miércoles, marzo 17, 2021

De vuelta al buen camino

Al desertar de la escuela el trabajo fue mi única obligación. Mis padres estaban de regreso en casa definitivamente. Los problemas con mi hermana continuaban y ellos creían que su ausencia tenía algo que ver (que perceptivos!), y como era la mujer y había que vigilarla, optaron por quedarse con nosotros, antes de que saliera con su domingo 7. Mi hermano seguía con su ley del hielo generalizada. El sentimiento de abandono que mis padres habían provocado en mí, se había convertido en rechazo y en un creciente resentimiento hacia ellos. Los culpaba de todo, el haberme dejado sólo, el no haberme puesto atención hizo que descuidara la escuela y por eso ahora ya estaba trabajando, el no quejarme del trabajo era como una forma de castigarlos.

Al poco tiempo mi madre me confesó que me habían puesto a trabajar para que recapacitara, para que me diera cuenta de lo dura que era la vida sin preparación, sin una carrera; pero que yo ya me veía muy a gusto y que ella no quería que me acostumbrara, que yo podía hacer algo más, ser algo más. Aunque fingí no darle importancia a sus palabras, se quedaron grabadas en mi cabeza.

En el trabajo había un chavo que había estudiado una carrera técnica, Contador Privado. Mi tía, la dueña del negocio en el que trabajaba, al enterarse de que yo había desertado de la escuela le sugirió a mi padre que estudiara lo mismo, hasta nos consiguió un folleto y nos dijo a mi padre y a mí que fuéramos por informes. Fuimos a la escuela y la idea de volver al estudio llamó mi atención, eran tres años y al terminar tendría un título con el que podría trabajar, además tendría la opción de estudiar una licenciatura. El problema era que la escuela era particular y ¿de dónde íbamos a sacar para la colegiatura?. Mi tía dijo que ella nos iba a apoyar, supongo que su apoyo era seguir dándome trabajo pues nunca vimos de ella un centavo extra. Mis padres decidieron vender la casa del pueblo y todas las tierras, con eso pagarían mi escuela.

A los 16 años empecé de nuevo. Nueva escuela, nuevos compañeros, nuevos maestros, nuevo yo. Estando consciente del enorme sacrificio que hacían mis padres y recapacitando acerca de que realmente no quería trabajar en el negocio de los tíos toda la vida, como mi hermano, decidí que esta vez las cosas las iba a hacer diferentes. Me iba a olvidar de mis juegos y me iba a concentrar sólo en estudiar.

La escuela era totalmente diferente, nuestro grupo era reducido, la atención de los maestros era personalizada, se sabían nuestros nombres, nos mantenían vigilados, la escuela no tenía ni patio por lo que cero distracciones. También entraba a las 7:00 am pero la escuela estaba más cerca de casa, además disfrutaba tanto de las clases que hasta levantarme temprano no se me hacía pesado. Después de los primeros exámenes empecé a destacar, mi boleta fue la única que se llenó totalmente de dieces. El reconocimiento y las felicitaciones se sentían bien, lo estaba haciendo bien. Me volví a sentir como en la primaria, de los buenos, y por primera vez estaba siendo aceptado, popular.

Mientras estudiaba seguía trabajando por lo que todo el día me mantenía ocupado, sin tiempo para pensar en otras cosas. No obstante muy en el fondo había cosas que seguía sintiendo, y por más que me empeñaba en ignorarlas, ahí estaban. Había dos compañeros en el grupo con los que me sentía demasiado bien, y ante mi temor de volver a repetir las cosas del pasado, me acerqué más a las chavas. Una de ellas me mostraba mucho interés, me buscaba, platicaba conmigo y cuando estábamos juntos sus amigas nos hacían bromas de que nos gustábamos y así, en mi caso nada más alejado de la realidad.

En mi lógica creí que mientras estuviera con alguna chava iba a dejar de pensar en hombres, iba a dejar de sentir lo que sentía, iba a estar seguro. Así que un día, después de explicarle que yo no era un chavo “normal” le pedí que fuera mi novia. Al decirle que no era normal me refería a que no iba a fiestas, no bailaba, no fumaba, no tomaba, no me gustaban las mujeres…bueno eso último lo omití. Así que a los 17 di mi primer beso, y no sentí nada. No fue como me lo había imaginado.

Se acabó el primer semestre y todo iba bien, mis calificaciones fueron las mejores del grupo, hasta diploma de primer lugar de aprovechamiento me tocó, en la otra prepa era un fracaso, aquí era un “cerebrito”. Estaba realizado y feliz por primera vez en mucho tiempo. Al terminar el semestre nos dieron la noticia de que nos íbamos a cambiar de edificio, nos fuimos al centro de la ciudad, en donde iniciamos el segundo semestre.

El nuevo edificio ya tenía patio, pero como en el grupo éramos tan pocos hombres y nuestro uniforme era de “Godín” (pantalón de vestir azul y camisa blanca), en el tiempo libre nadie jugaba, todos estudiábamos o platicábamos. El único problema que tenía era con educación física (ya sé), la materia nos la daban los sábado. En el primer semestre, como yo trabajaba los sábados, me dieron oportunidad de no asistir a esa clase y pasé la materia yendo al desfile del 20 de noviembre a hacer vallas humanas con mis compañeros. Para el segundo semestre ya no trabajaba, las tareas eran muchas y al demostrarle a mis papás que estaba dando resultados en la escuela, me levantaron el castigo. Lo malo es que al dejar de trabajar ya tuve que ir a clases de educación física los sábados; lo que no estaba tan mal, pues al ser tan malo en todo los deportes, el maestro se rindió conmigo y bastó con hacer acto de presencia para pasar la materia.

Todo iba bien en mi vida, era bueno en la escuela, en casa ya estaban mis padres, ya tenía hasta novia, ya no tenía que jugar a no ser yo. Mis hermanos en esa época habían decidido que seguirían los pasos de los mayores y dejaron la casa, yo ya no los extrañaba, todo lo contrario, tenía la casa, y a mis padres, para mí solo. Aun así, sentía que algo me hacía falta

Uno de esos sábados al terminar la clase, acompañé a mi novia a su casa y pasé por el puesto de revistas que estaba de camino a la parada del transporte. Estaba buscando una revista cuando algo llamó mi atención, aquello que descubrí fue el inicio de lo que provoco que mi tranquilidad y mi buen comportamiento durara tan poco, como mi vuelta al buen camino.

martes, marzo 16, 2021

"Niño" Problema

Y así, a mis 14 años ya estaba en prepa. Aun no descifraba qué pasaba conmigo, pero ya tenía que decidir a qué me quería dedicar el resto de mi vida. Las cosas en mi casa no mejoraban. Mis padres seguían en el pueblo, esas vacaciones de transición entre la secundaria y la prepa estuve con ellos y costó mucho hacerme a la idea que tenía que continuar con mis estudios. Sobre todo porque yo no estaba convencido al 100 de mi decisión. En ese tiempo yo quería ser maestro, en la escuela normal estudiabas 6 años y salías con un título y un trabajo asegurado, la prepa eran 3 años y después otros tantos estudiando una carrera, yo no quería esperar tanto y aparte no sabía lo que quería estudiar. Finalmente, mi cuñado mayor opinó y les vendió la idea a mis padres que la carrera magisterial no era buena opción. Con el argumento de que los maestros se la pasaban en huelgas y marchas, además de que al terminar me podían mandar a algún pueblo alejado de ellos; mis padres me convencieron de estudiar la prepa y yo, como niño bueno, obediente y queda bien, acepté lo que ellos indicaron.

Mi hermano, con todo y que ya había terminado su relación con la mujer de mala reputación, seguía ignorándome. Mi hermana “sin oficio ni beneficio” era el dolor de cabeza de mis padres, y yo era el que cargaba con todas sus expectativas, nada de presión para un adolescente desubicado, que no sabía lo que hacía y se sentía fuera de lugar en un grupo donde todos eran uno o dos años mayores.

El primer día de clases me encontré con la sorpresa de que Javier, mi amigo agregado de la secu, estaba en mi grupo. Era la única cara conocida, pero la que menos quería ver por los siguientes años, por lo que no hice ni el intento de acercarme a él. Al pasar los meses empecé a hacerme de amigos. Con la desilusión que viví con Alejandro y al ver que ya tenía novia y seguía con su vida, yo hice lo mismo. La atracción por los de mi género en lugar de disminuir aumentaba, por lo que decidí volver al juego de no ser yo, para poder aprovechar a los prospectos potenciales con los que podía jugar. Desde que había descubierto la masturbación tenía esta cosa de fantasear con personas conocidas, que iban desde el chofer del microbús, algunos de mis compañeros y uno que otro profesor. Cuando eran personas con las que no tenía trato, me gustaba averiguar sus nombres para repetirlo en mis sesiones de amor propio. Aun no tenía claro lo que significaba el sexo, lo que me excitaba a esa edad era la idea de poder ver, tocar o volver a sentir lo que Alejandro me había provocado en la secundaria con sus acercamientos.

El juego de la secundaria seguía vigente en la prepa, los chavos se tocaban, se decían cosas, se albureaban y yo pronto me integré con las mismas intenciones de antes, mientras todos jugaban a ganar, yo jugaba a que me molestaba perder.
Esta fue la parte fácil de la integración, la difícil fue el cambio de horario. Durante 3 años me acostumbré a levantarme tarde y ahora que tenía que entrar a las 7 de la mañana, el cambio se me estaba complicando. Por otro lado estaba el transporte, a la secundaria llegaba caminando en 10 minutos, la prepa estaba más lejos, se podía llegar caminando pero para eso me tenía que levantar más temprano. La opción era el transporte de la escuela, que siempre iba atascado.

Otra cosa eran las materias, en la primaria y la secundaria nunca necesité de mucho estudio, bastaba con poner atención en las clases para sacar buenas calificaciones en los exámenes. Ahora se me dificultaba enormemente poner atención, primeramente por que el levantarme temprano me traía con sueño todo el día, y segundo porque yo estaba más ocupado poniéndole atención a todos los chavos que me gustaban, y a algunos maestros. Como al bigotón de física que usaba botas y jeans blancos ajustados que me hacían tener malos pensamientos, ése que no podía pronunciar la “s” y que al sonreír movía de lado su bigote sexy.

Una mañana en el transporte me encontré con Valdemar, un compañero de la primaria que vivía cerca de la casa y ahora estaba en la misma prepa, aunque en diferente grupo. Platicamos y quedamos en acompañarnos a la entrada y salida. Así lo hicimos un tiempo hasta que un día que el microbús iba llenísimo nos tocó ir casi colgados de la puerta, yo me subí y el atrás de mí. Las circunstancias se prestaron para que con el movimiento del microbús quedáramos prácticamente “acoplados”. El apenado me dijo que no se podía hacer más para atrás,  yo me mostré comprensivo y, disimulando lo bien que la estaba pasando, le dije que estaba bien. Después hice todo lo posible para repetir lo de ese día, como nunca alcanzábamos lugar para ir sentados, buscaba la forma de quedar frente a el y pegármele lo más posible. Supongo que en algún momento se dio cuenta que ya no era tan accidental el que me pegara a él y dejamos de acompañarnos. Yo que ya tenía los ojos puestos en alguien más, no lo volví a buscar.

