martes, junio 15, 2021

AMOR A PRIMERA VISTA

Aunque ya había ido dos veces a  Morelia era la primera vez que iba solo. La primera vez yo tenía 8 años y fui con mis papás, Lu y Lola. Nunca habíamos hecho un viaje tan largo, o un viaje a secas, por lo que nadie sabía que los viajes me mareaban. Lo descubrimos pocas horas después de haber iniciado. Empecé a sentirme extraño y después a vomitar, una vez que empecé no pude parar. En ese tiempo el viaje al DF era de casi 15 horas, de la cuales no dormí ni una y mi madre tampoco. En el DF ya nos esperaban mi hermano y su esposa para continuar el viaje a Morelia, ahora en carro, ya no en autobús. Todos esperábamos que el carro no me hiciera el mismo efecto, no fue así.

El viaje del DF a Morelia creo duraba como 5 horas, pasábamos un montón de pueblos, a mí se me hizo eterno. Cuando finalmente llegamos yo era una piltrafa, un guiñapo, un despojo humano, después de casi 24 horas sin comer y sin dormir. Afortunadamente para el regreso me drogaron y ya no fue tan traumático, de no haber sido así no sé si me habrían quedado ganas de regresar, a mis padres de volverme a llevar

La segunda vez tenía 13 años, esta vez Lola no nos acompañó pues estaba recién parida, sólo fuimos mis papás, Lu y yo. En el DF nos esperaba mi cuñado, el marido de mi hermana mayor, para llevarnos a Morelia. En ese tiempo habían puesto una corsetería y mi cuñado compraba la mercancía en el DF, pasamos a un centro comercial “De Todo” se llamaba; mi madre no dejó que nos bajáramos pero yo estaba feliz paseando por “la gran ciudad”. En este viaje fui muy feliz, mis sobrinas eran sólo algunos años menores que yo y, aunque yo ya estaba en tercero de secundaria, seguía comportándome como un niño travieso. Ese fin de año fue especial, ese fin de año me enamoré de la navidad, de la época, de las luces, de la cena, de la rosca de reyes. Las vacaciones se acabaron y yo ya no quería regresarme, quería quedarme con Lis, quería que me adoptara. Después de este viaje se me quedó la idea en la cabeza de que algún día iba a volver para ya no irme, en la escuela les dije a mis compañeros que al terminar la secundaria me iba a ir a vivir ahí, 7 años después finalmente lo había conseguido.

Siempre fui muy observador y muy bueno para recibir indicaciones, las cuales seguí al pie de la letra: “Cuando llegues sigues a toda la gente, van a ir a recoger la maleta. Ya con tu maleta buscas las señales de la salida y de la taquilla de los taxis, si no la encuentras le preguntas a un policía. Compras un boleto a la central de observatorio y vas checando que no se vaya a ir por calles muy solas. En la central compras un boleto a Morelia. Cuando llegues a Morelia sales a tomar un taxi y le dices que te lleve a la dirección de la casa”.

Iba temeroso pero ilusionado, confiando en que si algo pasaba, mi demonio guardián acudiría al rescate, la dirección de la casa de Morelia y el teléfono lo tenía memorizados desde la segunda vez que habíamos ido. Sin embargo, en el taxi entre TAPO y OBSERVATORIO, iba con un nudo en el estómago. Recordaba nuestros viajes anteriores, las veces que en la central mi madre me decía que no soltara su mano, que si me perdía en esa ciudad nunca más me iban a encontrar.  Veía todos los carros, los espectaculares, en lo que ahora sé era el viaducto, y pedía que el taxi se diera prisa, que llegara pronto a nuestro destino, no me sentía seguro en la calle, no me quería perder, que fea ciudad, no entiendo cómo pueden vivir aquí, que miedo, pensaba…

Todo salió bien y llegué a la central sano y salvo, encontré la taquilla de la línea que me dijeron debía tomar "Herradura de Plata" y esperé el abordaje. En este viaje no dormí, era mucha la expectativa, la ilusión, la incertidumbre.

Por la tarde del martes 13, mi día de buena suerte, finalmente llegué a Morelia, hacía frío. Todavía me acordaba del vecindario, de la calle, del color de la casa, del kínder, de la tienda de la esquina. Toqué el timbre, había llegado a mi nueva casa, ya estaba con Lis y me encontré además con este bebé hermoso, regordete, de 6 meses que me recibió con una sonrisa, amor a primera vista.

lunes, junio 14, 2021

MUDANZA

Se llegó el fin de año y el momento de comunicarles mi decisión a mis padres. A mi madre no le pareció, dijo que mi hermana estaba recién casada y con un bebé, cómo iba yo a llegar a darles molestias. Como en ocasiones anteriores yo ya iba con todo resuelto, con todo planeado, con todo decidido, así que lo que me dijeran no me iba a hacer cambiar de opinión. Tiempo después mi madre me confesó que no quería dejarme ir porque sabía que yo sí ya no volvería; lo perceptivo lo heredé de ella, lo decidido lo heredé de ella, todo lo bueno, y gran parte de lo malo, lo heredé de ella.

Ahora que me iba tan lejos presentía que no iba a poder volver de visita tan pronto, tenía que decidir qué llevarme y qué dejar. Por fortuna ropa no tenía mucha, pero recuerdos, esos sí que abundaban. Empaqué los trapos que más me gustaban, los casetes que no dejaba de escuchar y guardé en cajas lo que no quería que me tiraran, sabía que al dejar la casa no iba a pasar mucho tiempo para que se deshicieran de todo lo mío, así que me les adelanté y decidí quemarlo.

Ese fue el final de todos esos cuadernos y libros tapizados con “S”. Así terminó el cuaderno que utilicé de diario y que tenía escrita toda mi historia con él, desde el día en que lo conocí hasta el día en que me fui a San Cristóbal con la idea de olvidarle; ese cuaderno en el que plasmaba al llegar a casa lo bien que me había ido con él, lo mamón que había sido ese día, lo desconsolado que estaba al pensar que no teníamos futuro, ese cuaderno lleno de vivencias, de sueños, de ilusiones borrosas por algunas, varias, muchas lágrimas.

Durante los días que estuve ahí antes de partir me costó mucho resistir la tentación de salir a buscarle, finalmente ya me había despedido de él para siempre en aquella carta, si la había leído ya sabía que me iba, si no la había leído le quedaría la duda de qué había sido de mi, eso era más dramático que buscarlo otra vez. Aproveché esos días con Lu y con Alejandro, para platicar, para despedirnos, para pasar el mayor tiempo posible juntos, creyendo que así no los iba a extrañar tanto.

Esa navidad fue diferente, se sintió diferente, nadie fue de visita, la pasamos mis papás, Lu y yo. Cocinamos la cena y después de cenar Lu y yo nos quedamos viendo películas, hasta que nos venció el sueño.

Al iniciar el año Lu tuvo que volver a San Cristóbal y yo tuve que ponerle fecha a mi viaje, lo había estado postergando; tenía sentimientos encontrados, quería irme pero era mucho lo que iba a dejar y eso por instantes me hacía dudar. Despedirme de ella fue difícil y estuve a punto de arrepentirme, pero ya había dicho que me iba, no iba a quedar ahora como un rajón, como un cobarde, esa no era opción.

Ese lunes 12 de enero de 1998 a las 6:30 de la tarde partí rumbo a Morelia, no quise que mis papás me llevaran a la terminal, no iba a poder con la despedida.

Antes de subirme al autobús fui a la tienda de la terminal a comprar una botella con agua, ahí me encontré a Octavio, a Octavio el rebelde, a Octavio el expulsado de la prepa, a mi Octavio. Ya nos  habíamos re-encontrado  anteriormente, el destino es grande y esa ciudad muy chica (Que oso parafrasear a Arjona), me lo encontré como novio de una de mis amigas de la otra prepa. De hecho en mi época de rebelde nos habíamos ido de peda en bola con él y otros amigos suyos, hasta un 10 de mayo terminamos llevándole serenata a las mamás, la mía incluida, de los que salimos esa noche de borrachera. Mi madre, con su habitual ternura, en lugar de agradecerme, me reprochó el que anduviera de madrugada en la calle y llegara con aliento alcohólico.

