esas que tenían chistes gráficos con dibujos de mujeres voluptuosas y semidesnudas. Mientras veíamos la revista con mi mano empecé a acariciar su pierna, él me dijo que no hiciera eso; yo insistí subiendo un poco más la mano. De pronto me dijo “detente, mira lo que estás provocando” y me señaló con la cabeza su entrepierna, yo al notar su erección lo entendí como una invitación y traté de tocarla. Pero él se paró intempestivamente y me dijo “no seas mampo” (la forma en el sureste de decir joto, puñal, maricón). En eso iban entrando algunos compañeros y les dijo que había tratado de tocarlo, todos se rieron.

Después de ese día nada volvió a ser igual, él dejó de jugar conmigo y yo jugué a que no me había afectado lo que pasó. Me convencí de que eso lo había sentido sólo por él, y que ya había pasado, que ya se me había quitado, que ya había vuelto a ser yo. Los días que transcurrieron hasta terminar el curso fueron muy incómodos, Alejandro ya no se me acercaba, hablaba conmigo pero manteniendo su distancia.

Yo, en el fondo aun ilusionado con Alejandro, elegí la prepa a la que él ingresaría. Finalmente José ahora si se iría con sus papás y a donde yo fuera estaría solo. Con lo que no contaba era con que Alejandro eligió una especialidad diferente y aunque estábamos en la misma escuela, raramente nos veíamos. Aún recuerdo cuando me lo encontraba en los pasillos con su bata blanca, y me veía con esos ojos negros, y me sonreía de esa manera que sólo él sonreía, aún recuerdo sus lunares en la cara, esa forma particular de caminar que tenía, si lo intento aun puedo recordar su aroma.

Con el tiempo la ilusión fue despareciendo, sobre todo cuando él se hizo novio de una compañera de su grupo, y cuando me lo encontraba en los pasillos acompañado de ella ya no me sonreía. Yo por mi parte encontré un nuevo objeto de mis fantasías, alguien más con quien de nuevo volví a jugar a no ser yo.

miércoles, marzo 10, 2021

Cumpleaños "feliz"

No está siendo nada fácil, basta con que me distraiga un poco para volver a lo de antes, basta actuar por instinto para reaccionar como lo he hecho siempre. Es muy complicado esto de dejar de hacer lo que he hecho por, a partir de hoy, 43 años.

Yo siempre tuve la creencia de que mi orgullo era lo más importante y que habría que defender eso a costa de lo que fuera, pues si lo perdía, perdía todo. Eso aprendí en mi niñez, ese fue el ejemplo que me dieron mis padres, “se puede perder todo menos el orgullo”.

Yo siempre vi mi facilidad para el chantaje emocional y mi facilidad para ponerme en el papel de víctima como una cualidad, como algo de lo cual sentirme orgulloso. Y me vanagloriaba cuando las personas cedían y terminaban haciendo lo que  yo quería.

En estas semanas de reprogramación, en este tiempo en el que he estado recordando cosas de mi niñez, en este tiempo en el que me he estado re-encontrando conmigo mismo y estoy volviendo a reconectar con mi verdadero yo; me he enfrentado a mis creencias y las he confrontado. Me he preguntado por qué hago lo que hago y por qué reacciono como lo hago. He identificado dentro de mí a este niño caprichoso, berrinchudo, necesitado de atención, con pavor al cambio y al abandono, y he descubierto que mucho de mi comportamiento tiene que ver con las carencias de este niño.

Creí que con una vez que lo abrazara, le dijera que lo amo y le pidiera perdón sería suficiente, pero ya me di cuenta que no. Este niño ha estado olvidado, abandonado por tanto tiempo que es normal que no me crea, que tenga recelo, que necesite que se lo repita una y otra vez, hasta que vuelva a ganarme su confianza.

Mientras tanto se resiste al cambio, se resiste a soltar, se resiste a sacrificar el orgullo en aras de nuestro bienestar. Quiere seguir en la comodidad de la rutina, de lo conocido. Quiere seguirse ofendiendo, quiere seguir sintiéndose el centro del universo, quiere seguir a la defensiva. Prefiere que nos quedemos callados, que sigamos pretendiendo que todo está bien. Quiere que nos sigamos haciendo la víctima, quiere que sigamos chantajeando, quiere seguir saliéndose con la suya, sin importarle el vacío emocional que eso nos deja. Cuando quiero hablar, cuando quiero expresar lo que necesito, lo que me molesta, cuando quiero decir aquello con lo que no estoy conforme; me convence de que no vale la pena, me dice que si hablo y algo cambia me voy a arrepentir, me dice que no podré, que no lo lograré.