Me había hecho amigo de Sergio y Octavio, eran dos chavos que habían estado juntos en la secundaria y eran amigos desde entonces. Sergio era un niño bien portado, era hijo de un maestro que me había dado clases en la secundaria, no decía groserías, se involucraba en los juegos pero a la vez se mantenía al margen. Octavio era lo opuesto, usaba el cabello largo, era rebelde, ya tomaba, compraba los trabajos, era el chico malo que todas las niñas querían de novio. Mi interés era Sergio, me recordaba un poco a Alejandro y eso lo hacía irresistible para mí. Como ellos siempre estaban juntos, los demás decían que eran novios, y yo que me la pasaba todo el tiempo posible con ellos, y cuando se salían de clases me salía con ellos, fui el que “andaba” con los dos, y así me trataban. Que lo hiciera Sergio no me molestaba, pero a Octavio si le mostraba un poco de rechazo.

El primer semestre lo terminé como pude, como ya tenía edad para ser responsable y mis padres estaban muy ocupados con mi hermana, la oveja descarriada, a mi seguían sin ponerme mucha atención y menos a mis calificaciones. A estas alturas ya agradecía que no se metieran conmigo y que no estuvieran en casa, así podía ir con Sergio y Octavio a las primeras fiestas. Y así no se dieron cuenta de que yo, el inteligente, el niño bueno, el bien portado, había reprobado una materia por primera vez en su vida. No me preocupé pues los compañeros dijeron que si en segundo semestre pasaba la materia todo estaría bien, además no fui el único que reprobó así que no debía ser tan grave.

Tampoco se dieron cuenta de que estuve a punto de reprobar hasta educación física, de no haber sido por aquel incidente en que el profesor (que también había estado en algunas de mis fantasías) me obligó a participar con los demás hombres en los ensayos para el desfile del 20 de noviembre. Yo le dije que no quería participar, él amenazó con reprobarme si no lo hacía. Así que cuando me obligó a subirme a los hombros de un compañero para ejecutar una pirámide, me deje caer de cara rompiéndome la nariz y llenándome de sangre.  El pobre maestro, al pensar que aquello había sido un accidente provocado por haberme obligado a participar, me pasó la materia con 10 con tal que no lo acusara.

En esas vacaciones de fin de año empecé a trabajar. Mi hermano había trabajado toda su vida en el negocio de unos tíos y en esas vacaciones la prima que trabajaba con él fue a buscarme para ofrecerme trabajo. En cuanto se los dije a mis padres me dijeron que tenía que ir, así tendría algo que hacer en esas vacaciones y ganaría unos pesos, esto último me interesó.
Para el segundo semestre Sergio y Octavio ya tenían novia, ahora el tiempo libre la pasaban con ellas y a mí me dejaron abandonado. Pasó poco tiempo antes de que alguien más se me acercara. Estaba otro grupito, Jorge Alejandro, Alejandro y Alexaín, que también se conocían de la secundaria por lo que ahora se la pasaban juntos. 

El primero que se me acercó fue Alexaín, aunque no era feo y no me molestaba que, los días de deportes, me presumiera el bulto que se la hacía en los pants; no se parecía a Sergio y eso me impedía seguirle el juego; además de que no era nada discreto y eso de que anduviera contando dónde le ponía la mano cuando estábamos solos, era algo vergonzoso.
Después se unió Alejandro de Jesús, este chavo era más serio, me molestaba estando en  bolita pero cuando nos quedábamos solos, me trataba totalmente diferente. Eso me gustó y empecé a pasar tiempo con él. Algunas veces que nos fuimos juntos a la salida, repetí con él lo de Valdemar. Un día mientras mi mano estaba rozando “por accidente” su pantalón, su mano rozó “por accidente” mi trasero. La cosa se puso demasiado real, lo que me asustó y le reclamé, él me dijo que entonces yo tampoco lo manoseara, cosa que ya no volví a hacer.

El último en acercarse fue Jorge Alejandro (ya sé, algo había con los Alejandros), era el más gordito y menos agraciado de los tres, pero era el que más cosas me hacía sentir. Él era un poco más atrevido que los otros y supongo que era el que más disfrutaba la atención que yo le daba. Al principio el juego era que él me abrazaba, me tocaba las nalgas, se pegaba a mí y yo fingía molestia para que él o los demás no se dieran cuenta de que me gustaba, hasta que no hubo necesidad de fingir. En las últimas clases del día se sentaba atrás de mí y mientras el maestro daba clase, él me tocaba por atrás y cuando volteaba a verlo se agarraba la entrepierna y me decía si quería, yo lo golpeaba en la pierna. Una de esas veces que iba a golpearlo en la pierna tomó mi mano, se la puso en la entrepierna, y le dijo a los otros que yo se la estaba agarrando. La sensación me gustó tanto que no me importaron las risas de los demás. Ese día traspasamos una barrera y dejó de importarme lo que los compañeros dijeran cuando él se sentaba en la paleta de mi silla y yo recargaba mi cabeza en su pierna, o cuando yo estaba hablando con alguien y el pasaba me abrazaba o me agarraba una nalga, todo era de lo más normal y se sentía muy bien.

Octavio tenía problemas en su casa por su mal comportamiento y empezó a tenerlos en la escuela. Se ausentaba por días y cuando llegaba lo hacía tarde y a veces con aliento alcohólico, ya se había peleado con chavos de otros grupos y hasta con maestros. Sergio, como niño bueno, se alejó de él para que no lo embarrara en sus problemas. Octavio se empezó a acercar más a mí, me platicaba sus problemas en su casa, en la escuela, con su novia. Con el trato me empezó a ganar y dejó de molestarme que me abrazara, o que hiciera lo mismo que Jorge Alejandro, me decía que tenía derecho de antigüedad.

Un día estaba con Jorge Alejandro cuando llegó Octavio, entre bromas empezó a reclamarle a Jorge Alejandro que no se metiera conmigo y tal. Como Octavio iba tomado las bromas estúpidas se convirtieron en insultos reales y se fueron a los golpes. Octavio golpeó a Jorge Alejandro y le hizo sangrar la nariz. Yo me sentí culpable, como si realmente la pelea hubiera sido por mi culpa, pero Octavio tenía problemas de verdad, que le ganaron la expulsión de la escuela. No lo volví a ver.

El semestre iba llegando a término y yo, por andar disfrutando de mi “romance” con Jorge Alejandro, me olvidé por completo de las clases. No supe cómo pero la materia reprobada la volví a reprobar, ahora tenía que presentar un extraordinario. No me preocupaba dejar la escuela, ya hasta me había hecho a la idea, finalmente seguía trabajando. Me preocupaba más que mi padre descubriera la razón por la cual había reprobado, la cosa con Jorge Alejandro ya había durado mucho para ser un simple juego y en algunas ocasiones ya me había sugerido que nos viéramos después de la escuela, en otro lugar, solos...lo cual me atemorizaba. 

Se terminaron las vacaciones de fin de semestre, ya era tiempo de volver a la escuela, no me quedó más que confesarle a mis padres que había reprobado y ya no había nada que hacer. Para mi  sorpresa no lo tomaron tan mal, mi padre como siempre no dijo nada. Mi madre dijo que iba a tener que trabajar, ahora de tiempo completo.

El trabajo no me molestaba, lo que hacía no era pesado y me llevaba bien con los compañeros. Eso era mejor que ir a esa escuela en donde nunca encontré mí lugar, lo único que extrañaba era a Jorge Alejandro, pero me convencí de que había sido mejor así.

Tiempo después, cuando ya estaba en otra escuela, a la salida mientras esperaba el transporte vi a Alejandro de Jesús y a Jorge Alejando sentados en una banca del jardín principal. Me vieron y me hicieron señas para que me acercara, yo no fui. Yo ya estaba en otra etapa, yo ya estaba curado y no quería ni acordarme de las cosas que había hecho antes, yo ya había vuelto al buen camino y había dejado de ser “niño problema”.

jueves, marzo 11, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 3)

Es cierto que hacía tiempo que me sabía y me sentía diferente, pero no ubicaba en donde radicada esa diferencia, hasta ese momento. Era la primera vez que le podía poner nombre a lo que me pasaba, era la primera vez que me planteaba la posibilidad de que quizá no era “normal”, de que quizá era de esos raritos a los que les gustaban los hombres. Entonces empecé a recordar, recordé todas esas cosas que me avergonzaban y que había bloqueado:

En segundo grado nuestro maestro estuvo llevando a su hijo, Jonhy, durante algunas semanas a clases con nosotros. Durante ese tiempo él y yo no nos separamos. Un día estábamos jugando a las canicas y en una de esas veces que Jonhy se puso en cuclillas, pude ver por debajo de sus shorts que no llevaba calzoncillos, y sentí cosas raras. Recordé que nadie más quería jugar con él porque se vería “rarito” pero eso a mí no me molestaba, una vez dibujamos un corazón en la tierra con nuestras iniciales dentro de él, yo encontré eso normal.

En una ocasión pasó algo con Ángel, el compañero que vivía al lado de mi casa y compartía pupitre conmigo, estábamos platicando no recuerdo de qué y puse mi mano en su pantalón, entre sus piernas. En el momento no supo que hacer, y aunque nunca me puso en evidencia, después de ese día no volvió a sentarse junto a mí.

En otra ocasión hubo algo con Isaías, mi compañero hijo de la señora que vendía desayunos en la escuela; a veces en el recreo su mamá nos mandaba a su casa por algo que se le había olvidado o acabado. Una de esas veces salimos al patio a hacer del baño (vivíamos en un pueblo donde el patio era un terreno de dimensiones mayores a las casas), y yo además de quedármele viendo lo convencí para que me dejara tocarlo.  

Todo esto me llevó hasta el día de “el incidente” y entendí que todo estaba relacionado, que mis padres tenían razón, que sí había algo malo conmigo y que eso no se me había quitado, pues aunque después de ese día había aprendido a contener las cosas que sentía, eso no significaba que ya no las sintiera.  

En los últimos años de la primaria, había sentido nuevamente cosas estando con alguno de mis compañeros. Ya estando en la secundaria me había emocionado aquel día que Gabriel, el vecino de enfrente varios años mayor, hizo del baño frente a nosotros y vi por primera vez como era “eso” ya desarrollado. También ya en primero de secundaria, un día que los de tercero estaban jugando frente a nuestro salón, de pronto uno de ellos sin más se bajó los pants, y verle la parte nuevamente me emocionó.