Al irme a San Cristóbal le había perdido nuevamente la pista y ahora me lo encontraba trabajando ahí. Me dijo que ya no andaba con mi amiga, que hacía mucho no la veía, que terminaron peleados por sus reproches por su forma de beber, que también le quedaban pocos amigos, al parecer el vicio del alcohol era lo único que lo seguía acompañando. Me dijo que a ver cuándo nos íbamos a echar unas chelas para recordar viejos tiempos, le dije que yo estaba a punto de irme y no tenía fecha de regreso. Me dijo “Que mal, yo todavía me acuerdo del CBTIS, mientras apretaba mi hombro”.  No entendí, no quise entender, no quise dudar. Nos despedimos con un apretón de manos y un abrazo.

Ya en el autobús, llorando y reflexionando, le reprochaba a la vida por ser tan injusta, por burlarse de mí, parecía que le encantaba restregarme en la cara lo que no podía tener; si me hubiera encontrado antes a Octavio, quizá…, pero ya para qué pensar en eso. Ya iba en camino a mi nueva vida, ya había hecho mi mudanza.

viernes, junio 11, 2021

AHÍ TE VES, YO ME VOY!

Los meses pasaban y yo seguía sin encontrar trabajo, cómo iba a encontrarlo si ya ni lo buscaba. La llegada de Lu no me había obligado a salir de mi letargo, de mi apatía, no había resultado como pensaba. Mis papas empezaron a preguntar cómo iba en la escuela, cuánto me faltaba para terminar. Me dijeron que si no encontraba trabajo pronto, me iba a regresar con ellos. El negocio iba bastante bien y yo les podía ayudar, o bien trabajar de nuevo en la refaccionaria e ir a San Cristóbal sólo a hacer los exámenes. Ahora que estaba Lu ahí yo ya no hacía gran cosa en la casa; ella, que si tenía motivo para permanecer ahí, podía cuidar a mi sobrino. Sabía que el engaño ya no iba  a durar mucho.

Pasé noches pensando qué hacer, buscando una solución. En ese tiempo conocí el insomnio, a veces no dormía nada, o me quedaba dormido a la seis de la mañana cuando empezaba a salir el sol. Con todo y que ya había pasado mucho tiempo yo aún no me sentía bien, seguía pensando demasiado en lo que había dejado, temía que al no estar lo suficientemente alejado de casa, tarde o temprano me iba a rendir y me iba a terminar regresando. Por las noches, insomne, pensaba que al día siguiente iba a cambiar, me iba a levantar e iba a salir a buscar trabajo, iba a dejar la pereza, la desidia, iba a poner manos a la obra. Al despertar, todo se me había olvidado y no hacía nada de nuevo.

No sabía bien lo que quería, pero sabía que lo que tenía ahí no era. Un día iba en el transporte cuando vi a un señor subirse con una niña, por lo que escuché era su sobrina e iban tan contentos a dar la vuelta al centro. Me acorde de mis sobrinas de Morelia, recordé lo divertido que era cuando iban de visita en nuestra niñez. Recordé todas las expectativas que tenía cuando me fui a San Cristóbal, todos los planes que hice cuando decidí empezar con lo de la prepa abierta y a buscar trabajo. Ya me imaginaba trabajando, yendo los fines de semana a visitar a mis papás, divirtiéndome con mi sobrino, que era el único que tenía cerca, llevándolo al parque, al centro a dar la vuelta.

La relación con mi sobrio no era la ideal, me había empeñado tanto en que me viera como una figura de autoridad, me había esforzado tanto en que me respetara y me obedeciera que había olvidado que mi papel era el de tío, no de papá. A base de gritos y castigos había conseguido que mejorara su comportamiento y aprovechamiento en la escuela, el precio era que ahora me veía no como tío, sino como tirano. Con Lu la cosa era diferente, con ella todo era risas, diversión, a ella la abrazaba, con ella era cariñoso, con ella veía películas, a mí me temía. Pensé que quizá y hasta estarían mejor sin mí.

Por esas fechas me entere que mi hermana mayor, la que también vivía en Morelia, se mudaría con su familia a otro estado. Lis se quedaría con su esposo y su bebé recién nacido en la casa de mi hermana mayor, no les cobrarían renta. Esa era mi oportunidad. 

Cuando Lu volvió, o la obligaron a volver, contó de una escuela en Morelia que era una especia de internado donde había casas para que los estudiantes vivieran. En ese tiempo el romance con Sergio apenas empezaba, la ilusión estaba en su apogeo, en ese tiempo yo no quería irme, ahora ésta parecía ser la solución.  Antes de cualquier cosa le dije a Lu que quería irme a Morelia, al haberle insistido tanto en que se fuera conmigo a San Cristóbal me sentía mal por ahora decirle que me quería ir, que iba a dejarla sola otra vez. Supongo que se puso triste pero, orgullosa como ha sido siempre, no me dijo no me fuera.

Una tarde le hablé por teléfono a Lis. Le dije que ya no quería estar ahí que quería irme con ella. Como tenía que ser convincente le conté que tenía meses buscando trabajo y no encontraba, que quería ver lo de la escuela esa que era como internado, hasta le platiqué que ya en ocasiones me había pasado por la cabeza la idea de desaparecer, de irme para siempre, pero del mundo. Me dijo que tenía que consultarlo con su marido, que le llamara en una semana. Qué tiene que consultar con el marido, ni que la casa fuera suya, pensé.

A la semana siguiente le llamé. Me dijo que sí. Que me podían dar techo, pero que en cuanto llegara iba a tener que buscar trabajo porque su situación no era tan buena como para mantenerme.

Después del si no escuché nada más, no me interesó nada más. Finalmente me iba a ir a Morelia, al fin podía decirle a Chiapas, y a todos sus habitantes: Ahí te ves!, yo me voy.

jueves, junio 10, 2021

DEMONIO GUARDIAN

Con la llegada de Lu las cosas mejoraron un poco, al menos estaba acompañado y ya compartía con ella la responsabilidad de cuidar al sobrino y hacerme cargo de la casa. Lola cada vez prolongaba más sus viajes, a veces pasaban hasta tres semanas sin dar señales de vida. Lo malo es que el gasto nos lo dejaba para una, teníamos que hacer malabares con el dinero y si no hubiera sido por la vecina, la mamá de los amigos de mi sobrino, nos habríamos muerto de hambre (si, exagero). Siempre nos llevaba algo de comer o nos prestaba para pasar la semana.

Con el tiempo ambos estábamos frustrados y desesperados. Era evidente que Lu extrañaba a Alejandro, aunque fue en algunas ocasiones a visitarla, me daba cuenta cuando él se iba que la distancia la ponía mal. Para colmo en la prepa le había tocado el turno de la tarde, se iba como a las dos y regresaba casi a las diez. El cambio de escuela también le había afectado, notaba que extrañaba a sus compañeros. El clima tampoco le estaba sentando bien, acostumbrada al calor, el frío y la humedad de San Cristóbal la enfermaban. Los fines de semana se levantaba muy tarde, la veía decaída, desanimada.

Un día le propuse una maldad. Encontramos entre las cosas de mi hermana un billete de cien dólares. Cansados de que nos dejara semanas sin dinero, le sugerí que lo tomáramos y lo cambiáramos. Ella no iba a notar la ausencia del billete, y si lo notaba pensaría que lo había tomado mi sobrino creyendo que era un billete de juguete. Además ya se tenía el antecedente de que mi sobrio le había tomado dinero, la vecina le había dicho a mi hermana en una ocasión que mi sobrino traía mucho dinero y les estaba comprando golosinas a sus hijos. Esa ocasión no pude evitar pensar, mientras regañaban a mi sobrino, que aquello era hereditario.