Ya no quiero creerle, ya no debo creerle. Se lo debo, se lo debo a mi verdadero yo, a este que hoy que estamos de cumpleaños, en lugar de celebrar el seguir aquí, en lugar de estar felices por lo lejos que hemos llegado, por todo lo que hemos conseguido. En lugar de agradecer el poder respirar, el poder trabajar, el tener a tantas personas que, a pesar de la distancia, nos hacen saber que celebran nuestra existencia. Estoy centrando nuestra felicidad en el comportamiento de una persona que no actúa como queremos, que no nos dice lo que queremos escuchar. Nos tengo aquí lamentándonos, sintiéndonos menos por el hecho de que las actitudes de una sola persona lastima nuestro orgullo. Cuando soy yo el que le ha dado el poder a esa persona, y así como se lo di se lo puedo quitar; cuando soy yo el que decide el sentirme o no lastimado, cuando soy yo y solo yo el que puede decidir si tiene un cumpleaños "feliz".

martes, marzo 09, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 2)

En la casa las cosas no mejoraban. Mi padre seguía en el pueblo y al poco tiempo se fue mi madre con él. En casa nos quedamos mi hermano, mi hermana y yo. Al salir de la secundaria a mi hermana le asignaron la responsabilidad de hacerse cargo de la casa, responsabilidad que no le quedó de otra más que aceptar, aunque fuese de mala gana. Como no había dinero para pagarle una carrera, mi hermana ingresó a un curso por las tardes, al que iba después de terminar las labores de la casa.

La buena relación que tenía con mi hermano se esfumó. Empezó a salir con una chica que tenía mala fama, relación que mis padres le prohibieron, prohibición que él no obedeció. La reacción de mi hermano fue seguir su relación alejándose de mis padres. Los fines de semana, que mis padres llegaban a casa, todo eran discusiones; discusiones que terminaban con mi hermano saliendo enojado de casa y ellos tomándola con mi hermana y conmigo.

La situación llegó al punto de que mi hermano nos retiró el habla, literalmente, y si le hablábamos no nos contestaba. Yo no entendía lo que pasaba pero por alguna razón me sentía culpable, y triste. Mi hermano me ignoraba, yo quería seguir jugando con él y él me gritaba que lo dejara en paz. Mi hermana por su lado, encerrada en su cuarto o con alguna amiga. Yo, en medio de todos, escuchándolo todo, resintiéndolo todo, sintiendo más que nunca su abandono, deseando que alguien me viera, me prestara atención. Yo, que había esperado todo la semana ilusionado con que llegaran mis padres para verlos, para abrazarlos, para estar con ellos, sólo recibía regaños por lo que había hecho, o no, durante la semana. Yo quería irme con ellos y se los dije, les dije que ya no quería ir a la escuela, que me quería ir con ellos al pueblo, que ya no quería estar separado de ellos. Cuando se tenían que ir, siempre me quedaba llorando, berreando, rogando que me llevaran con ellos, y cada vez que me dejaban iba creciendo mi sentimiento de abandono.

En mayo de ese mi primer año en secundaria, una de mis hermanas mayores,  aquella con la que años después me fui a vivir a Morelia, llegó de visita sorpresa a la casa. En ese tiempo no teníamos teléfono y las cartas tardaban de 15 días a un mes en llegar, por lo que ella no pudo avisar que iría y un sábado en la mañana tocaron a la puerta y ahí estaba ella, parada al lado de una caja, había llevado de regalo a mis padres un televisor. A mi sorpresa le siguió la felicidad, su visita era un oasis, su presencia llegaba a refrescar la situación que estábamos viviendo en la casa.

Durante los días que estuvo en la casa me sentí feliz, mientras estaba en la escuela deseaba llegar a la casa para estar con ella, ella me veía, ella me abrazaba, ella me notaba, con ella en casa ya no me sentía solo. El problema fue el día que tuvo que irse.

Ese día yo no quería ir a la escuela, quería estar con ella el tiempo que nos quedara juntos, no me dejaron. Me fui a la escuela llorando, literal, todo el camino; hasta que iba a llegar a la escuela me sequé las lágrimas porque me daba pena que mis compañeros me vieran llorar. Aguanté lo más que pude, pero no se había terminado ni la segunda clase cuando me quebré. Me importó poco la pena y me ganó el llanto. Me sentía tan mal, tan triste, tan desconsolado, no podía dejar de pensar en que cuando llegara a casa ella ya no iba a estar, en lo solo que me iba a sentir de nuevo, y eso aumentaba mi llanto. Mis compañeros se preocuparon, me preguntaban qué tenía, qué me pasaba, pero yo no podía contestar. Llamaron a un maestro; a él tuve que inventarle como pude, ante su insistencia, que me dolía mucho la cabeza. Así que me consiguieron una pastilla, me dijeron si quería irme a mi casa, pero pensaba en que me iban a regañar, primero por haberme ido y segundo por estar llorando, así que les dije que ya se me estaba pasando el dolor.