Y ahora esto, ahora estaba Alejandro diciéndome que me “me haría suya”, y aunque no entendía lo que eso significaba, la idea no me desagradaba. Con lo que no me sentía a gusto era con que los demás se burlaran de mí, que me llamaran así como me había llamado mi padre aquel día. Yo no quería ser eso, no quería estar enfermo, no quería irme al infierno, no quería que Dios me castigara, no quería que mis papás se decepcionaran, pero no podía negar que lo que sentía me gustaba. Todo eso me llenaba de culpa.

Así que me inventé un juego, me inventé que al que le gustaba eso no era yo, que ese realmente no era yo, que no podía ser yo. De esta forma pude seguir sin culpas el juego con Alejandro y después hasta provocarlo. Con el tiempo ya me hacía el molesto para que él no dejara de molestarme. Tenía que disimular que no me gustaba cuando estando yo sentado en mi lugar, él iba, se paraba al lado mío y pegaba su entrepierna en mi hombro; me hacía el molesto cuando yo estaba de pie distraído y llegaba, me abrazaba por atrás y se frotaba contra mí, hasta forcejeaba con él dizque tratando de zafarme para que me abrazara más fuerte; me hacía el molesto cuando me daba una nalgada y me decía que “eran suyas”; me hacía el molesto cuando tomaba mi mano y se la ponía en la entrepierna antes de echarse a correr o cuando metía la mano en sus pants y después me la ponía en la cara.

A esa edad, mis 13 años, aun no tenía ni idea de lo que implicaba el sexo, nadie me había hablado de eso y no había a quien preguntarle. Sabía que lo que él me hacía me gustaba pero no sabía qué había más allá. Suponía que lo que seguía era besarse, mi hermana cuando niños me dijo que aquello tan malo que me habían encontrado haciendo había sido besándome con uno de mis amigos y cuando estábamos viendo TV con mis papás y una pareja se besaba nos decían que cerráramos los ojos, así que yo suponía eso debía ser el sexo.  Y en esta mi fantasía donde podía ser otro que no era yo, Alejandro pronto se convirtió en el objeto de mi fantasía.

José y yo a estas alturas ya nos habíamos terminado de separar, este yo que me inventé y que no era yo, disfrutaba más la compañía de este nuevo grupo de amigos, estos los mayores, los que ya hablaban de pitos y vaginas, los que en pleno despertar sexual disfrutaban exhibiéndose, presumiendo sus erecciones, jugando a que por machos podían someter a otros menos machos, jugando a que podían poseerlos y hacerlos “suyas”. El juego lo ganaba el que sometía, el que era más hombre y mientras todos trataban de ganar, a mí no me molestaba perder. José me llegó a cuestionar el  por qué me juntaba con ellos si me molestaban, yo no tuve el valor de confesarle que lo que me hacían realmente no me molestaba.

Con este nuevo grupo de amigos empecé a hacer cosas diferentes, empezamos a juntarnos los sábados para los trabajos en equipo de fin de curso, curiosamente en los equipos siempre estábamos los mismos. Las reuniones eran en la casa del único que tenía casa sola ese día, justamente Alejandro.

Un día nos dijo que tenía rentada una película y si queríamos verla, “El joven Einstein”, de pronto, quien sabe de dónde, salieron unas cervezas, unas palomitas y vimos la película. Después de verla lo acompañamos al videoclub a devolverla. Estando en el videoclub alguien del grupo desvió la mirada hacia la sección “XXX” y todo fue risas nerviosas. Ese fue el tema de toda la semana siguiente, quien ya había visto una película de esas, quién quería verla, quién ya se había masturbado viéndola. Así fue como descubrí la masturbación, en una conversación con mis amigos.  

El próximo sábado nuestra reunión terminó con este puñado de pubertos, viendo la película porno que alguien había conseguido le rentaran en el videoclub que no pedía identificación. No todos se quedaron, pero yo si lo hice. Y no es que tuviera especial interés en ver la película, aunque si me daba curiosidad. Mi interés era Alejandro, y así se lo demostré. Mientras todos miraban la película yo lo veía a él, y él supongo que un poco halagado por toda la atención que le brindaba, en algún punto me presumió su virilidad y el efecto que la película le producía al hacerla más que evidente en su pantalón. Con eso tuve, en ese momento supe que lo que pasara después valdría la culpa, el rechazo de mis papás o el fuego eterno.

Sin embargo a los pocos días entendí que para él todo aquello era un juego, el mismo juego al que todos jugaban, pero para mí con todo lo que ya me había pasado, el juego había significado algo más, mi primera ilusión y mi primera decepción.

Esa noche teníamos una hora libre, todos estaban afuera en sus asuntos, en el salón estábamos él, yo y uno que otro compañero. Alejandro estaba sentado sobre el escritorio de maestros y yo en la silla, con mi brazo izquierdo apoyado en su pierna derecha. Estábamos viendo una revista de chistes picantes (como dice la chaviza) de esas que tenían chistes gráficos con dibujos de mujeres voluptuosas y semidesnudas. Mientras veíamos la revista con mi mano empecé a acariciar su pierna, él me dijo que no hiciera eso; yo insistí subiendo un poco más la mano. De pronto me dijo “detente, mira lo que estás provocando” y me señaló con la cabeza su entrepierna, yo al notar su erección lo entendí como una invitación y traté de tocarla. Pero él se paró intempestivamente y me dijo “no seas mampo” (la forma en el sureste de decir joto, puñal, maricón). En eso iban entrando algunos compañeros y les dijo que había tratado de tocarlo, todos se rieron.

Después de ese día nada volvió a ser igual, él dejó de jugar conmigo y yo jugué a que no me había afectado lo que pasó. Me convencí de que eso lo había sentido sólo por él, y que ya había pasado, que ya se me había quitado, que ya había vuelto a ser yo. Los días que transcurrieron hasta terminar el curso fueron muy incómodos, Alejandro ya no se me acercaba, hablaba conmigo pero manteniendo su distancia.

Yo, en el fondo aun ilusionado con Alejandro, elegí la prepa a la que él ingresaría. Finalmente José ahora si se iría con sus papás y a donde yo fuera estaría solo. Con lo que no contaba era con que Alejandro eligió una especialidad diferente y aunque estábamos en la misma escuela, raramente nos veíamos. Aún recuerdo cuando me lo encontraba en los pasillos con su bata blanca, y me veía con esos ojos negros, y me sonreía de esa manera que sólo él sonreía, aún recuerdo sus lunares en la cara, esa forma particular de caminar que tenía, si lo intento aun puedo recordar su aroma.

Con el tiempo la ilusión fue despareciendo, sobre todo cuando él se hizo novio de una compañera de su grupo, y cuando me lo encontraba en los pasillos acompañado de ella ya no me sonreía. Yo por mi parte encontré un nuevo objeto de mis fantasías, alguien más con quien de nuevo volví a jugar a no ser yo.

miércoles, marzo 10, 2021

Cumpleaños "feliz"

No está siendo nada fácil, basta con que me distraiga un poco para volver a lo de antes, basta actuar por instinto para reaccionar como lo he hecho siempre. Es muy complicado esto de dejar de hacer lo que he hecho por, a partir de hoy, 43 años.

Yo siempre tuve la creencia de que mi orgullo era lo más importante y que habría que defender eso a costa de lo que fuera, pues si lo perdía, perdía todo. Eso aprendí en mi niñez, ese fue el ejemplo que me dieron mis padres, “se puede perder todo menos el orgullo”.

Yo siempre vi mi facilidad para el chantaje emocional y mi facilidad para ponerme en el papel de víctima como una cualidad, como algo de lo cual sentirme orgulloso. Y me vanagloriaba cuando las personas cedían y terminaban haciendo lo que  yo quería.

En estas semanas de reprogramación, en este tiempo en el que he estado recordando cosas de mi niñez, en este tiempo en el que me he estado re-encontrando conmigo mismo y estoy volviendo a reconectar con mi verdadero yo; me he enfrentado a mis creencias y las he confrontado. Me he preguntado por qué hago lo que hago y por qué reacciono como lo hago. He identificado dentro de mí a este niño caprichoso, berrinchudo, necesitado de atención, con pavor al cambio y al abandono, y he descubierto que mucho de mi comportamiento tiene que ver con las carencias de este niño.

Creí que con una vez que lo abrazara, le dijera que lo amo y le pidiera perdón sería suficiente, pero ya me di cuenta que no. Este niño ha estado olvidado, abandonado por tanto tiempo que es normal que no me crea, que tenga recelo, que necesite que se lo repita una y otra vez, hasta que vuelva a ganarme su confianza.

Mientras tanto se resiste al cambio, se resiste a soltar, se resiste a sacrificar el orgullo en aras de nuestro bienestar. Quiere seguir en la comodidad de la rutina, de lo conocido. Quiere seguirse ofendiendo, quiere seguir sintiéndose el centro del universo, quiere seguir a la defensiva. Prefiere que nos quedemos callados, que sigamos pretendiendo que todo está bien. Quiere que nos sigamos haciendo la víctima, quiere que sigamos chantajeando, quiere seguir saliéndose con la suya, sin importarle el vacío emocional que eso nos deja. Cuando quiero hablar, cuando quiero expresar lo que necesito, lo que me molesta, cuando quiero decir aquello con lo que no estoy conforme; me convence de que no vale la pena, me dice que si hablo y algo cambia me voy a arrepentir, me dice que no podré, que no lo lograré.

Ya no quiero creerle, ya no debo creerle. Se lo debo, se lo debo a mi verdadero yo, a este que hoy que estamos de cumpleaños, en lugar de celebrar el seguir aquí, en lugar de estar felices por lo lejos que hemos llegado, por todo lo que hemos conseguido. En lugar de agradecer el poder respirar, el poder trabajar, el tener a tantas personas que, a pesar de la distancia, nos hacen saber que celebran nuestra existencia. Estoy centrando nuestra felicidad en el comportamiento de una persona que no actúa como queremos, que no nos dice lo que queremos escuchar. Nos tengo aquí lamentándonos, sintiéndonos menos por el hecho de que las actitudes de una sola persona lastima nuestro orgullo. Cuando soy yo el que le ha dado el poder a esa persona, y así como se lo di se lo puedo quitar; cuando soy yo el que decide el sentirme o no lastimado, cuando soy yo y solo yo el que puede decidir si tiene un cumpleaños "feliz".

martes, marzo 09, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 2)

En la casa las cosas no mejoraban. Mi padre seguía en el pueblo y al poco tiempo se fue mi madre con él. En casa nos quedamos mi hermano, mi hermana y yo. Al salir de la secundaria a mi hermana le asignaron la responsabilidad de hacerse cargo de la casa, responsabilidad que no le quedó de otra más que aceptar, aunque fuese de mala gana. Como no había dinero para pagarle una carrera, mi hermana ingresó a un curso por las tardes, al que iba después de terminar las labores de la casa.