En la primaria yo había hecho lo mismo, en una ocasión le tomé dinero a mi mamá de su cartera y mientras volvía a casa de la escuela, dejé caer el billete para recogerlo de inmediato frente a mis amigos como si me lo acabara de encontrar, necesitaba testigos. Me la creyeron una vez, no las siguientes. Mi madre, imagino que ya cansada de mi reincidencia, en una ocasión mandó a Lu a buscarme a la escuela, antes del recreo y que pudiera gastarme el dinero;  me dijo que mi madre la había enviado para que le regresara lo que le había agarrado. Haciéndome el loco y el ofendido le dije que yo no había tomado nada, pero ante la amenaza de que iban a hablar con mi maestro y con el grupo para decirles que tuvieran cuidado conmigo porque era un ratero, tuve que devolver la moneda de 500 pesos que había sacado de su cartera. Esa amenaza, con su respectiva golpiza, hicieron que me abstuviera de volver a tomar algo que no era mío, al menos hasta mucho tiempo después. Me costó convencerla, pero al final Lu aceptó mi propuesta y tomamos el billete.

Ese sábado fuimos a la casa de cambio, con el temor de sabernos descubiertos, sabiendo que estábamos haciendo algo mal, que estábamos pecando, fui yo el designado a hacer el cambio, finalmente había sido mi idea. Nos dieron, aun lo recuerdo, casi 800 pesos, un dineral. Saliendo fuimos al súper a surtir la despensa, compramos para varios meses y todavía sobró. Con el sobrante ella se compró unas botas y yo una chamarra de mezclilla, algo que ambos siempre habíamos querido.

Cuando mi hermana volvió no hubo consecuencias, esperábamos que lo descubriera, que nos interrogara, me daba miedo que Lu se rompiera y terminara confesando todo al ver a mi sobrino castigado, no pasó. Tiempo después Lola nos platicó del billete de 100 dólares que tenía entre sus cosas y que mi sobrino perdió al haberlo tomado para jugar. Resulta que al único que le pregunto fue a mi sobrino y él le dijo que si lo había tomado. Hacia tantas travesuras que supongo ya no recordaba cuáles había hecho y cuáles no, o cansado de que no le creyeran se había ahorrado el decir la verdad y pasó directo a aceptar su culpa, aunque esta él no la tuviera.

Como fuera de ésta también me había salvado mi ángel guardián, para entonces ya se vislumbraba que a mi en ves de ángel me había tocado demonio, demonio guardián.

miércoles, junio 09, 2021

CANSADO DE ESTAR DESESPERADO

El tiempo pasaba y yo me acoplaba a mi nueva vida, ya tenía mi rutina. Me levantaba a las 7 a darle de desayunar a mi sobrino y a llevarlo a la escuela. Para el segundo grado mi hermana lo cambió de escuela, ahora estaría en la misma escuela donde iban los vecinos, sus mejores amigos. Nos empezamos a turnar con la vecina, la mamá de los niños, uno de nosotros los llevaba y otro los recogía. Al medio día hacía de comer, después de ver las caricaturas o alguna telenovela repetida en TV Azteca. En la tarde, después de comer, obligaba ayudaba a mi sobrino a hacer la tarea, después lo dejaba salir a jugar un rato, se metía a bañar, le daba de cenar y se dormía. Yo me quedaba viendo películas hasta tarde o escuchando música en mi walkman.

Un día cuando iba del mercado pase por un puesto de periódicos y vi una revista de esas que compraba antes, tomé del gasto y me la compre. Ya no me interesaba tanto las fotos de los tipos desnudos como los anuncios de contactos, esa revista era reciente y traía más anuncios. Elegí los  que me parecieron interesantes y volví a escribirme con extraños. Prefería los que vivieran lejos, esperando que con el tiempo alguno me dijera que me fuera a vivir con él. El interés no pasaba de la segunda o tercer carta, o hasta que ellos mandaban foto y yo me negaba a enviar la mía.

Con las que me escribía con frecuencia era con mis amigas de la prepa, quienes me contaban lo mal que iban las cosas, lo mucho que me extrañaban, la falta que les hacía pues con mi partida el grupo se separó y ya no había quien los liderara por el mal camino. También me escribía con Lis, mi hermana de Morelia. Cuando estuvieron mis papás allá se había casado y en unos meses sería madre, después de mucho intentos. La noticia me llenó de gusto pero también un poco de celos, siempre la había visto como mi segunda madre, y ahora ella tendría un hijo real que me reemplazaría.

Con Lu, la hermana que había dejado en casa, las cosas empezaron a ir mal también. La directora de la prepa, hermana de Alejandro, y la subdirectora, aun esposa de Alejandro, le estaban haciendo la vida imposible. La escuela entera se había enterado de su relación y la veían como la otra, como la roba maridos, como la rompe hogares. Mis padres ya también se habían enterado de que en aquella ocasión mi hermano no mentía, si era cierto eso de que los habían visto románticos en un parque. La armonía en mi casa se rompió, los papales de nuevo se invertían, ella volvía a hacer la oveja negra y yo el buen ejemplo, el bien portado, el que nunca se rinde y sigue luchando.

Le dije a Lu que se fuera a san Cristóbal conmigo, me dijo que no quería que le pasara lo mismo que a mí en la escuela, que no se pudiera hacer el cambio y perdiera un año. Le aseguré que eso no pasaría, incapaz de confesarle la razón por la cual estaba yo tan seguro, incapaz de decirle que fui yo el que dejó de ir a la escuela, incapaz de aceptarme frente a ella como lo que era, un fraude. Total que la convencí, para el próximo semestre se iba a ir conmigo. Al menos ya no estaría solo, al menos ya tendría con quien hablar. Esperaba que con su llegada las cosas cambiaran, que me asentara, que su presencia fuera un aliciente que me obligara a volver a buscar trabajo, para retomar lo de la prepa abierta.

Fui muy egoísta pero ya no sabía qué hacer,  necesitaba aferrarme a algo o alguien, ya estaba cansado de que las cosas cambiaban y yo seguía sintiéndome igual, sin rumbo, sin motivo. 

Estaba ya muy desesperado, y estaba ya cansado de estar desesperado.

martes, junio 08, 2021

ESO LE PASA A LOS MATA GATOS

Desde que mi hermana lo llevó a la casa para presentarlo con mis papás y decirles que se iban a casar, el tipo nunca me cayó bien, en buena parte influenciado por lo que mis papás decían de él. No había ni terminado la carrera, de hecho ya no la estaba estudiando. Su pasión, según decía, eran las ventas. Para él las ventas consistían en ir al DF por un poco de fayuca y venderla entre sus conocidos. Aparte era muy meloso, siempre andaba abrazando, hablando con diminutivos, a nosotros que somos secos como cactus, eso nos sacaba de onda. A mi de vez en cuando me llevaba un regalo, y por eso lo toleraba. Hasta el día en que murió mi gato, Chester.

Mi hermana y él habían ido a la casa a pasar con nosotros las navidades. Esa noche iríamos a casa de mi abuela a saludar y a dar el tradicional abrazo navideño a tíos, primos y abuelos. El no quiso ir por lo que se quedó solo en casa. Antes de irnos estuve buscando a mi gato sin éxito. Era aún un cachorro y por las noches lo encerraba para que no se escapara y lo envenenaran, como lo habían hecho ya con tantos otros. 

Al volver de casa de la abuela seguí en la búsqueda de mi gato, al ver mi angustia mi papá y mis hermanas se unieron a la búsqueda; hasta que mi papá lo encontró en la pila del agua, ahogado, flotando. Lloré, lloré y lloré. Para mi ése no era un gato más, r
ecién había visto por primera vez el especial de navidad de Garfield, mi dibujo animado favorito, por la TV; había llorado con Chester en mi regazo en la parte donde la abuela llora recordando al abuelo ya fallecido, con Garfield en su regazo.