Ese día mis 2 amigos, Javier y José, estuvieron conmigo todo el día, de regreso a casa platicamos, les conté el verdadero motivo por el que había estado llorando, José nos contó que vivía con su abuela, que sus papás y hermanas tampoco estaban con él, eso nos unió. Javier no mostró mucha empatía.

Pocos días después le sugerí a José que al salir cambiáramos la ruta de regreso a casa, que en el receso hiciéramos otras cosas, que nos viéramos los sábados fuera de la escuela, que a la entrada de clases pasara por mi casa para llegar juntos y así, de ser un círculo nos redujimos a dos, Javier no fue más que un agregado a nuestra amistad. Amistad que duró toda la secundaria pero que tuvo sus cambios.

El primer año fuimos aun niños, jugando, corriendo, platicando de las cosas que veíamos en la TV, haciendo juntos la tarea, apoyándonos y acompañándonos.

En el segundo año se integró al grupo un chico nuevo, Román, desde el primer día fue la sensación, era un poco mayor que el resto, le empezaba a salir el bigote; decían que no era de la ciudad, que se acababan de mudar y que eran de dinero, las niñas decían que estaba guapo, y yo muy en mi interior negándome a reconocerlo, no podía dejar de notarlo.

José y yo seguíamos inseparables, todos tenían ya sus grupitos y aparte estábamos nosotros dos. Con la pubertad empezaron los cambios en nuestros juegos, algunos compañeros empezaban a platicar de otras cosas, a jugar a la botella, a molestar a las niñas, a hablar de los cambios visibles en sus cuerpos. José y yo tratábamos de integrarnos pero nos manteníamos inocentes, como que esos aun no eran juegos para nosotros.

Cuando se iba a terminar el segundo año mi mundo se vino abajo de nuevo, José me dio la noticia de que no iba a volver para el tercer grado, sus papás se lo iban a llevar con ellos. La noticia me afectó tanto que esas vacaciones, que me fui al pueblo con mis padres, me la pasé enfermo. Por varias semanas me estuve levantando por las noches con vómito, me llevaron al doctor y como no encontró la razón de mi padecimiento, su recomendación fue que dejara de cenar. Como desde siempre he sido extremista, aparte de dejar de cenar también dejé de comer y así se acabó el vómito, no sin antes bajar una cantidad significativa de kilos.

Al volver a la escuela todo era diferente, incluyéndome. De nuevo estaba solo, de nuevo me habían abandonado, de nuevo estaba vulnerable. Para colmo al grupo se habían integrado compañeros de otro grupo. Estos chavos eran de los rebeldes de la escuela, de los mal portados, excepto uno, había un chavo entre ellos bastante tranquilo que les seguía el juego a sus compañeros pero que se notaba era diferente. Algo sentí desde que lo conocí, algo similar a lo que ya había sentido antes, pero exponenciado.

Por fortuna a las pocas semanas de haber iniciado el curso, José apareció de nuevo en la escuela, algo no se había podido arreglar con sus papeles e iba a tener que terminar la secundaria ahí, me sentí más seguro.

Estos chavos sabían más cosas, hablaban de otras cosas, se comportaban diferente, jugaban de otra forma, pronto ya habían cambiado la dinámica del grupo. José y yo nos resistíamos a cambiar, por lo que nos manteníamos al margen siendo sólo los dos. Pronto nos empezaron a notar, empezaron a decirnos que los novios y tal, inconscientemente José y yo nos empezamos a separar un poco, primero para que no hablaran de nosotros y segundo para que dejaran de molestarnos. Cosa que no sucedió, más bien al dividirnos empezaron a molestarnos por separado.