La buena relación que tenía con mi hermano se esfumó. Empezó a salir con una chica que tenía mala fama, relación que mis padres le prohibieron, prohibición que él no obedeció. La reacción de mi hermano fue seguir su relación alejándose de mis padres. Los fines de semana, que mis padres llegaban a casa, todo eran discusiones; discusiones que terminaban con mi hermano saliendo enojado de casa y ellos tomándola con mi hermana y conmigo.

La situación llegó al punto de que mi hermano nos retiró el habla, literalmente, y si le hablábamos no nos contestaba. Yo no entendía lo que pasaba pero por alguna razón me sentía culpable, y triste. Mi hermano me ignoraba, yo quería seguir jugando con él y él me gritaba que lo dejara en paz. Mi hermana por su lado, encerrada en su cuarto o con alguna amiga. Yo, en medio de todos, escuchándolo todo, resintiéndolo todo, sintiendo más que nunca su abandono, deseando que alguien me viera, me prestara atención. Yo, que había esperado todo la semana ilusionado con que llegaran mis padres para verlos, para abrazarlos, para estar con ellos, sólo recibía regaños por lo que había hecho, o no, durante la semana. Yo quería irme con ellos y se los dije, les dije que ya no quería ir a la escuela, que me quería ir con ellos al pueblo, que ya no quería estar separado de ellos. Cuando se tenían que ir, siempre me quedaba llorando, berreando, rogando que me llevaran con ellos, y cada vez que me dejaban iba creciendo mi sentimiento de abandono.

En mayo de ese mi primer año en secundaria, una de mis hermanas mayores,  aquella con la que años después me fui a vivir a Morelia, llegó de visita sorpresa a la casa. En ese tiempo no teníamos teléfono y las cartas tardaban de 15 días a un mes en llegar, por lo que ella no pudo avisar que iría y un sábado en la mañana tocaron a la puerta y ahí estaba ella, parada al lado de una caja, había llevado de regalo a mis padres un televisor. A mi sorpresa le siguió la felicidad, su visita era un oasis, su presencia llegaba a refrescar la situación que estábamos viviendo en la casa.

Durante los días que estuvo en la casa me sentí feliz, mientras estaba en la escuela deseaba llegar a la casa para estar con ella, ella me veía, ella me abrazaba, ella me notaba, con ella en casa ya no me sentía solo. El problema fue el día que tuvo que irse.

Ese día yo no quería ir a la escuela, quería estar con ella el tiempo que nos quedara juntos, no me dejaron. Me fui a la escuela llorando, literal, todo el camino; hasta que iba a llegar a la escuela me sequé las lágrimas porque me daba pena que mis compañeros me vieran llorar. Aguanté lo más que pude, pero no se había terminado ni la segunda clase cuando me quebré. Me importó poco la pena y me ganó el llanto. Me sentía tan mal, tan triste, tan desconsolado, no podía dejar de pensar en que cuando llegara a casa ella ya no iba a estar, en lo solo que me iba a sentir de nuevo, y eso aumentaba mi llanto. Mis compañeros se preocuparon, me preguntaban qué tenía, qué me pasaba, pero yo no podía contestar. Llamaron a un maestro; a él tuve que inventarle como pude, ante su insistencia, que me dolía mucho la cabeza. Así que me consiguieron una pastilla, me dijeron si quería irme a mi casa, pero pensaba en que me iban a regañar, primero por haberme ido y segundo por estar llorando, así que les dije que ya se me estaba pasando el dolor.

Ese día mis 2 amigos, Javier y José, estuvieron conmigo todo el día, de regreso a casa platicamos, les conté el verdadero motivo por el que había estado llorando, José nos contó que vivía con su abuela, que sus papás y hermanas tampoco estaban con él, eso nos unió. Javier no mostró mucha empatía.

Pocos días después le sugerí a José que al salir cambiáramos la ruta de regreso a casa, que en el receso hiciéramos otras cosas, que nos viéramos los sábados fuera de la escuela, que a la entrada de clases pasara por mi casa para llegar juntos y así, de ser un círculo nos redujimos a dos, Javier no fue más que un agregado a nuestra amistad. Amistad que duró toda la secundaria pero que tuvo sus cambios.

El primer año fuimos aun niños, jugando, corriendo, platicando de las cosas que veíamos en la TV, haciendo juntos la tarea, apoyándonos y acompañándonos.

En el segundo año se integró al grupo un chico nuevo, Román, desde el primer día fue la sensación, era un poco mayor que el resto, le empezaba a salir el bigote; decían que no era de la ciudad, que se acababan de mudar y que eran de dinero, las niñas decían que estaba guapo, y yo muy en mi interior negándome a reconocerlo, no podía dejar de notarlo.

José y yo seguíamos inseparables, todos tenían ya sus grupitos y aparte estábamos nosotros dos. Con la pubertad empezaron los cambios en nuestros juegos, algunos compañeros empezaban a platicar de otras cosas, a jugar a la botella, a molestar a las niñas, a hablar de los cambios visibles en sus cuerpos. José y yo tratábamos de integrarnos pero nos manteníamos inocentes, como que esos aun no eran juegos para nosotros.

Cuando se iba a terminar el segundo año mi mundo se vino abajo de nuevo, José me dio la noticia de que no iba a volver para el tercer grado, sus papás se lo iban a llevar con ellos. La noticia me afectó tanto que esas vacaciones, que me fui al pueblo con mis padres, me la pasé enfermo. Por varias semanas me estuve levantando por las noches con vómito, me llevaron al doctor y como no encontró la razón de mi padecimiento, su recomendación fue que dejara de cenar. Como desde siempre he sido extremista, aparte de dejar de cenar también dejé de comer y así se acabó el vómito, no sin antes bajar una cantidad significativa de kilos.

Al volver a la escuela todo era diferente, incluyéndome. De nuevo estaba solo, de nuevo me habían abandonado, de nuevo estaba vulnerable. Para colmo al grupo se habían integrado compañeros de otro grupo. Estos chavos eran de los rebeldes de la escuela, de los mal portados, excepto uno, había un chavo entre ellos bastante tranquilo que les seguía el juego a sus compañeros pero que se notaba era diferente. Algo sentí desde que lo conocí, algo similar a lo que ya había sentido antes, pero exponenciado.

Por fortuna a las pocas semanas de haber iniciado el curso, José apareció de nuevo en la escuela, algo no se había podido arreglar con sus papeles e iba a tener que terminar la secundaria ahí, me sentí más seguro.

Estos chavos sabían más cosas, hablaban de otras cosas, se comportaban diferente, jugaban de otra forma, pronto ya habían cambiado la dinámica del grupo. José y yo nos resistíamos a cambiar, por lo que nos manteníamos al margen siendo sólo los dos. Pronto nos empezaron a notar, empezaron a decirnos que los novios y tal, inconscientemente José y yo nos empezamos a separar un poco, primero para que no hablaran de nosotros y segundo para que dejaran de molestarnos. Cosa que no sucedió, más bien al dividirnos empezaron a molestarnos por separado.

Como a mi si me afectaban las burlas y notaban mi molestia cuando se metían conmigo, me hicieron cliente frecuente. Hasta que algo pasó, el chavo nuevo que se veía diferente, Alejandro, empezó a acercarse a mí, no me defendía como tal, pero cuando los demás me molestaban él les decía que no se metieran conmigo, que a mi él me iba a “amansar”, que yo iba a ser “suya”. Yo no recuerdo haber sido afeminado, no recuerdo que alguien en la escuela antes me lo hiciera notar o me molestara por eso. Era la primera vez que alguien se dirigía a mí en femenino, de pronto me sentí descubierto y expuesto, de pronto sentí que todo lo que había tratado de olvidar, que eso que me había empeñado tanto en esconder alguien lo había encontrado y ahora era visible para todos.  

miércoles, marzo 03, 2021

JUGANDO A NO SER YO (PARTE 1)

Cuando tenía 9 años nos cambiamos de casa, dejamos la casa donde nací y nos fuimos a “la ciudad”. Yo, desde entonces, estaba renuente al cambio; pero el hecho de que íbamos a vivir con mi hermano, al que sólo veía los fines de semana, me entusiasmaba. Por otro lado tenía temor de que el cambio, el rodearme de nuevos niños, provocara de nuevo esas cosas malas en mí, que ya había olvidado.

Por fortuna en la calle donde ahora vivíamos había muchos niños y pronto me hice amigo de mis vecinos, coincidió que dos vecinos iban a entrar al 5º de primaria como yo, eso me hizo sentir más en confianza.

Ese año fue muy duro para mí, aunque me adapté pronto a la nueva escuela y uno de los vecinos prácticamente me adoptó para que mis nuevos compañeros me aceptaran, en la casa las cosas no iban bien. Mi padre no se acostumbró al cambio y a los pocos meses se regresó al pueblo, ahora sólo lo veíamos los fines de semana y su ausencia la sentí como si me hubiera abandonado a mí. Después del “incidente” me había vuelto muy unido a mi padre, en las vacaciones me iba con él al campo y en las tardes lo ayudaba en las cosas que hacía en la casa, trataba de agradarlo lo más posible para recuperar su cariño. Cuando se regresó al pueblo volvió ese sentimiento de que se alejaba porque había algo malo en mí, porque no merecía que me quisiera, porque yo no era bueno y por eso todo el mundo en algún momento me iba a abandonar. Estos sentimientos se somatizaron y ese año me enfermé de todas las enfermedades que dan a los niños, me la pasé más enfermo en casa que en clases.

Poco a poco mi hermano tomó el lugar de mi padre, me acerqué más a él y la unión que tenía con mi padre la transfería a mi hermano. A los pocos meses me empecé a ir con él a su trabajo algunas tardes y los sábados, no porque quisiera trabajar sino para estar más cerca de él y asegurarme que él no me abandonara.

Mis temores de estar cerca de otros niños no habían desaparecido del todo, pero habían disminuido; por eso pude hacerme amigo de algunos niños con los que me juntaba en ocasiones para hacer la tarea, para ir a la biblioteca o en el caso de mis vecinos para jugar algunas tardes. Sin embargo, por más que me esforzara, había cosas que no podía dejar de sentir cuando estaba con alguno de esos niños, cosas que no podía explicar, era como un gusto, una afinidad, un querer algo más.

Esas cosas me hacían sentir culpable y por esa razón en la escuela tenía dos mejores amigas con las que estaba todo el día, con ellas no sentía esas cosas y eso me hacía sentir seguro. El juntarme más con niñas no obstante me trajo otro tipo de problemas; como en el recreo me quedaba sentado con las niñas, en lugar de jugar al fútbol; algunos niños empezaron a decir cosas de mí. Pero cuando un niño me molestaba o me confrontaba tratando de buscar pelea, mis dos compañeros que también eran mis vecinos, me defendían y sacaban la cara por mí, de no haber sido por ellos no sé cómo me habría ido.