A la mañana siguiente, mi tristeza por la muerte de mi gato era el tema en el desayuno. Al escucharlo mi cuñado comentó “Ah! Con razón escuché un golpe en la ventana, yo creo quiso entrar y al estar la ventana cerrada se cayó al agua”. Había sido un desafortunado accidente, era un consuelo pensar que al menos a éste no me lo habían envenenado. Ya me había tocado ver cómo morían cuando los envenenaban, llegaban a la casa maullando, casi gritando pidiendo ayuda, echando espuma por la boca, chocaban contra las paredes, contra los muebles, yo los tenía que encerrar pues con la desesperación se ponían agresivos, los ponía abajo de una caja y me quedaba con ellos, llorando hasta que finalmente dejaban de maullar. Al menos éste quería pensar que no sufrió.

El fulano debió de haberse callado hasta ahí, pero siguió: “Creo que después escuché el chapoteo en el agua y los maullidos, pero no me imaginé que fuera aquí”. ¿No se lo imaginó? si escuchó el ruido ¿Le costaba mucho levantarse y ver qué era? Si lo hubiera hecho podía haberlo salvado y ahora estaría jugando con él, no pensando en donde lo iba a enterrar.

Mi hermana se dio cuenta de lo que su impertinente marido acababa de decir y volteó a verlo con cara de ¡ya cállate!, mientras yo lo volteaba a ver con mirada fulminante.Él supongo que interpretó las miradas y me abrazó diciendo que lo sentía, yo me solté y le dije que no quería volver a verlo. Para mi él había dejado morir a mi gato, era lo mismo que si lo hubiera matado. Durante los días restantes que estuvieron en la casa de vacaciones no volví a dirigirle la palabra, por mucho que hizo para congratularse conmigo, hasta sugerir que me iba a comprar otro gato, WTF! no respetaba ni mi duelo. Esa había sido la última vez que lo había visto, hasta ahora que lo tenía frente a mí.

Le dije que mi hermana no estaba, que yo me hacía cargo de mi sobrino. Me dijo que la iba a esperar. Ese día él fue por mi sobrino a la escuela y al regresar me dijo que ya mi sobrino le había platicado como estaban las cosas. Me dijo que ahora las cosas iban a cambiar, que ya no íbamos a estar solos, que iba a hablar con mi hermana para decirle que iba a quedarse. Me platicó de todos los planes que tenía, que iba a retomar sus estudios para terminar la carrera, que hasta podía ayudarme a mi con la escuela, me dijo lo bien que nos íbamos a llevar ahora que viviríamos juntos. 

El fin de semana llegó mi hermana y si mi sorpresa fue mucha, la suya fue mayúscula al abrir la puerta y encontrarse con el fulano sentado en la sala. Se fueron al cuarto a hablar, después salieron y se fueron juntos a la calle. Por sus caras noté que algo no estaba bien, él iba muy sonriente y ella se veía incómoda, yo no creía que mi hermana dejara que él se quedara, pero el que existiera una mínima posibilidad me inquietaba. Al volver la expresión de mi cuñado había cambiado. Siempre no se iba a quedar. Recogió las pocas cosas que aún había de él en la casa, incluyendo una chamarra blanca que me gustaba mucho y ya me había adueñado. Le dijo a mi sobrino que tenía que irse otra vez, que iba a llamarle y estar al pendiente de él, lo abrazó. Mi sobrino como respuesta, y sin inmutarse,  le dijo a mi hermana que si podía salir a jugar. Se despidió después de mí  y así salió de nuestras vidas, esta vez para siempre.

Días después me enteré por mi sobrino que su mamá le dijo que se iban a divorciar y que su papá ya se había ido a Monterrey. Recordé la muerte de mi gato, Chester, cuando le dije que no quería volver a verlo, y pensé que mi deseo se estaba cumpliendo, seguramente al menos yo no volvería a verlo. 

No pude evitar acordarme de mi vecino, el mismo vecino al que, como ya conté, espiaba mientras se bañaba; ese mismo al que ya le tenía tanto rencor pues había descubierto que era él quien envenenaba a mis gatos.

Se acababa de comprar una moto, y todas las mañanas el ruido que hacía con su moto al salir me despertaba. Esa mañana de domingo yo planeaba dormir hasta darte pero el escándalo de su moto me despertó. "Ojalá se mate en esa moto, así ya me va a dejar dormir y ya no me va a matar a mis gatos", pensé aun entre sueños. Por la tarde se escucharon patrullas. Mi hermana, que estaba en casa del vecino pues su hija es a la fecha una de sus mejores amigas, llegó pálida. Las patrullas eran de los policías que habían ido a decirles que mi vecino había tenido un accidente en la moto, estaba muerto. Al parecer el accidente había estado feo y necesitaban que fueran a identificar los restos.

La sangre abandonó mi cuerpo, impresionado y asustado trataba de pensar que aquello no podía ser mi culpa, yo no había deseado su muerte de corazón. No era la primera vez que, impulsado por el enojo del momento, le había aplicado a alguien el “ojala te mueras” y nunca había pasado nada. Trataba de convencerme de que aquello había sido un accidente, él iba borracho, yo no podía haberlo provocado, no tenía nada que ver conmigo. Aun así no podía evitar el sentirme culpable.

Estábamos en la calle como casi todos los vecinos, impactados con la noticia; cuando extrañado vi que del terreno baldío de enfrente, salía de entre los matorrales un gato, incrédulo me acerqué a él, lo llamé por su nombre y constaté que ese era mi gato. Un gato al que ya hacía semanas había dado por muerto, un gato al que yo había asumido mi vecino también había envenenado. Al verlo mi mamá incrédula confesó que ella le había pedido a mi papá se llevara a perder a ese gato pues ya no querían que yo lo tuviera, curiosamente el gato había encontrado el camino de regreso a casa. No quería pensar que aquello era una señal, un mensaje del universo, no quería pensar que yo había estado culpando a mi vecino de algo que no siempre había hecho.

Esa noche, vi por primera vez en la TV una película que con el tiempo se convirtió en una de mis favoritas, principalmente por la canción con la que cierran los créditos finales, “Nothing’s gonna stop us now”. Después de verla y de que me distrajo de mis pensamientos momentáneamente, intenté dormir, sin conseguirlo. Cerraba los ojos e inmediatamente pensaba en mi vecino, me preguntaba si esa mañana yo no hubiera deseado lo que deseé, aun estaría vivo. Le pedí perdón a Dios, arrepentido y entre lágrimas, juré nunca más desearle eso a nadie. Sólo así pude dormir.

Con el tiempo me olvidé de ese incidente, o lo ignoré pretendiendo que nunca había pasado, como hacía con todo lo que me inquietaba. Para este momento ya lo había superado, ya había dejado de sentir culpa, el desamor me había vuelto lo suficientemente cínico como para creer que tenía el poder de causarle la muerte a alguien con el pensamiento, ojalá lo tuviera, pensaba. 

Pero ese día que casualmente se me estaba cumpliendo el deseo de no volver a ver a mi cuñado, pensé que aquello tampoco había sido mi culpa, no me sentí mal al ver lo ilusionado que llegó y lo triste que se fue, eso le pasa a los mata gatos, pensé.

lunes, junio 07, 2021

CUÑADO INCÓMODO

Lo de inventar historias, desde entonces, no era un problema para mí, había vivido tanto tiempo jugando a no ser yo, ya tenía experiencia. Fui a la escuela por mis papeles, hice mi registro en la prepa abierta y compré mis primeros dos libros, había que probar primero con dos. A mis padres les dije que el cambio de escuela no se había podido hacer, que por algún error los papeles no los habían mandado a tiempo, que tenía que esperarme un año para volver a inscribirme.

Su cara de decepción y frustración de nuevo se llenó de orgullo cuando les dije que ya tenía la solución, les platiqué lo de la prepa abierta y lo de conseguir trabajo. Me dijeron que mientras siguiera así de animado estaba bien, ya no querían verme triste y llorón como lo estaba ahí. Ellos por su parte habían empezado un negocio, mi padre puso una tienda donde vendía frutas y verduras, mi madre iba a vender pollos, me dijeron que si el negocio prosperaba podía contar con ellos. Me sentía una cucaracha, pero nada que no hubiera sentido antes. 