Como a mi si me afectaban las burlas y notaban mi molestia cuando se metían conmigo, me hicieron cliente frecuente. Hasta que algo pasó, el chavo nuevo que se veía diferente, Alejandro, empezó a acercarse a mí, no me defendía como tal, pero cuando los demás me molestaban él les decía que no se metieran conmigo, que a mi él me iba a “amansar”, que yo iba a ser “suya”. Yo no recuerdo haber sido afeminado, no recuerdo que alguien en la escuela antes me lo hiciera notar o me molestara por eso. Era la primera vez que alguien se dirigía a mí en femenino, de pronto me sentí descubierto y expuesto, de pronto sentí que todo lo que había tratado de olvidar, que eso que me había empeñado tanto en esconder alguien lo había encontrado y ahora era visible para todos.  

miércoles, marzo 03, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 1)

Cuando tenía 9 años nos cambiamos de casa, dejamos la casa donde nací y nos fuimos a “la ciudad”. Yo, desde entonces, estaba renuente al cambio; pero el hecho de que íbamos a vivir con mi hermano, al que sólo veía los fines de semana, me entusiasmaba. Por otro lado tenía temor de que el cambio, el rodearme de nuevos niños, provocara de nuevo esas cosas malas en mí, que ya había olvidado.

Por fortuna en la calle donde ahora vivíamos había muchos niños y pronto me hice amigo de mis vecinos, coincidió que dos vecinos iban a entrar al 5º de primaria como yo, eso me hizo sentir más en confianza.

Ese año fue muy duro para mí, aunque me adapté pronto a la nueva escuela y uno de los vecinos prácticamente me adoptó para que mis nuevos compañeros me aceptaran, en la casa las cosas no iban bien. Mi padre no se acostumbró al cambio y a los pocos meses se regresó al pueblo, ahora sólo lo veíamos los fines de semana y su ausencia la sentí como si me hubiera abandonado a mí. Después del “incidente” me había vuelto muy unido a mi padre, en las vacaciones me iba con él al campo y en las tardes lo ayudaba en las cosas que hacía en la casa, trataba de agradarlo lo más posible para recuperar su cariño. Cuando se regresó al pueblo volvió ese sentimiento de que se alejaba porque había algo malo en mí, porque no merecía que me quisiera, porque yo no era bueno y por eso todo el mundo en algún momento me iba a abandonar. Estos sentimientos se somatizaron y ese año me enfermé de todas las enfermedades que dan a los niños, me la pasé más enfermo en casa que en clases.

Poco a poco mi hermano tomó el lugar de mi padre, me acerqué más a él y la unión que tenía con mi padre la transfería a mi hermano. A los pocos meses me empecé a ir con él a su trabajo algunas tardes y los sábados, no porque quisiera trabajar sino para estar más cerca de él y asegurarme que él no me abandonara.

Mis temores de estar cerca de otros niños no habían desaparecido del todo, pero habían disminuido; por eso pude hacerme amigo de algunos niños con los que me juntaba en ocasiones para hacer la tarea, para ir a la biblioteca o en el caso de mis vecinos para jugar algunas tardes. Sin embargo, por más que me esforzara, había cosas que no podía dejar de sentir cuando estaba con alguno de esos niños, cosas que no podía explicar, era como un gusto, una afinidad, un querer algo más.

Esas cosas me hacían sentir culpable y por esa razón en la escuela tenía dos mejores amigas con las que estaba todo el día, con ellas no sentía esas cosas y eso me hacía sentir seguro. El juntarme más con niñas no obstante me trajo otro tipo de problemas; como en el recreo me quedaba sentado con las niñas, en lugar de jugar al fútbol; algunos niños empezaron a decir cosas de mí. Pero cuando un niño me molestaba o me confrontaba tratando de buscar pelea, mis dos compañeros que también eran mis vecinos, me defendían y sacaban la cara por mí, de no haber sido por ellos no sé cómo me habría ido.

En el 6º año llegó una niña nueva, una niña con la que hice click de inmediato. Su nombre era Lourdes, no recuerdo su historia pero había algo que nos identificaba, como si tuviéramos algo en común. Era una niña muy alta para su edad, alta y robusta. Siempre se vestía con sweater y pantalón, a pesar del calor chiapaneco,  y usaba una trenza. A esta niña le gustaba el fútbol, por lo que no se juntaba mucho con las otras niñas, que curioso que por este mismo hecho tampoco se juntara con los niños, de hecho como niños y niñas la veían diferente, les daba un poco de temor. Al poco tiempo de haber llegado nos hicimos compañeros de pupitre, compañeros de almuerzo, mejores amigos. Ella fue mi protectora el último año de primaria.

No había contado que mis padres no me mandaron a educación preescolar; sin embargo, como era un niño muy despierto e inteligente, (otra forma de decir que no sabían qué hacer conmigo en la casa) me inscribieron en la escuela con 5 años cumplidos, por lo que a los 11 años ingresé a la secundaria.