En el 6º año llegó una niña nueva, una niña con la que hice click de inmediato. Su nombre era Lourdes, no recuerdo su historia pero había algo que nos identificaba, como si tuviéramos algo en común. Era una niña muy alta para su edad, alta y robusta. Siempre se vestía con sweater y pantalón, a pesar del calor chiapaneco,  y usaba una trenza. A esta niña le gustaba el fútbol, por lo que no se juntaba mucho con las otras niñas, que curioso que por este mismo hecho tampoco se juntara con los niños, de hecho como niños y niñas la veían diferente, les daba un poco de temor. Al poco tiempo de haber llegado nos hicimos compañeros de pupitre, compañeros de almuerzo, mejores amigos. Ella fue mi protectora el último año de primaria.

No había contado que mis padres no me mandaron a educación preescolar; sin embargo, como era un niño muy despierto e inteligente, (otra forma de decir que no sabían qué hacer conmigo en la casa) me inscribieron en la escuela con 5 años cumplidos, por lo que a los 11 años ingresé a la secundaria.

De nuevo otro cambio, dejaba atrás a mis amigos, a mis protectores y me enfrentaba con esta nueva realidad, solo, abandonado, como me seguía sintiendo. Para colmo me tocó el turno de la tarde, yo quería ir en la mañana. A mi grupo de la secundaria se fueron conmigo algunos compañeros, pero no era con los que me llevaba mejor. No obstante nos acompañamos los primeros días, hasta que cada uno hizo nuevas amistades.

En el grupo estaban estos dos niños que iban de la misma escuela y vivían muy cerca de la casa, ellos tenían otros amigos que estaban en grupos diferentes, a la hora del receso se juntaban con ellos y a la salida se iban todos juntos. Me hice amigo de uno de ellos y pronto me integré a su círculo de amigos.

Al poco tiempo el círculo se desintegró y nos quedamos tres, los que estábamos en el mismo grupo. Debo reconocer que tuve mucho que ver con que el círculo se haya desintegrado, el niño del que me había hecho amigo y yo tuvimos mucha química desde que nos conocimos, pero un día pasó algo que nos hizo inseparables.

viernes, febrero 26, 2021

Me duele más a mi que a ti

Creciendo en los ochentas, y en un ambiente rural, no es de extrañarse que el castigo físico haya estado presente durante toda mi infancia. Cuando me portaba “mal”, cuando no obedecía, cuando hacía travesuras, cuando le contestaba a mis mayores, cuando no hacía la tarea, cuando ensuciaba la ropa, cuando hacía algo que no entendían; mis papás tomaban un cinturón, un huarache, una vara, una escoba, un lazo o lo que tuvieran a mano para golpearme educarme. Como en la típica familia patriarcal, mi padre siempre fue el verdugo y mi madre la autora intelectual.

Por esta razón, aquella tarde la primera reacción de mi mamá fue acusarme con mi papá para que éste me aplicara el correctivo. Como animalito al que entrenan con el método castigo-recompensa; yo había descubierto que llorando, pidiendo perdón y diciendo que no iba a volver a hacer aquello que había hecho, y que había motivado el castigo, la sesión de golpes se acababa más rápido. Así que hice lo propio.

Pero esa vez no funcionó, quizá porque mis suplicas no eran sinceras, al no entender que había hecho mal y porqué estaba pidiendo perdón; o quizá porque lo que había hecho era tan grave que el correctivo debía ser inolvidable, y lo fue. Las marcas físicas de los golpes tardaron semanas en desaparecer, pero las psicológicas no creo que al día de hoy hayan desaparecido en su totalidad.

Como dije anteriormente, no entendí qué es lo que había hecho mal, nadie me lo dijo y a mí me daba miedo preguntar, no fuera a ser que por respuesta obtuviera otro correctivo. Mi mamá después del castigo, como siempre pasaba, se acercó a consolarme. Me dijo que había hecho algo malo y que no debía de volver a hacerlo, que si lo volvía a hacer me iba a castigar Dios, iba a ser señalado y juzgado, me iba a convertir para siempre en todo eso que mi papá me llamaba mientras me golpeaba, cosas que a esa edad ni siquiera sabía que significaban, pero que debían ser muy malas por lo enojados que todos estaban conmigo. Me dijo que le pidiera perdón a Dios, que le pidiera que me ayudara a cambiar, que me alejara de esos amigos y de cualquier otro que me propusiera hacer “eso” de nuevo. 

Mis hermanos se enteraron, no sé si ellos sí entendieron que es lo que yo había hecho mal, pero tampoco me lo explicaron o lo hablamos alguna vez. Recuerdo que en alguna pelea con mi hermana, que aunque es mayor que yo siempre ha sido más inocente, de esas peleas en las que yo le llamaba gorda, cachetona o enana; me dio a entender que mis papás me habían encontrado besándome con uno de mis amigos (WTF?).

Mi cerebro trató de encontrarle una explicación al hecho, quizá lo que estaba mal era tener amigos y jugar con ellos, quizá lo que estaba mal era el juego que esa tarde estábamos jugando. No lo entendía pero tampoco quería que Dios me castigara.

Durante semanas le pedí a Dios con todas mis fuerzas y mi fe que me ayudara a cambiar, y puse todo de mi parte para lograrlo. A mis mejores amigos jamás les volví a hablar, cuando volvieron a buscarme los corrí y les dije que ya no quería jugar con ellos. 

En la escuela siempre era el primero en apuntarse a los festivales, era el desinhibido, el que más rápido se aprendía la coreografía, el que no le daba pena. Era el que declamaba la poesía en los honores a la bandera de los lunes, cuando había conmemoración. Después de eso jamás volví a participar. 

Antes jugaba con mi hermana a la comidita, a la casita, jugaba con sus juguetes y a veces con sus muñecas; después mis juegos eran fútbol, trompo y canicas, aunque nunca les encontré el gusto, era a lo que tenía que jugar para demostrar que “estaba cambiando”. 

Cuando mis amigos de la escuela empezaban a hablar de cosas “sucias”, yo me alejaba, cuando alguien hacía un chiste que sonara un poco a cosas de adultos, me retiraba. Dejé de ir a sus casas pues me aterraba quedarme a solas con alguno de ellos. Empecé a juntarme más con las niñas, sus pláticas eran más inocentes y así no corría peligro de que algún niño me propusiera algún juego como el de aquella tarde, con las niñas estaba seguro.

Después de algunas semanas me fui olvidando, conscientemente, del incidente y mi comportamiento cambió, me volví bueno de nuevo. Ya no le daba problemas a mis papás, era el más aplicado de la escuela, ya no era travieso, ya obedecía, ya no cuestionaba, ya no llegaba con el uniforme sucio, ya no imaginaba, ya no hacía cosas que pudieran tener algún dejo de comportamiento femenino, ya no era niño.

No sé porque alguien le haría eso a un niño, no sé porque alguien lo querría  hacer sentir culpable y pecador desde los 7 años, no sé porque alguien lo obligaría a cuestionar sus gustos, no sé porque alguien lo haría aprender a analizar su comportamiento y reprimirlo, no sé porque alguien le arruinaría su niñez.

Mis papás lo hicieron. Después de algunos años el miedo que me provocaron aquella tarde, se convirtió en rencor. Porque esa tarde no me la creí, esa tarde el dolor físico y psicológico que me causaron, dudo que les haya dolido más a ellos que a mi.

jueves, febrero 25, 2021

El cadaver en el clóset

Yendo a terapia, en una sesión la terapeuta me pidió hacer un ejercicio de introspección hacia mi niñez, en donde me pedía identificar algún evento que hubiera podido ser traumático para trabajarlo; yo lo abordé por las orillas y traté de platicarle del mismo, sin realmente platicarle nada. Debo aclarar que, para este punto, ya me encontraba en ese lugar común en el que cuidaba lo que le decía para no sentirme juzgado, para no mostrarme vulnerable, para no reconocer que tenía (tenía?) un trauma, cosa irónica pues justamente para eso es que se va a terapia. Aún recuerdo la vez que la terapeuta me mandó con una amiga suya psiquiatra para medicarme; yo salí indignado pues en esa primera cita me dijo todo lo que yo no estaba preparado para escuchar. Me sentí ofendidísimo cuando me dijo que con mi forma de sentarme y comportarme trataba de ocultar mi homosexualidad pues era algo que me avergonzaba; y cuando le conté que en mis planes futuros estaba irme a vivir a Guanajuato, me dijo que era curioso que hubiera elegido un lugar en donde era muy poco probable que me atreviera a mostrar mi verdadera identidad, como si estuviera buscando seguirme escondiendo. Claro que jamás volví con esa psiquiatra, yo había ido por drogas no a que analizaran (ya sé!).

La verdad es que yo nunca he sido tonto, desde muy niño tomé conciencia del mundo y de todo lo que pasaba en él, incluyéndome; otra verdad es que siempre me ha encantado hacerme el tonto; y, como casi todo lo negativo que hago, sé hacerlo muy bien. Desde siempre tuve identificado el evento que me marco de niño, sólo que me convenía hacer caso a lo que en ese momento me dijeron mis padres y nunca pensarlo, mucho menos hablarlo. En algún punto me convencí de que eso no me había pasado a mí, que no tenía nada que ver con mi vida presente, que lo había superado, que no me había afectado, que ahí depositado en el fondo de ese pozo profundo y oscuro que es mi subconsciente, estaba ocupando el lugar que le correspondía.

Por eso esa tarde me hice el tonto y le di a mi terapeuta lo que yo creí quería de mí, le medio conté un evento traumático, me puse sensible, lloré un poco y le dije súper, ya lo trabajamos; que buena psicóloga es! Que buen paciente soy!.

Está por demás decir que la terapia no sirvió de mucho a largo plazo. Aunque en su momento si me dio lo que yo necesitaba, la sensación de bienestar al hacerme tonto creyendo que de verdad estaba haciendo algo por mejorar la forma en que me sentía, y la justificación para cambiar algunas conductas que estaba fingiendo, reemplazándolas por otras que si eran mías. Por cierto que cuando dejé de ir a terapia y empecé a volver a mis conductas habituales, tuve el descaro de culpar a la terapeuta del fracaso de las sesiones, ahora me doy cuenta, y puedo reconocer, que ella trabajó con lo que yo le di, no era su trabajo confrontarme, creo era lo que yo esperaba ella hiciera.

Bueno, a lo que voy con todo esto es que desde siempre he sabido cual es el evento traumático en mi infancia; y hoy, que he caído en cuenta de lo mucho que me ha marcado, estoy preparado para sacarlo del pozo y reconocer su existencia.

Cuando tenía 7 u 8 años había unos vecinos que eras mis mejores amigos, el mayor era uno o dos años mayor que yo y el menor uno o dos años menor. Una tarde mi mamá nos encontró, al mayor y a mí, con los calzones abajo, pegados uno atrás del otro, mientras el menor nos veía desde la puerta del cuarto.