A mi hermana le dio igual, hasta le convino el cambio. Por las mañanas saldría a buscar trabajo y estudiaría, por las tardes cuidaría al sobrino, ahora si todo los días; ya no tendría que llevárselo al trabajo, para que yo fuera a hacer trabajos en equipo.

Mi optimismo duró poco, compraba el periódico pero los anuncios eran escasos, escuchaba la radio para ver si salía algo, nada. Fui a algunas entrevistas pero me rechazaban por mi edad, y por no haber terminado la prepa. En la escuela hice los primeros exámenes, los pasé. Compré ahora cuatro libros. Uno de ellos de inglés. No entendía nada, literalmente. Me temía que para estos si iba a necesitar ayuda. Fui a la asesoría, no explicaban nada sólo contestaban las dudas que uno tenía, ¿Cómo decirles que mi duda era el libro entero?  Fui a hacer dos de esos exámenes, me fue tan mal que no volví ni por los resultados.

En ese tiempo empezaron a mandar a mi hermana con más frecuencia a viajes de trabajo, volvía una o dos veces a la semana sólo a dormir y a dejar un poco de dinero. Ahora tenía que llevar a mi sobrino temprano a la escuela, recogerlo y en el intervalo hacernos de comer, limpiar la casa, ir al mercado y todo lo demás. Dejé la búsqueda de trabajo a un lado e hice del trabajo de “amo de casa” mi actividad de tiempo completo. 

Un día tocaron a la puerta y para mi sorpresa era el papá de mi sobrino, el cuñado incómodo.

EMPEZAR DE CERO

Al finalizar las vacaciones de verano nos fuimos a San Cristóbal. Antes acompañé a mi hermana, Lola, en un viaje de trabajo que tenía que hacer, en el cual se llevó a mi sobrino; supongo que quería probar mi desempeño como niñero. Entonces mi sobrino tenía 6 años y apenas iba a entrar a la primaria. Como niño con padre ausente, y madre barco, a veces podía ser berrinchudo, caprichoso, exasperante. Un desafío para la poca paciencia que en esos días andaba manejando.

La casa era pequeña, sólo tenía dos recámaras, por lo que tendría que compartir una de las recámaras con mi sobrino. La recámara estaba llena de cosas de mi sobrino y algunas de su papá, me dijo que hacía mucho que no lo veía, se me hizo extraño que las cosas de su papá estuvieran en su recámara y no en la de  mi hermana pero no pregunté. Como no me llevé casi nada, no hubo problema por el espacio. La escuela estaba un poco retirada, tenía que tomar dos combis para llegar. De nuevo tenía que levantarme a las cinco de la mañana y con un frío que calaba hasta los huesos. A la prepa iba por las mañanas y al salir pasaba por mi sobrino al trabajo de mi hermana, donde lo dejaba el transporte. Por las tardes Lola regresaba al trabajo y yo me quedaba con el chamaco a vigilar que hiciera la tarea, y no quemara la casa.

Al principio todo iba bien, hasta que la escuela empezó a complicarse. Al venir de una escuela privada y de un grupo reducido donde recibía atención personalizada; resentí un poco el cambio. Nos dejaban demasiada tarea, para compensar que en clase hacíamos prácticamente nada y que diariamente teníamos varias horas libres por ausencia de maestros. Los compañeros también eran diferentes, en la otra escuela éramos 3 hombres y el resto mujeres, aquí eran mucho más los hombres. Hombres que hablaban de viejas, de fiestas y de alcohol. A menudo nos dejaban trabajos en equipo o investigaciones para hacer en la biblioteca. Para ello teníamos que reunirnos por las tardes. Con mi ocupación de niñero eso se complicaba, no podía dejar sólo al sobrino en la casa, algunas ocasiones Lola se lo llevaba al trabajo, pero no podía ser diario. Se suponía que la condición de irme a vivir con ella, era que lo iba a cuidar.

El otro tema era el dinero, para los trabajos en equipo había que comprar material, en la escuela pedían cuotas para todo. Mi hermana me daba para los pasajes pero no era suficiente. Sobre todo cuando generalmente después de terminar de “estudiar” por las tardes; los compañeros sugerían comprar una botellita de bacardí, un litro de jugo de naranja, una cajetilla de cigarros e ir a platicar a la iglesia del cerrito. Como estaba tratando de encajar ni modo de cortarme; lo malo es que pedían cooperación, al principio me invitaban, después ya tenía que caerle. Temeroso de que en este ambiente relajado me volviera a pasar lo mismo que en la otra prepa, y notaran mis “desviaciones”, me acerqué a una niña, Elena, que desde los primero días me habló. Empezaron con las bromas que quería conmigo y tal. Curiosamente la niña vivía cerca de la casa, para no levantar sospechas empecé a irme con ella a la salida y a pasar por ella en las mañanas. A ella le dije que había dejado una novia en mi pueblo, por lo que debía tenerme paciencia.

Al finalizar el primer parcial obtuve buenas calificaciones, aún así el cambio no estaba siendo como me lo imaginaba. Me sentía muy sólo, añoraba tantas cosas de casa, extrañaba a mi hermana, a mis compañeros de la escuela, a mis papás, extrañaba exageradamente a otra persona, con todo y las horas que pasaba viendo su foto. Con mi hermana teníamos cero comunicación, casi todo los días comíamos juntos pero nunca me preguntaba de la escuela, de cómo me sentía, de nada. Los fines de semana ella se encerraba en su cuarto a ver TV, mi sobrino se la pasaba en la calle jugando con los vecinos, y yo escuchando música en el cuarto o viendo TV en la sala, así no me había imaginado las cosas.

A los pocos meses mis padres volvieron. Todo había salido bien con la operación, mi padre sólo tenía que volver después de unos meses a revisión. Mi hermana los invitó y ellos fueron a visitarnos. Ante ellos tuve que disimular que todo estaba bien, por dentro quería decirles que ya me había arrepentido y quería volver. No podía hacerlo, no podía darme el lujo de romper mi juramento, sobre todo cuando ellos se veían tan orgullosos, tan aliviados de ver lo bien que estaba llevando el cambio.

Empezó a apoderarse de mi la desesperación, la angustia, la ansiedad. Quería que el tiempo pasara rápido, quería ya terminar la prepa y empezar a trabajar, a ganarme mi propio dinero. Quería comprarme ropa, zapatos, quería un Walkman nuevo, quería casetes originales no esos piratas o re-grabados que había comprado siempre, quería ya ser adulto; inocente de mí creía que algo iba a resolver el ya ser un adulto.

Para el desfile del 20 de noviembre nos pidieron dinero para comprar una playera, yo no tenía. Mis padres estaban ahí pero cómo iba a pedirles dinero con todo lo que habían gastado en el viaje y la operación. Mi hermana estaba ahí pero no le tenía la confianza suficiente para pedirle. Dejé pasar los días hasta que nos dieron un ultimátum, en el desfile todos íbamos a participar y todos debíamos comprar la playera, el día siguiente era el último para llevar el dinero, si no lo llevábamos no nos iban a dejar entrar.

Al día siguiente no me presenté en la escuela. Como mis padres seguían en la casa no podía quedarme ahí. Me salí a dar una vuelta al centro, a caminar, a sentarme en los parques. Volví hasta la hora en que llegaba regularmente de la escuela. Hice lo mismo todo el tiempo que ellos estuvieron en la casa, curiosamente empecé a salir temprano de clases y a entrar más tarde, afortunadamente eso no les pareció extraño.

Pretextando que había exentado algunas materias, me regresé con ellos poco antes de las vacaciones de fin de año. Todo ese tiempo le estuve dando vueltas al asunto. A estas alturas ya no podía volver a la escuela, habían pasado ya semanas sin ir a clases. A ellos no podía decirles que había dejado la escuela, me iban a poner a trabajar, me iban a ver como un fracasado, otra vez.