De nuevo otro cambio, dejaba atrás a mis amigos, a mis protectores y me enfrentaba con esta nueva realidad, solo, abandonado, como me seguía sintiendo. Para colmo me tocó el turno de la tarde, yo quería ir en la mañana. A mi grupo de la secundaria se fueron conmigo algunos compañeros, pero no era con los que me llevaba mejor. No obstante nos acompañamos los primeros días, hasta que cada uno hizo nuevas amistades.

En el grupo estaban estos dos niños que iban de la misma escuela y vivían muy cerca de la casa, ellos tenían otros amigos que estaban en grupos diferentes, a la hora del receso se juntaban con ellos y a la salida se iban todos juntos. Me hice amigo de uno de ellos y pronto me integré a su círculo de amigos.

Al poco tiempo el círculo se desintegró y nos quedamos tres, los que estábamos en el mismo grupo. Debo reconocer que tuve mucho que ver con que el círculo se haya desintegrado, el niño del que me había hecho amigo y yo tuvimos mucha química desde que nos conocimos, pero un día pasó algo que nos hizo inseparables.

viernes, febrero 26, 2021

Me duele más a mi que a ti

Creciendo en los ochentas, y en un ambiente rural, no es de extrañarse que el castigo físico haya estado presente durante toda mi infancia. Cuando me portaba “mal”, cuando no obedecía, cuando hacía travesuras, cuando le contestaba a mis mayores, cuando no hacía la tarea, cuando ensuciaba la ropa, cuando hacía algo que no entendían; mis papás tomaban un cinturón, un huarache, una vara, una escoba, un lazo o lo que tuvieran a mano para golpearme educarme. Como en la típica familia patriarcal, mi padre siempre fue el verdugo y mi madre la autora intelectual.

Por esta razón, aquella tarde la primera reacción de mi mamá fue acusarme con mi papá para que éste me aplicara el correctivo. Como animalito al que entrenan con el método castigo-recompensa; yo había descubierto que llorando, pidiendo perdón y diciendo que no iba a volver a hacer aquello que había hecho, y que había motivado el castigo, la sesión de golpes se acababa más rápido. Así que hice lo propio.

Pero esa vez no funcionó, quizá porque mis suplicas no eran sinceras, al no entender que había hecho mal y porqué estaba pidiendo perdón; o quizá porque lo que había hecho era tan grave que el correctivo debía ser inolvidable, y lo fue. Las marcas físicas de los golpes tardaron semanas en desaparecer, pero las psicológicas no creo que al día de hoy hayan desaparecido en su totalidad.

Como dije anteriormente, no entendí qué es lo que había hecho mal, nadie me lo dijo y a mí me daba miedo preguntar, no fuera a ser que por respuesta obtuviera otro correctivo. Mi mamá después del castigo, como siempre pasaba, se acercó a consolarme. Me dijo que había hecho algo malo y que no debía de volver a hacerlo, que si lo volvía a hacer me iba a castigar Dios, iba a ser señalado y juzgado, me iba a convertir para siempre en todo eso que mi papá me llamaba mientras me golpeaba, cosas que a esa edad ni siquiera sabía que significaban, pero que debían ser muy malas por lo enojados que todos estaban conmigo. Me dijo que le pidiera perdón a Dios, que le pidiera que me ayudara a cambiar, que me alejara de esos amigos y de cualquier otro que me propusiera hacer “eso” de nuevo. 

Mis hermanos se enteraron, no sé si ellos sí entendieron que es lo que yo había hecho mal, pero tampoco me lo explicaron o lo hablamos alguna vez. Recuerdo que en alguna pelea con mi hermana, que aunque es mayor que yo siempre ha sido más inocente, de esas peleas en las que yo le llamaba gorda, cachetona o enana; me dio a entender que mis papás me habían encontrado besándome con uno de mis amigos (WTF?).

Mi cerebro trató de encontrarle una explicación al hecho, quizá lo que estaba mal era tener amigos y jugar con ellos, quizá lo que estaba mal era el juego que esa tarde estábamos jugando. No lo entendía pero tampoco quería que Dios me castigara.

Durante semanas le pedí a Dios con todas mis fuerzas y mi fe que me ayudara a cambiar, y puse todo de mi parte para lograrlo. A mis mejores amigos jamás les volví a hablar, cuando volvieron a buscarme los corrí y les dije que ya no quería jugar con ellos. 

En la escuela siempre era el primero en apuntarse a los festivales, era el desinhibido, el que más rápido se aprendía la coreografía, el que no le daba pena. Era el que declamaba la poesía en los honores a la bandera de los lunes, cuando había conmemoración. Después de eso jamás volví a participar. 