Debo reconocer que antes de escribir esto, pensé en escribir también los antecedentes para justificar lo que estábamos haciendo, pensé en explicar qué nos había llevado ahí, porqué estábamos de esa forma, Dios! hasta pensé en aclarar quién estaba delante y quien atrás. Obviamente ése era mi cerebro tratando de justificar un hecho que no tiene que ser justificado, ese era mi cerebro protegiéndome para que, en el remoto caso de que alguien llegue a leer esto, no se me juzgue.

Entonces caí en cuenta (apenas) de que eso es lo que he hecho siempre, desde que sucedió, desde esa misma tarde a mis 7 u 8 años, he estado buscándole justificación al hecho, y en cada justificación me he intercalado en el lugar de culpable y en el víctima, según me conviniera en esa etapa de mi vida. Inconscientemente he estado dándole más importancia al hecho en sí, sin aceptar de manera consciente las consecuencias que el mismo ha tenido en mi vida.

Ahí está el cadáver, el olor que desprende y con el cual me he acostumbrado a vivir, es historia aparte.

jueves, febrero 18, 2021

PARE DE SUFRIR

 Dicen que al cerebro le toma 21 días la creación de un hábito.

Ayer “descubrí” que nuestro comportamiento en la vida no es más que una sucesión de hábitos. Dicen  que la forma en que nos relacionamos con los demás, nuestra personalidad, las cualidades y características que creemos traer de nacimiento; todo eso se fija en nuestro cerebro durante los primeros 7 años de vida. Algo de eso me hizo sentido.

Esto de tratar de cambiar mi forma de pensar no es nuevo para mí, ya lo he intentado antes. Desde mi adolescencia empecé a devorar libros de autoayuda (El memorándum de Dios, Juventud en éxtasis, el caballero de la armadura oxidada, etc.), esperando encontrar el secreto para cambiar lo que yo creía estaba mal en mí.

Como olvidar mi paso por el “Contranálisis” (Cambiar es fácil, lo difícil es que entiendas que es tan fácil), por varios meses invertí mi tiempo, y dinero, en sesiones semanales y en varios seminarios con el viejito barbón; tratando de aprender a cambiar mi forma de pensar y lograr tener una vida plena y feliz. No voy a negar que de algo me sirvió, en ese tiempo hice uno que otro cambio significativo en mi vida.

Por otros varios meses estuve yendo a terapia semana a semana, por un tiempo me sentí bien, me sentí motivado, reconozco que me abrí, fui más comunicativo, más seguro. De esto último se me quedó el hábito de escribir en este blog, hábito que tampoco sobrevivió mucho tiempo.

Aquí estoy una vez más, intentándolo de nuevo, con la esperanza de que esta vez sea diferente. No negaré que tengo miedo, como ya he pasado por esto, como ya he sentido este optimismo, como ya he experimentado estas ganas de mejorar y he visto cómo se han ido, así de fácil como han llegado; hay una vocecita en mi cabeza que me susurra que no tiene caso, que dejemos así las cosas, que para qué arriesgarnos a otra decepción, que así estamos cómodos.

¿Qué podría ser diferente esta vez?

Que me he dado cuenta de los errores que cometí las veces pasadas en qué busqué ayuda. Y es que la ayuda la busqué por las razones equivocada, no es que la ayuda no haya funcionado, lo que pasó fue que lo que me motivó a buscar ayuda fue un factor externo.

Cuando leía tantos libros de autoayuda y superación personal, lo que buscaba no era mi auto-aceptación; era la forma de encajar en un círculo de amigos y dejar de sentirme mal por tener que fingir ser algo que no era.

Al “contranálisis” llegué por Daniel, él lo estaba tomando y él me lo recomendó. Yo empecé a ir para agradarle, para tener algo en común, para tener algo de qué hablar cuando iba a visitarme y ni uno ni otro sabíamos cómo acercarnos, también para entretenerme en algo los sábados en la tarde y uno que otro domingo.

A la terapia llegué por mi PP, lo que yo buscaba era cambiar para él, lo que quería cambiar era lo que yo sentía que a él no le gustaba de mi para no perderlo, lo que quería era dejar de sentirme mal por tener que enterrar mi verdadera personalidad para sentirme aceptado.

Aunque esta vez estuve a punto de hacer lo mismo, en esta búsqueda de ayuda me encontré con lo que no buscaba. En una de mis películas favoritas “Efectos secundarios” decían que las netas te llegan así de repente, cuando menos te lo esperas, en el lugar menos pensado, haciendo lo que menos te imaginas, ya me había pasado y me volvió a pasar. Encontré esa prueba que buscaba, la que convenciera a mi escéptico y analítico yo interior de que uno si puede cambiar.

Con un simple ejercicio me di cuenta de que ya no soy el mismo, ya no soy ese niñito de 5 años, extrovertido, divertido, ocurrente, sensible, creativo, sonriente, seguro de sí mismo, sin miedo al rechazo, sin miedo a ser juzgado, pleno, completo y feliz. Ya no soy ese niñito que no necesitaba tener cosas para divertirse, para disfrutar de la vida. En esa época podía divertirme sólo, podía jugar sólo, no añoraba nada, no necesitaba nada, no tenía nada y no me hacía falta nada, porque me tenía a mí mismo y con eso me bastaba, porque yo era todo lo que necesitaba. ¿Qué cambió? Cambié yo.

Lo más importante, entendí que éste no soy yo, que todo lo que creía no podía cambiar, mi timidez, mi inseguridad, mi necesidad de sentirme aceptado, mi constante búsqueda de aprobación, todo esto en realidad no es parte de mí, no es algo con lo que yo haya nacido, y que tampoco es mi culpa el ser como soy.

Es comprensible que este niñito con tantas cualidades que lo hacían único, especial y diferente haya crecido con la culpa como su compañera inseparable, creyendo que había algo mal en él, sintiendo que no era lo suficientemente bueno, que nadie lo iba a querer por sí mismo, que siempre tenía que hacer algo para agradar a los demás, para complacerlos, que siempre se tenía que adaptar a lo que los demás esperaban de él, que debía dar la imagen que cada uno de ellos encontrara agradable para que no lo abandonaran y lo hicieran sentir mal de nuevo.

Lo comprendo, ese niñito estaba solo, ese niñito no se podía defender y es normal que tuviera miedo, es natural que se escondiera, que en un momento renegara de lo que era, de lo que sentía. Sobre todo cuando las personas que estaban ahí para defenderlo, para brindarle seguridad le fallaron y en lugar de protegerlo, de hacerle sentir que todo estaba bien, que no había nada de malo en él, en lugar de celebrarle que era único, diferente, especial; lo juzgaron, lo señalaron, le hicieron creer que era malo, que no era normal, que si quería que lo quisieran debía cambiar para que lo encontraran agradable y todavía lo hicieron sentir culpable de ser como era.

En algún momento yo también abandoné a ese niño, lo separé de mí, quise creer que ese no era yo, y cuando algún rastro de ese niño aparecía en mí, trataba de esconderlo, de borrarlo, de negar su existencia. Pero nunca pude dejar de sentirme culpable por haberlo abandonado, por haberlo traicionado, eso es lo que me hacía sentir tan mal, y todo lo demás se desprende de ahí.

Ahora que finalmente me he recordado, que me he re-encontrado con este hermoso niño, he decidido ya no esconderlo, he decidido ya no abandonarlo, ya no amordazarlo. Finalmente este niño ya no tiene nada que temer, ya no está solo, me tiene a mí para cuidarlo, para protegerlo, para celebrar su existencia, para hacerle entender que nunca hizo nada malo, que no hay nada de malo en él, para pedirle perdón por lo que yo también le hice.

No sé cuánto tiempo me lleve el cambio, sé que no será fácil pues me tomó años llenar el saco de miedos e inseguridades que cargo y sé que no lo podré vaciar de un día para otro. Si se requieren 21 días para crear un hábito, no quiero ni hacer al cálculo de los días que me tomará reemplazar los que he creado para protegerme.

Mientras tanto, como los alcohólicos, iré un día a la vez, paso a paso, haciendo pequeñas cosas de forma diferente, estando alerta, actuando de forma consciente en lugar de reaccionar automáticamente, hasta que pueda lograr que este niño y yo seamos de nuevo uno mismo y que ambos nos sintamos orgullosos de lo que somos y lo que siempre hemos sido.

jueves, noviembre 12, 2020

Día de muertos

Ahora con esto del “home office” la modalidad es que, cuando toca ir a Guanajuato, nos vamos los viernes en cuanto yo termino de trabajar; así lo hicimos el pasado 30 de octubre para aprovechar el puente del 2 de noviembre. Mi PP nos alcanza el sábado en la noche, pues sigue trabajando los sábados medio día.

Este año se le ocurrió organizar un concurso de altares de muerto (Qué sería de nosotros sin sus ocurrencias, aunque a veces le ponga mala cara, para que no descubra que en el fondo las disfruto), así que el domingo desde muy temprano empezamos con el trajín (dirían en mi rancho).

Siempre había tenido ganas de ir a un sembradío de cempasúchil y este año se me hizo, gracias al suegro de una de las cuñadas que le hace a eso, me encantó la experiencia de ir a cortar las flores y tomar fotos.



Nos llevó prácticamente todo el día acomodar todo pero valió la pena pues nos quedó muy padre, lo pusimos en memoria de la madrina de casi todos; que nos dejó hace ya ocho años y a quien sigo recordando con afecto por lo buena y amable que, desde que la conocí, siempre fue conmigo.

En la noche hicimos un recorrido por las diferentes locaciones en las que los participantes montaron sus altares, y aunque no fue un concurso como tal, la experiencia creo que fue satisfactoria para todos y terminó con una degustación de tamales y atole que hizo la suegra.



Habíamos programado una noche de maratón de películas de terror pero, no sé si haya sido el cansancio o que la selección de películas no fue buena, sólo vimos dos y después todos a dormir.

Esto es lo que después de tantos años sigo disfrutando tanto, esto es lo que siempre había soñado y se me ha hecho realidad, el tener estos escapes, el hacer de algo tan sencillo algo tan significativo, el tener estas experiencias que me hacen sentir tan bien y que hacen que todo lo demás sea insignificante, que hacen que todo lo demás valga la pena. Estos momentos son a los que yo llamo felicidad.

miércoles, noviembre 11, 2020

Pandemónium

Cuando todo este merequetengue empezó yo andaba de vacaciones, mi jefa me las interrumpió para platicarme que había rumores en la empresa de que querían mandar a algunos a hacer "home office" por esto de la nueva enfermedad, yo no le di importancia. El día que volví de vacaciones todo era un caos, se decían tantas cosas, se escuchaban tantos rumores, había tanta incertidumbre en el ambiente.

Finalmente me confirmaron que yo iba a ser uno de los que se iba a trabajar desde casa, yo seguía sin darle importancia; conociendo a mis jefes, me imaginé que por alguna razón me iban a salir con que siempre no o, en el mejor de los casos, que serían solo unos días; y que, justo cuando empezara a acostumbrarme a levantarme tarde, me iban a decir que tenía que regresar. Hasta que el viernes 27 de marzo al medio día me dijeron que recogiera mis cositas pues me iba a casa. 