Las vacaciones se acabaron y volví a San Cristóbal, aun sin saber que hacer. Como mi sobrino se iba a la escuela y Lola a su trabajo ya no tenía que salir de casa, me quedaba encerrado en el cuarto hasta que se iban. Varias veces mi hermana estuvo a punto de descubrirme al volver inesperadamente en el transcurso de la mañana. Al escuchar el carro estacionarse corría al cuarto a encerrarme, suplicando que no se le ocurriera entrar y me encontrara ahí. A la hora de salida sólo iba por mi sobrino, como si fuera de la escuela.

Pensando en lo que iba a hacer se me ocurrió comprar el periódico, había visto en las telenovelas que la gente buscaba trabajo en el periódico, y si me iban a poner a trabajar, sería en algo que me gustara, no soportando a mi hermano. Al fin que ya tenía un certificado de capturista de datos y cuatro semestres de la carrera técnica de Contador Privado, eso de algo me iba a servir. 

Un día en el periódico vi un anuncio de algo llamado “prepa abierta”, estudia sin dejar de trabajar, decía. Fui a la oficina cuya dirección venía ahí a pedir informes. Consistía en que tenía que ir a asesorías los sábados o domingos  y presentar exámenes cada dos meses, el tipo que me dio informes me lo planteó muy bonito, me dijo que podía tomar las materias que quisiera, que el mínimo eran dos, y que algunos sólo compraban los libros y con leerlos hacían los exámenes, ni siquiera era necesario ir a las asesorías. 

Había encontrado la solución, podía hacer eso y de paso conseguir trabajo, con mis capacidades quizá hasta terminaba la prepa en menos tiempo. Asunto arreglado, el problema ahora era cómo se lo iba a decir a mis papás, qué les iba a inventar para no reconocer ante ellos que no pude con el cambio, que me acobardé, que fracasé, que necesitaba, de nuevo, una oportunidad, otra oportunidad para empezar de cero.

jueves, junio 03, 2021

ASÍ FUE NUESTRA HISTORIA, ASÍ FUE NUESTRO AMOR

El cuarto semestre fue una locura, yo estaba en clases ausente, distraído, distrayendo a mis compañeros. Me la pasaba dibujando “S” en mis libros, en mis cuadernos, en mi butaca, en mi piel. Mi grupo se volvió el malo de la escuela. Hicimos una bolita de amigos con los que nos íbamos de pinta, retábamos a los maestros, hicimos llorar y renunciar a nuestra maestra de inglés al burlarnos de su pronunciación, hicimos que corrieran a otro maestro que sólo iba a ponernos a leer y no nos enseñaba nada.

El colmo fue cuando le sugerí a nuestro maestro de administración que para pasar su materia nos dejara crear una empresa. Conseguimos el local, lo rentamos, buscamos el patrocinio de una refresquera y montamos una cafetería, todo esto a espaldas de nuestros padres.

Los padres se enteraron y la directora tuvo que hablar conmigo, y con mi papá. De nuevo fui una vergüenza, esta vez no por mis calificaciones, sino por mi rebeldía. Ya no sabían qué hacer conmigo, o le bajaba o tendrían que expulsarme, con todo y que seguía siendo el más brillante alumno de la escuela.

En casa me la pasaba encerrado en mí cuarto, con los audífonos de mí walkman puestos, escuchando música. No comía, no hablaba, sólo lloraba. Pasé de las canciones de amor, de las canciones de relaciones prohibidas, a canciones de desamor, de despecho, de amargura, las cantaba, las escribía, las rezaba. Mi madre al ver mi estado se acercó a mí con preocupación, me preguntó qué me pasaba, qué estaba mal. Yo, al no ser capaz de sincerarme con ella, le decía entre sollozos que quería irme de ahí, muy lejos de ahí.

Nuestro maestro de Ciencias Sociales nos organizó un viaje a San Cristóbal, quería que conociéramos la cultura de la ciudad, los museos, la arquitectura, eso si me hizo ilusión. El viaje estuvo increíble, ahí vivía mi hermana, la del carro con el que Sergio había tratado de enseñarme a manejar, y casualmente nos la encontramos en el jardín principal. No sé si me gustó la ciudad o el hecho de estar lejos de casa, pero de pronto me imaginé viviendo ahí.

En ese viaje volví con mi ex novia, no se me había despegado desde que volvimos a ser amigos. Por la noche me llevó serenata a la ventana del cuarto donde nos hospedamos,  y me regaló una rosa. Para mí la vida amorosa sin Sergio ya no tenía sentido, me había jurado jamás volverme a enamorar, no quería volver a ilusionarme, no quería volver a sufrir. Ella me estaba ofreciendo la atención, la compañía, el interés que tanto necesitaba en ese momento, yo se lo acepté.

A Sergio lo seguía viendo pero ya no lo buscaba como antes, ya no me ilusionaba como antes. Con el tiempo  había vuelto a ser el mismo conmigo, me volvió a sonreír, me volvió a ver. Volvieron las bromas con que “ya no lo quería” o “ya no me gustaba” cuando pasaban días sin vernos; volvió a tocar mí pierna, volvió a abrazarme pero ya no me lo creía, ya no me ilusionaba, sólo me dolía. Un día se subió un chavo a la combi y Sergio lo saludó muy efusivamente, por la conversación deduje que él no vivía ahí, iba de visita del DF. Quedaron en verse para tomarse unas chelas y yo pensé, quizá si me voy lejos, quizá si sólo vengo de visita, él me saludará de esa forma tan efusiva, y querrá tomarse unas chelas conmigo.

Un día al llegar a casa mi hermana y yo, nos dieron una noticia que nos sacudió. A mi padre le había salido una especie de barro cerca del ojo, el barro crecía y crecía por lo que había ido al hospital a que lo revisaran, le habían dicho que tenían que hacerle estudios pues podía ser cáncer, los estudios se los programaron para seis meses después.

Habían hablado con mis hermanas en Morelia y ya habían decidido que él y mi mamá se irían para que le hicieran allá los estudios, no sabían cuándo iban a regresar, no sabían qué iba a pasar. Para que mi hermana y yo no nos quedáramos solos, le habían pedido a mi hermano y a su esposa que se fueran a vivir a la casa con nosotros. Demasiado para asimilar en tan poco tiempo.

A los pocos días nos dieron la noticia de que los estudios salieron positivos y había que operar. Me dijeron que lo que le preocupaba a mi papá era yo, era mi comportamiento, era que aún me estaban pagando la escuela, mi hermana tenía su trabajo de costura y bien que mal podía sacar de ahí para pagar su colegiatura, la oveja descarriada ahora era yo, de nuevo era yo. Lo decidí, ahora sí tenía que irme de ahí.

Me imaginaba dejando la escuela y teniendo que volver a trabajar, me imaginaba el mismo futuro que el de mi hermano, trabajando en la refaccionaria de la tía, casado con quien fuera para que mis papás estuvieran tranquilos. Me adelanté y les dije que quería irme a San Cristóbal a vivir con mi hermana. Ella vivía allá sola con mi sobrino, yo podía cuidarlo por las tardes e ir a la escuela por las mañana. No estaban convencidos, no habían tenido buenas experiencias conmigo en una escuela pública. Para convencerlos de mi seriedad y madurez, me fui sólo a San Cristóbal e investigué lo que había que hacer para el cambio de escuela.

Con la información completa y con la aceptación de la hermana con la que iba a vivir, estuvieron de acuerdo. Ese el cuarto semestre sería el último en esa escuela, en esa ciudad.
Le di la noticia a mi hermana, no lo tomó muy bien, la dejaría sola pero no había alternativa, al menos ella aún tenía a Alejandro. Mis compañeros en la escuela tampoco lo tomaron muy bien, y mi novia, bueno a mi novia le consolaba que termináramos porque me iba de la ciudad, no porque hubiera otra mujer…

Ya con todo resuelto sólo me faltaba decirle a Sergio, primero pensé en no despedirme. Pensé en que sólo dejara de verme y que al aparecer de nuevo, al verme después de tanto tiempo, se diera cuenta de lo mucho que me había extrañado. Yo, para no extrañarlo quería llevarme algo de él, quería algo para que no me ganara la desesperación y al necesitar verlo me pasara lo que le pasó a mi hermano y volviera a lo cómodo, a lo conocido. No quería arriesgarme a que me pasara lo que juré jamás me pasaría, volver después de ya haberme ido. Quería una foto suya.