Antes jugaba con mi hermana a la comidita, a la casita, jugaba con sus juguetes y a veces con sus muñecas; después mis juegos eran fútbol, trompo y canicas, aunque nunca les encontré el gusto, era a lo que tenía que jugar para demostrar que “estaba cambiando”. 

Cuando mis amigos de la escuela empezaban a hablar de cosas “sucias”, yo me alejaba, cuando alguien hacía un chiste que sonara un poco a cosas de adultos, me retiraba. Dejé de ir a sus casas pues me aterraba quedarme a solas con alguno de ellos. Empecé a juntarme más con las niñas, sus pláticas eran más inocentes y así no corría peligro de que algún niño me propusiera algún juego como el de aquella tarde, con las niñas estaba seguro.

Después de algunas semanas me fui olvidando, conscientemente, del incidente y mi comportamiento cambió, me volví bueno de nuevo. Ya no le daba problemas a mis papás, era el más aplicado de la escuela, ya no era travieso, ya obedecía, ya no cuestionaba, ya no llegaba con el uniforme sucio, ya no imaginaba, ya no hacía cosas que pudieran tener algún dejo de comportamiento femenino, ya no era niño.

No sé porque alguien le haría eso a un niño, no sé porque alguien lo querría  hacer sentir culpable y pecador desde los 7 años, no sé porque alguien lo obligaría a cuestionar sus gustos, no sé porque alguien lo haría aprender a analizar su comportamiento y reprimirlo, no sé porque alguien le arruinaría su niñez.

Mis papás lo hicieron. Después de algunos años el miedo que me provocaron aquella tarde, se convirtió en rencor. Porque esa tarde no me la creí, esa tarde el dolor físico y psicológico que me causaron, dudo que les haya dolido más a ellos que a mi.

jueves, febrero 25, 2021

El cadaver en el clóset

Yendo a terapia, en una sesión la terapeuta me pidió hacer un ejercicio de introspección hacia mi niñez, en donde me pedía identificar algún evento que hubiera podido ser traumático para trabajarlo; yo lo abordé por las orillas y traté de platicarle del mismo, sin realmente platicarle nada. Debo aclarar que, para este punto, ya me encontraba en ese lugar común en el que cuidaba lo que le decía para no sentirme juzgado, para no mostrarme vulnerable, para no reconocer que tenía (tenía?) un trauma, cosa irónica pues justamente para eso es que se va a terapia. Aún recuerdo la vez que la terapeuta me mandó con una amiga suya psiquiatra para medicarme; yo salí indignado pues en esa primera cita me dijo todo lo que yo no estaba preparado para escuchar. Me sentí ofendidísimo cuando me dijo que con mi forma de sentarme y comportarme trataba de ocultar mi homosexualidad pues era algo que me avergonzaba; y cuando le conté que en mis planes futuros estaba irme a vivir a Guanajuato, me dijo que era curioso que hubiera elegido un lugar en donde era muy poco probable que me atreviera a mostrar mi verdadera identidad, como si estuviera buscando seguirme escondiendo. Claro que jamás volví con esa psiquiatra, yo había ido por drogas no a que analizaran (ya sé!).

La verdad es que yo nunca he sido tonto, desde muy niño tomé conciencia del mundo y de todo lo que pasaba en él, incluyéndome; otra verdad es que siempre me ha encantado hacerme el tonto; y, como casi todo lo negativo que hago, sé hacerlo muy bien. Desde siempre tuve identificado el evento que me marco de niño, sólo que me convenía hacer caso a lo que en ese momento me dijeron mis padres y nunca pensarlo, mucho menos hablarlo. En algún punto me convencí de que eso no me había pasado a mí, que no tenía nada que ver con mi vida presente, que lo había superado, que no me había afectado, que ahí depositado en el fondo de ese pozo profundo y oscuro que es mi subconsciente, estaba ocupando el lugar que le correspondía.

Por eso esa tarde me hice el tonto y le di a mi terapeuta lo que yo creí quería de mí, le medio conté un evento traumático, me puse sensible, lloré un poco y le dije súper, ya lo trabajamos; que buena psicóloga es! Que buen paciente soy!.

Está por demás decir que la terapia no sirvió de mucho a largo plazo. Aunque en su momento si me dio lo que yo necesitaba, la sensación de bienestar al hacerme tonto creyendo que de verdad estaba haciendo algo por mejorar la forma en que me sentía, y la justificación para cambiar algunas conductas que estaba fingiendo, reemplazándolas por otras que si eran mías. Por cierto que cuando dejé de ir a terapia y empecé a volver a mis conductas habituales, tuve el descaro de culpar a la terapeuta del fracaso de las sesiones, ahora me doy cuenta, y puedo reconocer, que ella trabajó con lo que yo le di, no era su trabajo confrontarme, creo era lo que yo esperaba ella hiciera.