Las primeras semanas me levanté a la misma hora, hice mi rutina diaria de salida a trabajar y a las nueve en punto ya estaba frente a mi compu, no me movía de ahí hasta la 6:30 que se acababa mi jornada laboral. No quería acostumbrarme, no quería sentirme cómodo y después sufrir al volver de nuevo a la oficina. Los días pasaron, los negocios empezaron a cerrar, yo veía aun incrédulo como cerraban los cines, los centros comerciales, las tiendas departamentales, como se suspendían las corridas de autobuses, los vuelos; después la oficina cerraba en su totalidad, al mandar al resto de mis compañeros a sus casas.

Se atravesó semana santa, nos fuimos a Guanajuato, una semana santa atípica; sin representación de las tres caídas, sin procesión del silencio, sin misas, sin nada de lo típico que hacíamos en semana santa. Al volver sólo éramos mi PP y yo, la prima y la tía se quedaron en Guanajuato pues a la prima le dieron vacaciones forzosas.

Mi rutina cambió, me empecé a levantar al 10 para las nueve, a bañarme un día si y un día no, a quedarme en pijama todo el día, al fin que estaba solo en casa. Los cambios continuaron, primero a mi PP le redujeron el horario y ya llegaba a comer conmigo todo los días, después empezaron a trabajar un día si y un día no, y ya lo tenía aquí conmigo de igual manera. Empecé a ajustar mis labores del trabajo, movimiento había realmente poco, las ventas eran nulas y había que racionar la solución de pendientes para no aburrirse, el día que estaba solo revisaba lo indispensable y después veía series, y el día que estaba mi PP me ponía a trabajar. Me empezó a gustar la nueva rutina y a sentirme cómodo. Era como estar trabajando y al mismo tiempo de vacaciones, lo mejor de ambos mundos.

En junio de nuevo las cosas cambiaron, mi PP empezó a trabajar de nuevo todos los días, la prima y la tía volvieron, ya no estaba solo en casa, eso acabó con mi rutina y me puso mal algunos días, después me volví a adaptar. Las cosas en el trabajo se empezaron a poner complicadas, nos redujeron el salario, nos quitaron las prestaciones superiores de ley, nos hicieron tomar las vacaciones disponibles sin pago y sin gozarlas, hubo recorte de personal. Por desgracia el recorte afectó a varios de los compañeros, por los que sentía alguna especie de afecto, y eso me puso mal.

Hoy, después de ocho meses, sigo haciendo "home office", muchas cosas han vuelto a la “nueva normalidad” pero la incertidumbre continúa. Desde junio, que se supone volveríamos a la oficina, nos siguen recorriendo la fecha, ahora ya vamos en enero. Los países siguen cerrados al turismo, y el turismo local es realmente poco, no se sabe cuanto durará esto y tampoco se sabe si la empresa lo resistirá. 

Supongo que ese es el motivo de mi ansiedad, de esos ataques repentinos de ira, de esos episodios de despertar en la madrugada presintiendo que algo está mal, pero sin saber qué, de esos dolores de cabeza que pueden durar minutos, horas o días, de esos días de mal humor que no quiero ver a nadie, y esos días de sobrada sensibilidad en los que sólo quiero un abrazo.

No negaré que esto de estar en casa no me desagrada, finalmente lo que no me gustaba de mi trabajo era el traslado y la convivencia con algunas personas (compañeros de trabajo, les llaman); me he adaptado a la rutina, he aprendido a disfrutar algunas cosas, el comer con la familia todo los días, el trabajar con ropa cómoda, el no rasurarme, el meterme a la cocinada en serio (ya hasta el arroz me esponja bien bonito).

Pero dejaría de ser yo si no me preocupara por el futuro, si de repente no me pusiera fatalista, si no empezara a pensar en lo que pasará cuando finalmente nos digan que es hora de volver a la oficina, si la ropa de trabajo aun me quedará (oink), si aguantaré tanto tiempo usando zapatos de nuevo, como será volver a usar el metro, convivir con la gente en la calle, escuchar las historias interminables de mis compañeros contando a viva voz lo que hicieron todos estos meses, como si fuera lo más interesante de este mundo.

En fin, quiero confiar en que todo se resolverá para bien, mientras tanto a seguir pretendiendo que esto no me afecta y que la ansiedad me hace los mandados.

viernes, octubre 30, 2020

Catching up

El pasado 16 de Agosto cumplí 10 años viviendo aquí en la CDMX, se podría decir que esta ha sido “La década”. Han pasado tantas cosas, han cambiado tantas cosas, y otras tantas siguen iguales. Revisando las entradas anteriores, reconozco que habría estado padre dejar constancia aquí de todas las cosas que han pasado, tantos lugares, tantas películas, tantos libros, tantos conciertos, tantos momentos. Pero, como suele pasar con las fotos, de los momentos realmente felices no las hay; pues se estaba muy ocupado disfrutando como para ponerse a tomar fotos o a escribir en un blog. 

Me quedé en 2011, en que estaba trabajando en una clínica de cirugía estética; pues no duré mucho, al poco tiempo me di cuenta de cosas raras que pasaban en ese lugar y desde mayo traté de renunciar. Resultó que el dueño era una fichita y andaba en malos pasos (años después hasta pasó una temporada en la sombra), era un tipo nefasto, prepotente, naco (aunque, ahora a la distancia, reconozco que me resultaba algo atractivo, recuerdo sus brazos velludos, su sonrisa malévola y burlona, sus mirada inquisidora, y esos uniformes de médico que siempre usaba y cuando se sentaba resaltaban su… ejem, ejem, como fantasía hubiera estado bien #shameonme). Me tocó presenciar tantas cosas de las cuales no me olvido, pero no quiero recordar. El caso es que no me dejó renunciar hasta que le consiguiera a quien me reemplazara, lo que sea de cada quien le salí resultón y aunque nunca lo reconoció, me daba cuenta de que él si estaba contento con mi trabajo. 

Pasaron los meses y los aspirantes, cuando un incauto caía trataba de dorarles la píldora y decirles que era el trabajo ideal y todo iba bien hasta que íbamos con él y los veía, siempre les encontraba un defecto: Tiene cara de pendejo, se ve muy indio, está muy chavo, no se viste bien, etc. 
Así estuvimos hasta noviembre, las cosas cada vez se ponían peor, él ya me veía como un mal necesario, le gustaba mi trabajo pero no entendía que quisiera irme, que quisiera dejar un trabajo “tan bueno” y “tan bien remunerado”, reconozco que la paga era buena y las “compensaciones” ni se diga; pero empezaba a ponerse más intransigente, grosero y el ambiente más peligroso. 
A uno que otro aspirante si lo aceptó, pero pasando unos días cuando yo le decía ya está mi sustituto ya me voy, me decía: No, córrelo. 

Hasta que un día me decidí, llegó un aspirante al que en dos días le entregué todo lo que tenía a mi resguardo, cheques, contraseñas bancarias, facturas de propiedades, dinero, todo. Obvio le hice firmar de recibido y puse de testigo al tipo que me contrató y me doró la píldora a mí. Conseguí que la persona de RRHH, que estaba en mi misma situación y renunció unos días antes, me dijera donde estaba mi expediente para que yo lo pudiera tomar, cosa que hice. No avisé, simplemente ese viernes saliendo de trabajar me fui a Guanajuato y el siguiente lunes ya no me presenté. Recuerdo que él tenía la costumbre de pagarle a su “gente de confianza” días después que a todos los demás, por lo que esa quincena les pagué a todos y mi sueldo ya no lo recogí, y ya ni hablar de un finiquito. 
A los pocos días me fui a Chiapas, me daba temor pensar en su reacción al darse cuenta de que ya no iba a volver y necesitaba sentirme físicamente lejos de él y de ese lugar. Descubrí que mi temor no era infundido cuando una compañera me mandó mensaje y me dijo que había mandado a sus guarros a buscarme y que se había enojado aún más cuando no encontraron mi expediente, ni mi dirección, respiré aliviado por habérmelo llevado. Y me reconfortó el ser tan antisocial y que a nadie de mis compañeros les haya compartido datos personales, como dónde vivía, a donde iba o de donde venía. 

Estuve en Chiapas prácticamente un mes para desintoxicarme de todo lo que había vivido, y volví para el concierto de Britney Spears en el foro sol el 3 de diciembre. A pesar de todo aún conservo buenos recuerdos de ese trabajo, la vista desde mi oficina, las comidas en los lugares cercanos, las caminatas por reforma cuando me salía al banco, las personas que conocí y de las que sigo siendo amigo, amigos de Facebook obviamente. 
Y me da algo de nostalgia que ese lugar ya no exista, el edificio fue demolido, y más nostalgia me dio hace algunos días que pasé por ahí y vi que el sanborn’s de la esquina, en el que estuve tantas veces, ya tampoco existe. En diciembre me fui a Guanajuato, como ya se iba a terminar el año no tenía caso buscar trabajo, recuerdo que ese año retomé el tejido de bufandas con el aparato este que es un cuadro de madera con clavos, por lo que esos meses me la pasé haciendo bufandas para todos. 

En enero de 2012 regresé dispuesto a empezar de nuevo, pero como decía la Nana Goya, que en gloria esté, esa es otra historia. 

Se me ocurre que poco a poco trataré de ir haciendo un resumen de lo que recuerdo de estos años, no será tan auténtico como quisiera pues plasmaré las cosas como las recuerdo y no como las sentí en el momento, ni tan preciso pues mi memoria ya no es lo que era #porqueruco pero pues es lo que hay.

jueves, octubre 29, 2020

In memoriam

Recuerdo la primera vez que escuché esta canción, era 1994. 

Mi mejor amigo y yo estábamos en clase en la prepa y escuchamos a la distancia esta canción reproduciéndose en el salón de maestros; en ese tiempo no había internet, youtube, celulares, no había forma de conseguir las canciones o la información de las mismas como ahora. A ambos nos gustó tanto la canción que, terminando la clase, los dos fuimos al salón de maestros y montamos guardia hasta que se quedó vacío; mientras él vigilaba, yo entré y saqué de la grabadora el cassette. 

Esa misma tarde hice dos copias del cassette y al otro día le entregué una copia a mi amigo y regresamos el otro a la sala de maestros. Así conocí a The outfield, aunque hasta años después supe como se llamaban, y así es como se convirtió en una de mis bandas favoritas, ese cassette estaba todo los días en mi walkman. Ahora cada vez que escucho esta canción me transporto a ese momento y mi mente se inunda de recuerdos, algunos de esos recuerdos se escurren por mis ojos. Esa es la magia de la música de ese tiempo, y creo que es por eso que, a pesar de los años, sigue vigente.