Cuando recién nos conocimos ya había intentado obtener una foto suya, sólo que con mi Kodad 110 y tomando las fotos desde la ventana de mi casa, mientras él pasaba en su combi; lo único que obtuve fue un rollo desperdiciado con fotos borrosas y movidas.

Esta vez pensaba tomarle la foto estando a su lado, de contrabando obviamente. Lo preparé todo para un domingo por la tarde, el momento en que el pasaje era escaso y había más probabilidades de que todo el recorrido fuéramos solos. Lo esperé en el lugar de siempre, llegó y si, nadie mas que yo se subió. Me sorprendió que ya se había dado cuenta de la ausencia de mis padres y del regreso de mi hermano a la casa, así que le conté todo, también lo de mi cambio de escuela y ciudad.

Se mostró solidario con lo de mi papá. Yo ya iba con la cámara en mano esperando el momento exacto, el momento en que se distrajera para disparar. El vio la cámara y me dijo, con su típica sonrisa burlona, que si eso era para tomarle una foto para llevármela de recuerdo. Me tomó por sorpresa, me sonrojé y me reí con él. Resultó que hablaba en serio, al pasar por una calle solitaria se detuvo, me dijo si quería tomarle una foto, incrédulo y nervioso le dije que sí.

Se bajó y posó para mí al lado de su combi, no lo podía creer! tendría mi foto. Salió mejor de lo que esperaba, mejor de lo que podría haber imaginado.

Después de ese día lo vi algunas otras veces al ir de visita de San Cristóbal. Ninguna de esas veces me saludó con la efusividad que esperaba, ninguna de esas veces me invitó a echarnos unas chelas. Un día, cuando estando en San Cristóbal decidí irme a Morelia, me despedí definitivamente de él. Le escribí una carta donde le mandaba la foto que le tomé y un dije de un trébol de plata que siempre que me veía me decía que le gustaba, ese dije que él tocaba y al bajar yo la cabeza, acariciaba mi barbilla jugando. Esa era mi forma de demostrarle, y demostrarme, que esta vez el adiós iba en serio.

Le escribí que me iba más lejos y que probablemente nunca volveríamos a vernos, le desee lo mejor para su vida y le prometí que, aunque no me correspondiera, yo nunca iba a olvidarle, nunca iba a dejar de amarlo. Después de enviarle esa carta no lo volví a buscar, esta vez no supe si leyó la carta, esta vez no esperaba una respuesta.

De las promesas que le hice la de nunca olvidarle si se la cumplí. Durante meses pasé noches escuchando a Los Bukis, mientras las lágrimas de añoranza por lo que no fue rodaban por mi mejilla. Por más enamoramientos que tuve, por más ilusionado que me encontré, esa “S” siguió grabada en mi memoria; como un día lo estuvo en mis cuadernos, en mis libros, en mi piel. De la promesa de nunca dejar de amarlo, de esa si me olvidé con el tiempo.

Aunque después de ese domingo todavía lo vi en otras ocasiones, ese día fue especial, fue el más especial. Ese momento, ofreciéndose a que le tomara una foto para recordarlo, fue mi final de telenovela, ese fue el cierre perfecto para nuestra historia; porque me gusta pensar que tuvimos una historia, y que, así fue nuestra historia, así fue nuestro amor.



P.D. Le devolví la foto, pero no el negativo… :P

miércoles, junio 02, 2021

LO UNICO QUE NUNCA CAMBIA, ES QUE TODO CAMBIA

Ahí estaba yo, de nuevo junto a él. Con la garganta seca, casi temblando de nervios. Lo vi mas guapo que nunca, después de tantos días sin verlo; olía más rico que nunca, sus ojos brillaban más lindos que nunca, pero estaba tan serio. El saludo inicial no fue el de siempre, lo entendía pero no me gustaba.

Después de las preguntas de rutina, ¿Cómo estás? ¿Qué has hecho? y del silencio incómodo, vino el tan temido “Leí lo que me diste”. Aunque ya casi me había resignado a que lo que iba a escuchar no era lo que esperaba, tenía la ligera esperanza de que el resultado fuese otro, pero no lo fue. En pocas palabras me dijo que “Él no le hacía a eso” que si tenía una amiguita se la podía presentar, o a mi hermana (pendejo), pero que conmigo nada. Quería decirle pues chinga tu madre, estuvieras tan bueno,  ojalá te mueras, quería odiarlo.

No pude hablar. Sentía que tenía el corazón atorado en la garganta, que si intentaba decir algo me iba a explotar, que la sangre se iba a volver agua y se iba a desbordar por mis ojos. En eso alguien hizo la parada, se me hizo conocido. Era un tipo que había trabajado unos días conmigo en la refaccionaria, lo habían corrido pues era demasiado confianzudo, demasiado relajado, esa fue la versión oficial. Lo cierto es que mi tía lo corrió a petición de mi primo, y mi primo pidió que lo corrieran pues le andaba haciendo la ronda a una chava que trabajaba con nosotros y era su amante. A mí el tipo nunca me simpatizó por llevado.

Maldita sea! Porqué encontrármelo aquí, porqué encontrármelo ahora. Se subió y saludó a Sergio, después a mí, le dijo a Sergio que trabajamos juntos, si me recordaba. Me preguntó por mi tía, la “pinche vieja” que lo había corrido; por la compañera causante de su despido, “la que tenía unas tetotas”…; platicamos de que yo ya no trabajaba ahí, bla, bla, bla, seguía igual de llevado.

A las pocas cuadras se bajó, se despidió de mí y de Sergio: “Sale carnal, te veo al rato en tu cantón”. Le pregunté a Sergio de donde lo conocía, me dijo que era su hermano. El mundo es un pañuelo. De haberlo sabido antes, habría hecho lo posible por ganarme al cuñado; de haberlo sabido antes, habría fantaseado en cómo se iban a apellidar nuestros hijos, ahora estaba ahí, enfrentándome al hecho de que no habría hijos.

No pude dejar de imaginármelos después, en su casa hablando de mí. Lo imaginé diciéndole a su hermano “Como ves que este putito me dio esta carta”. Imaginé la misma escena con su esposa. Lo Imaginé entregando esa carta a mis papás, a mis compañeros en la escuela, pegándola en la combi para que todos los que se subieran la leyeran ¿Qué hice? No me convenía odiarlo, no me convenía que todo quedara mal entre nosotros.

Antes de llegar a la casa estuvimos de acuerdo en que lo de la carta se iba a quedar en la carta, estábamos claros en que yo no podía esperar nada de él, no volvería a sacar el tema. Tan “amigos” como siempre.

Me dolió. Quizá todo fue una fantasía, quizá todo me lo imaginé, quizá todo fue un invento de mi cabeza, quizá el amor que creía tenerle no era real, pero el dolor que sentía en ese momento, ese sí que era real.

Lo lloré, mucho. Se me esfumó el futuro, se me acabaron los planes, se murieron mis ilusiones. La escuela ya no tenía sentido, salir a la calle ya no tenía caso, verme por las tardes con mis amigas ya no me hacía ilusión. Mi vida la había trazado a su alrededor, él era mi centro, al saber con certeza que a él no le interesaba ser mi centro, a mí ya no me interesaba mi vida.

Dejé de poner atención en la escuela, empecé a dejar de ir a algunas clases, me volví rebelde, retaba a cualquier figura de autoridad que tuviera cerca, mis maestros, mis papás, la directora de la escuela. Empecé a fumar, quería hacer algo malo, todo lo malo. Algunos maestros se acercaron, me preguntaban si tenía problemas, me decían que podía hablar con ellos; yo no quería hablar, quería morirme o que todos se murieran.