Bueno, a lo que voy con todo esto es que desde siempre he sabido cual es el evento traumático en mi infancia; y hoy, que he caído en cuenta de lo mucho que me ha marcado, estoy preparado para sacarlo del pozo y reconocer su existencia.

Cuando tenía 7 u 8 años había unos vecinos que eras mis mejores amigos, el mayor era uno o dos años mayor que yo y el menor uno o dos años menor. Una tarde mi mamá nos encontró, al mayor y a mí, con los calzones abajo, pegados uno atrás del otro, mientras el menor nos veía desde la puerta del cuarto.

Debo reconocer que antes de escribir esto, pensé en escribir también los antecedentes para justificar lo que estábamos haciendo, pensé en explicar qué nos había llevado ahí, porqué estábamos de esa forma, Dios! hasta pensé en aclarar quién estaba delante y quien atrás. Obviamente ése era mi cerebro tratando de justificar un hecho que no tiene que ser justificado, ese era mi cerebro protegiéndome para que, en el remoto caso de que alguien llegue a leer esto, no se me juzgue.

Entonces caí en cuenta (apenas) de que eso es lo que he hecho siempre, desde que sucedió, desde esa misma tarde a mis 7 u 8 años, he estado buscándole justificación al hecho, y en cada justificación me he intercalado en el lugar de culpable y en el víctima, según me conviniera en esa etapa de mi vida. Inconscientemente he estado dándole más importancia al hecho en sí, sin aceptar de manera consciente las consecuencias que el mismo ha tenido en mi vida.

Ahí está el cadáver, el olor que desprende y con el cual me he acostumbrado a vivir, es historia aparte.

jueves, febrero 18, 2021

PARE DE SUFRIR

 Dicen que al cerebro le toma 21 días la creación de un hábito.

Ayer “descubrí” que nuestro comportamiento en la vida no es más que una sucesión de hábitos. Dicen  que la forma en que nos relacionamos con los demás, nuestra personalidad, las cualidades y características que creemos traer de nacimiento; todo eso se fija en nuestro cerebro durante los primeros 7 años de vida. Algo de eso me hizo sentido.

Esto de tratar de cambiar mi forma de pensar no es nuevo para mí, ya lo he intentado antes. Desde mi adolescencia empecé a devorar libros de autoayuda (El memorándum de Dios, Juventud en éxtasis, el caballero de la armadura oxidada, etc.), esperando encontrar el secreto para cambiar lo que yo creía estaba mal en mí.

Como olvidar mi paso por el “Contranálisis” (Cambiar es fácil, lo difícil es que entiendas que es tan fácil), por varios meses invertí mi tiempo, y dinero, en sesiones semanales y en varios seminarios con el viejito barbón; tratando de aprender a cambiar mi forma de pensar y lograr tener una vida plena y feliz. No voy a negar que de algo me sirvió, en ese tiempo hice uno que otro cambio significativo en mi vida.

Por otros varios meses estuve yendo a terapia semana a semana, por un tiempo me sentí bien, me sentí motivado, reconozco que me abrí, fui más comunicativo, más seguro. De esto último se me quedó el hábito de escribir en este blog, hábito que tampoco sobrevivió mucho tiempo.

Aquí estoy una vez más, intentándolo de nuevo, con la esperanza de que esta vez sea diferente. No negaré que tengo miedo, como ya he pasado por esto, como ya he sentido este optimismo, como ya he experimentado estas ganas de mejorar y he visto cómo se han ido, así de fácil como han llegado; hay una vocecita en mi cabeza que me susurra que no tiene caso, que dejemos así las cosas, que para qué arriesgarnos a otra decepción, que así estamos cómodos.

¿Qué podría ser diferente esta vez?

Que me he dado cuenta de los errores que cometí las veces pasadas en qué busqué ayuda. Y es que la ayuda la busqué por las razones equivocada, no es que la ayuda no haya funcionado, lo que pasó fue que lo que me motivó a buscar ayuda fue un factor externo.

Cuando leía tantos libros de autoayuda y superación personal, lo que buscaba no era mi auto-aceptación; era la forma de encajar en un círculo de amigos y dejar de sentirme mal por tener que fingir ser algo que no era.

Al “contranálisis” llegué por Daniel, él lo estaba tomando y él me lo recomendó. Yo empecé a ir para agradarle, para tener algo en común, para tener algo de qué hablar cuando iba a visitarme y ni uno ni otro sabíamos cómo acercarnos, también para entretenerme en algo los sábados en la tarde y uno que otro domingo.