***Publiqué este comentario en Youtube, justo días antes de la muerte de Tony Lewis. No existen las coincidencias***

 

Abriendo ciclos

Dicen los que saben que la vida es cíclica, dicen también que o nos renovamos o morimos; personalmente creo que da igual, cada día estamos más muertos.

En una de esas noches de insomnio haciendo mi actividad favorita, pensar y repensar las cosas, caí en cuenta de que los cambios en mi vida han sido cíclicos, sin proponérmelo:

1978: Nací 

1987: Nos mudamos del pueblo a la ciudad.

1997: Me mudé a Morelia.

2007: Me mudé a Guanajuato.

Estos cambios han venido con su respectiva carga de rupturas, de separaciones, de cambios de vida, de cambios de hábitos, de enterrar el pasado, y a algunas personas con él.

En el 2017 Me quedé esperando el cambio, creo que de alguna manera lo estuve buscando pero no sucedió. 

No sé si llamarlo madurez, o resignación, pero la estabilidad llegó a mi vida, la estabilidad laboral, personal, sentimental, familiar.

Hasta que llegó el 2020. Llevo meses encerrado, meses haciendo home office, meses en los cuales he pasado de la incredulidad, la expectativa, la incertidumbre, el miedo, la costumbre, la resignación y el hartazgo. 

Como pasa con casi todo, las cosas cuando se hacen porque se tienen que hacer pierden lo divertido, y esto de estar en casa, todo el día todo los días, ha resultado un tanto cuanto...frustrante. 

Tenía tiempo dándole vueltas a la idea de volver al BLOG, pero en serio, así como antes, creo que me hace falta escribir, sacar de mi cabeza esas ideas que rondan y rondan sin llegar a ningún lado, y como el psicólogo es bastante caro, quiero ver si el escribirlas trae el mismo resultado.

Así que aquí estoy, abriendo este ciclo, aprovechando el final del inicio de esta década, a ver hasta donde llegamos...


lunes, enero 11, 2016

10 años después

“Sigo sin encontrarme, pero ya dejé de buscarme; ya apareceré” 

Increíble que haya pasado ya una década desde que empecé en esto del blog, al principio más para fines terapéuticos que otra cosa; aunque habría estado más increíble que a la fecha lo siguiese utilizando. Y tomando en cuenta que sigo sin encontrarme, debería de seguirlo haciendo. Pero no, como buen paciente con nada de paciencia, dejé el tratamiento a la mitad, en cuanto los síntomas visibles desaparecieron. 

Hasta que se llegó el fin de año y por esas cosas raras de la vida me sentí como antes, extraño, perdido y fuera de lugar, no culpo al ambiente, no culpo a las personas que me rodean, no culpo a nadie. El hecho es que me sentí como antes y empecé a recordar el 2005, la navidad del 2005, mi primera y única navidad acompañado de nadie más que de mí mismo, y mis demonios internos. Y recordé que, después de trago tan amargo para ese tiempo, iba por buen camino, que después de que me enfrenté a uno de mis mayores temores, estar sólo en una fecha en que deberíamos estar rodeados de nuestros seres queridos, no tener con quien compartir esas fechas, y no porque lo necesitase o me hiciera falta, más bien porque eso es lo que debía ser, más bien porque si no era así, yo era un looser, un fracasado, un mal querido; y es que otro de mis mayores temores siempre ha sido ser un looser, un fracasado y un mal querido, o que la gente me perciba así. 

Ahí estaba yo, en pleno 24 de diciembre, rodeado de todos mis seres queridos, mientras todos comían, bebían, departían, yo recordaba, yo pensaba, yo me preguntaba en dónde estaría en ese momento de haber seguido por ese camino, de haberme armado de valor y haber soportado mi soledad unos meses más, de haber continuado durante el 2006 con esa misma actitud de valentía que me permitió sobrevivir mis primeras fiestas completamente solo, física y moralmente. Pero no fue así, a unos cuantos días de iniciar el año, cuando empezaba a afrontar mis miedos, conocí a una persona que hizo que olvidara mis batallas internas y cambiara totalmente mí camino. Entonces recordé que por esas fechas empecé con esto del blog, recordé lo aliviado que me sentía después de plasmar aquí lo que me angustiaba, alegraba o entristecía, y heme aquí. 

Re-leyendo algunas entradas me siento como cuando uno empieza a hace limpieza en casa y se encuentra con cajas llenas de fotos y recuerdos, algunas cosas me hacen sonreír, otras me dan ganas de darme unos zapes, y otras hacen que me dé cuenta de lo mucho que han cambiado algunas cosas y lo igual que siguen otras. Voy leyendo y van apareciendo recuerdos, se dejan entrever sueños, planes, ilusiones e incertidumbre, la incertidumbre de hace 10 años. 
De nuevo me dieron ganas de escribir, de volver a este lugar y ahora que lo hago empiezo a sentir esa sensación de alivio, esa sensación de desahogo que siempre he sentido cuando dejo que las palabras fluyan por mis dedos, sin filtro, sin ninguna otra pretensión más que sacarlas de mi mente. 
Ahora también recuerdo el por qué dejé de escribir, y es que llegó un momento en que empecé a escribir no lo que pensaba como lo pensaba, llegó un momento en que empecé a editarme pensando en crear una buena imagen frente a mis recientemente descubiertos “amigos blogueros”, nunca tuve muchos, nunca quise muchos pero por el simple hecho de saber que alguien que ya me conocía, que ya sabía quién era podría leer lo que yo estaba pensando y podría juzgarme, empecé a autocensurarme, a pensar en lo que quería proyectar con lo que escribía, cuando la idea era tener un espacio en donde por una vez pudiera no pensar, sino fluir, para lo otro ya existía el facebook. 

Quizá vuelva con ésto, quizá ahora que ya no es moda empiece de nuevo a publicar cualquier cosa por acá; quizá no, quizá esta sea la única entrada celebrando que a una década sigo vivo, y que aunque aun no me encuentro, me gustan las partes de myself que hasta ahora he descubierto.

lunes, abril 25, 2011

El verano se terminó...

Ya sé que no fue verano, pero para mí será lo más parecido porque vacaciones tendré hasta Diciembre y eso si bien me va. Eso sí la divertidota nadie me la quita, aunque me haya enfermado por enésima vez en lo que va del año de la gripa y algunos días haya andado con mi cara de pocos amigos, pero no la del diario, la otra, la de más pocos amigos.


Obvio que el miércoles después de trabajar me fui de volada a la central, creyendo ingenuamente que alcanzaría el ETN de las 8:30 que tomo de manera habitual, pero oh sorpresa el metro iba atascado y la central lo estaba igual. Después de algunos pellizcos, empujones y codazos tuve suerte de alcanzar el último boleto de la corrida de las 9:00 en la otra línea y me tuve que ir en ese. El autobús salió retrasado, el tráfico estaba espantoso, total que fui llegando a Celaya a las 12:30 cansado, fastidiado y harto. Lo que se me quitó un poquito al ver a mi PP que ya me estaba esperando con la prima en la central.


El jueves después de chismear un rato y de desayunar nos fuimos a Guanajuato. La verdad, la verdad…no me gustó, no sé si fue el virus que ya traía incubándoseme en el cuerpo, el calor, lo asquerosamente lleno de gente de la ciudad o qué, pero no me gustó. Para empezar no encontramos estacionamiento cerca y tuvimos que dejar la camioneta en la entrada de la ciudad y caminar por los túneles hasta el centro, donde apenas y se podía caminar de tanta gente, los edificios y sitios históricos no se podían contemplar bien, en los museos había colas inmensas de gente, en fin todo era un caos. Total que el paseíllo este no me gustó.


El viernes igual después de desayunar nos fuimos a Cadereyta, Qro. Pasamos al invernadero de cactus que dicen es el más grande del mundo por la variedad de especies que tiene en exhibición, y debe de ser porque el lugar aunque pequeño está atascado de cactus de las más variadas formas y tamaños. A pesar del calor infernal que hacía en el lugar y de la gripa que ya traía en su apogeo, este lugar si me gustó y mucho. Después nos fuimos a Bernal, el pueblo está pintoresco, muy chiquito pero muy bonito y con la peña en el fondo se ve todavía más bonito. Ahí comimos en el mercado las típicas gorditas de guisados y después algunos se fueron a subir la peña y otros nos quedamos en el pueblo viendo las artesanías y comprando chácharas. Después de ahí nos fuimos a Tequis, el plan era pasar a los viñedos a surtirnos pero como se nos hizo tarde en Bernal nos fuimos directo a Tequis, fuimos a un lugar donde venden artesanías y después llegamos al centro. Que para no variar estaba también atascado de gente, pero con todo y eso me gustó volver y recordar los fines de semana que pasé por allá con mi PP y lo bien que la pasábamos cuando iba a visitarlo. Ahí cenamos y nos regresamos a casa, llegamos rendidos de cansancio y todos a dormir.


El sábado fue día de alberca, rentamos una que está cerca de la casa para la familia y nos pasamos todo el día ahí. Este día ya estaba de mejor humor porque ya me había tragado unas pastillas y aprovechando que ahora no había gente extraña remojando sus carnes en el agua hasta yo me metí con todo y mi gripa. Nos la pasamos increíble ahí desayunamos y comimos y casi cenamos de no ser porque a las 7 llegó el encargado del lugar a recordarnos que el contrato se vencía precisamente a las 7. Así que tuvimos que recoger nuestro reguero y volver a casa.

El Domingo fue día de descanso, de hueva y ya nos lo pedía el cuerpo porque los días anteriores habían estado intensos. Con todo y eso hicimos algunas cosas de la casa, con eso de que ya quedó la remodelación y estamos acomodando de nuevo los muebles, yo me puse a poner los cortineros y los demás se pusieron a limpiar, barrer, sacudir y lavar. A las 9 de la noche nos despedimos de todos y nos regresamos a la realidad.


Y hoy, hoy a trabajar otra vez. Y no es que me queje, estuve tanto tiempo buscando trabajo que ahora que lo tengo no quiero dejarlo, además debo de reconocer que las vacaciones saben mejor así, cuando sabes que tienen duración determinada y además con dinero en la bolsa para disfrutarlas. Pero a veces la mente me hace jugarretas, me hace recordar cuando yo también me quedaba allá y eran únicamente la prima y la tía las que se despedían, me hacen recordar cuando después de terminarse las vacaciones me podía tomar otra semana para reponerme de ellas, me hace recordar lo feliz que estaba allá sin presiones, sin estrés, sin pendientes. Pero no todo era tan de color de rosa como lo recuerdo, eso lo sé muy bien, y no todo está aquí tan mal como lo quiero ver a veces.


Sigo en proceso de adaptación, eso es lo que no se me debe de olvidar. Quizá nunca termine por adaptarme del todo, quizá tenga que hacerme a la idea que así tiene que ser. Al menos no estoy tan lejos, al menos puedo ir cada fin de semana, y si me lo propongo, y si lo quiero, cada fin de semana puede ser como otras mini vacaciones.