A la terapia llegué por mi PP, lo que yo buscaba era cambiar para él, lo que quería cambiar era lo que yo sentía que a él no le gustaba de mi para no perderlo, lo que quería era dejar de sentirme mal por tener que enterrar mi verdadera personalidad para sentirme aceptado.

Aunque esta vez estuve a punto de hacer lo mismo, en esta búsqueda de ayuda me encontré con lo que no buscaba. En una de mis películas favoritas “Efectos secundarios” decían que las netas te llegan así de repente, cuando menos te lo esperas, en el lugar menos pensado, haciendo lo que menos te imaginas, ya me había pasado y me volvió a pasar. Encontré esa prueba que buscaba, la que convenciera a mi escéptico y analítico yo interior de que uno si puede cambiar.

Con un simple ejercicio me di cuenta de que ya no soy el mismo, ya no soy ese niñito de 5 años, extrovertido, divertido, ocurrente, sensible, creativo, sonriente, seguro de sí mismo, sin miedo al rechazo, sin miedo a ser juzgado, pleno, completo y feliz. Ya no soy ese niñito que no necesitaba tener cosas para divertirse, para disfrutar de la vida. En esa época podía divertirme sólo, podía jugar sólo, no añoraba nada, no necesitaba nada, no tenía nada y no me hacía falta nada, porque me tenía a mí mismo y con eso me bastaba, porque yo era todo lo que necesitaba. ¿Qué cambió? Cambié yo.

Lo más importante, entendí que éste no soy yo, que todo lo que creía no podía cambiar, mi timidez, mi inseguridad, mi necesidad de sentirme aceptado, mi constante búsqueda de aprobación, todo esto en realidad no es parte de mí, no es algo con lo que yo haya nacido, y que tampoco es mi culpa el ser como soy.

Es comprensible que este niñito con tantas cualidades que lo hacían único, especial y diferente haya crecido con la culpa como su compañera inseparable, creyendo que había algo mal en él, sintiendo que no era lo suficientemente bueno, que nadie lo iba a querer por sí mismo, que siempre tenía que hacer algo para agradar a los demás, para complacerlos, que siempre se tenía que adaptar a lo que los demás esperaban de él, que debía dar la imagen que cada uno de ellos encontrara agradable para que no lo abandonaran y lo hicieran sentir mal de nuevo.

Lo comprendo, ese niñito estaba solo, ese niñito no se podía defender y es normal que tuviera miedo, es natural que se escondiera, que en un momento renegara de lo que era, de lo que sentía. Sobre todo cuando las personas que estaban ahí para defenderlo, para brindarle seguridad le fallaron y en lugar de protegerlo, de hacerle sentir que todo estaba bien, que no había nada de malo en él, en lugar de celebrarle que era único, diferente, especial; lo juzgaron, lo señalaron, le hicieron creer que era malo, que no era normal, que si quería que lo quisieran debía cambiar para que lo encontraran agradable y todavía lo hicieron sentir culpable de ser como era.

En algún momento yo también abandoné a ese niño, lo separé de mí, quise creer que ese no era yo, y cuando algún rastro de ese niño aparecía en mí, trataba de esconderlo, de borrarlo, de negar su existencia. Pero nunca pude dejar de sentirme culpable por haberlo abandonado, por haberlo traicionado, eso es lo que me hacía sentir tan mal, y todo lo demás se desprende de ahí.

Ahora que finalmente me he recordado, que me he re-encontrado con este hermoso niño, he decidido ya no esconderlo, he decidido ya no abandonarlo, ya no amordazarlo. Finalmente este niño ya no tiene nada que temer, ya no está solo, me tiene a mí para cuidarlo, para protegerlo, para celebrar su existencia, para hacerle entender que nunca hizo nada malo, que no hay nada de malo en él, para pedirle perdón por lo que yo también le hice.

No sé cuánto tiempo me lleve el cambio, sé que no será fácil pues me tomó años llenar el saco de miedos e inseguridades que cargo y sé que no lo podré vaciar de un día para otro. Si se requieren 21 días para crear un hábito, no quiero ni hacer al cálculo de los días que me tomará reemplazar los que he creado para protegerme.

Mientras tanto, como los alcohólicos, iré un día a la vez, paso a paso, haciendo pequeñas cosas de forma diferente, estando alerta, actuando de forma consciente en lugar de reaccionar automáticamente, hasta que pueda lograr que este niño y yo seamos de nuevo uno mismo y que ambos nos sintamos orgullosos de lo que somos y lo que siempre hemos sido.