Mi ex novia se acercó de nuevo a mí, al ver mi cambio, al ver lo mal que estaba supuso que mi romance con la otra se había terminado, me ofreció de nuevo su amistad, su apoyo.

Después de ser un ejemplo me volví una mala influencia. De mi aprovechamiento no tenían queja, a pesar de mis distracciones, mis fantasías, mis castillos en el aire,mi promedio no bajaba. Al finalizar el tercer semestre aparecieron uno que otro ocho en mi boleta pero nada para preocuparse. El problema era mi comportamiento, mi actitud. El otro problema era que mis compañeros me seguían viendo como ejemplo e imitaban mi comportamiento, me volví el líder del grupo.

Por esas fechas se casó mi hermano, yo no quería ir a la boda, me obligaron. Mis padres querían que nosotros hiciéramos las pases, que todo volviera a ser como antes, para mi ya nada podía ser como antes.

Ese invierno, el de 1995, hasta el clima cambió, fue particularmente frío, gris, lluvioso. Parecía que se estaba adaptando a mi estado de ánimo, a mi forma de ver la vida. Ya ni el verlo a él le daba alegría a mis días.

Todo cambió, dejando claro que lo único que nunca cambia, es que todo cambia.

martes, junio 01, 2021

CARTAS MARCADAS

Esa tarde Alejandro fue de visita a la casa, quería saber cómo me había ido y cómo me encontraba después de lo que platicamos. Desde ese día sus visitas se hicieron frecuentes, nació una amistad, conmigo y con mi hermana. Para mí fue como encontrar al hermano que siempre necesité, que siempre quise, que siempre tuve, sólo que el que tenía nunca estuvo ahí para mí.

La relación con mi hermana empezó a mejorar, en gran parte gracias a Alejandro. Poco a poco volvimos a ser aquellos cómplices de travesuras que fuimos en la infancia. Esos compañeros de abandono cuando mis padres nos dejaron solos en casa. Esos que todos los sábados veían las películas de capulina, mientras comíamos los tacos dorados con repollo y guacamole tan ricos que ella preparaba. Esos que veían juntos las telenovelas que, por las mañanas repetían en la “Súper Cadena", mientras desayunaban en la cama de mi hermano, antes de que yo me fuera a la secundaria y ella a su curso de corte y confección. Esos que, influenciados y apadrinados por una vecina, bautizábamos a nuestros gatos para que ya no los envenenaran. Esos que se peleaban los sábados por la mañana pues, mientras yo quería ver "Los caballeros del zodiaco", ella escuchar a los temerarios a todo volumen mientras trapeaba. La extrañaba tanto, nos extrañábamos tanto. Que bien se sintió recuperarla.

Una tarde mi hermano, que afortunadamente ya se había ido a vivir por su cuenta, llego a la casa indignado. Yo estaba en mi cuarto pero hasta allá escuché la discusión. Les dijo a mis papás que alguien le había dicho que habían visto a mi hermana con Alejandro en la banca de un parque abrazados, en situación romántica. Mi hermana obviamente lo negó, yo le creí a ella. Sin embargo la duda se me quedó sembrada. Un día entré a su cuarto y entre sus cosas encontré unas cartas, unas cartas que le escribió Alejandro, unas cartas que le daban la razón a mi hermano. No supe que pensar, me sentía traicionado, pero no le dije nada.

A los pocos días encaré a Alejandro, le dije que ya lo sabía todo (no puedo negar mi influencia telenovelesca) y aunque al principio lo negó, no le quedó más que reconocerlo. Me dijo que él desde un inicio había querido decírmelo pero que mi hermana se lo prohibió, que le daba pena conmigo, que no quería que la juzgara. Yo, con mi herido orgullo, no escuché razones; mi confianza había sido traicionada, nada más importaba.

Alejandro seguía yendo de visita a la casa, ambos le negaron a mis padres la versión que les dio mi hermano y mis padres les creyeron, yo me quedé callado; sin embargo por unos días me negué a verlo. Me sentía decepcionado, creía que él sólo me había utilizado para acercarse a mi hermana, y que yo sólo les servía de cómplice, de tapadera. No se las iba a poner fácil, si querían seguirse viendo yo no los iba a solapar.

Con el pasar de los días empecé a reflexionar y a pensar bien las cosas, los extrañaba. Hacía poco que empezaba a recuperar a mi hermana y ya la estaba perdiendo otra vez, además ¿Quién era yo para juzgar?, o para reclamar por guardar secretos, si yo estaba haciendo lo mismo. 

Un día Alejandro me entregó una carta. Era una extensa carta donde me explicaba sus razones, me pedía perdón, me decía que amaba a mi hermana pero que también me quería a mí, que mi hermana ya sabía que yo sabía y le había pedido que se alejara, y que para él lo importante era que nosotros estuviéramos bien, así que si yo le pedía que dejara de ver a mi hermana, y a mí, lo iba a hacer.

Supo muy bien que decirme, me ganó. Acordamos vernos los tres y ahí hicimos las pases, se acabaron los secretos. Resulta que así como Alejandro me dijo a mí que si andaba con mi hermana, a ella le dijo lo de mi “confusión” con Sergio, so pretexto de que eso nos iba a unir como hermanos. Debo confesar que funcionó y desde ese día los tres fuimos amigos, hermanos, cómplices.

Empezamos a salir juntos a todos lados. Me sentía acompañado, comprendido, querido. La relación con mis padres también mejoró, se acabaron las discusiones, las peleas. Mi hermana también iba bien en la escuela, se veía animada, entusiasmada, casi, casi feliz.

Aliviado por saber que contaba con el apoyo de mi hermana, teniendo a Alejandro para contarle lo que me pasaba, lo que pensaba, y para recibir un consejo; me sentía más confiado, más decidido que nunca a averiguar qué podía pasar con Sergio. Le dije a Alejandro que quería decirle a Sergio lo que sentía. Según yo había señales suficientes para pensar que él podía sentir lo mismo por mí. El problema es que nunca estábamos solos el tiempo suficiente. 

Alejandro me aconsejó que ya no lo buscara, que por unos días me desapareciera para ver su reacción y así lo hice. Por algunos días no lo busqué,  me le escondí, me conformaba con verlo pasar desde la ventana de la casa. Me dejaba ver brevemente acompañado de mis amigas, de mi hermana, que notara mi indiferencia; él sólo me saludaba con la mano al pasar. Después me le volví a aparecer y descubrí con alegría que había notado mi ausencia, que había notado que no lo había buscado, me dijo “pensé que ya tenías a otro” con esa sonrisa burlona con la que a veces decía las cosas, eso para mi fue una esperanza. 

Le conté a Alejandro el resultado del experimento y me sugirió que le escribiera una carta, que le dijera por escrito lo que estaba sintiendo, de esa manera él la iba a poder leer cuando tuviera tiempo y buscarme para darme una respuesta, la idea de que me buscara con una respuesta me emocionó.

Durante semanas busqué las palabras adecuadas, las frases correctas que no dejaran lugar a dudas de lo que quería decirle, de lo que quería lograr con aquella carta. Lo primero era preguntarme ¿Qué quería lograr? Lo que quería era dejarle claro que no esperaba nada de él, aplicando la psicología inversa. Pensaba que si le decía que sabía que no me correspondía, que me iba a alejar de él por mi bien, lo iba a hacer reaccionar y me iba a decir que el también me quería, pero que tenia esposa e hijo y no los podía abandonar. A estas alturas ya no me importaba la posibilidad de compartirlo, tenerlo a medias era mejor que no tenerlo. A estas alturas los planes habían cambiado, ya no pensaba que nos iríamos lejos, tenía a mi hermana y a Alejandro, con ellos podía afrontar lo que fuera, eso me habían dicho. Estaba preparado para ser aunque sea su amante.

Con la carta redactada lo que seguía era encontrar el momento adecuado para dársela. Durante otras semanas anduve cargando con la carta en la mochila, en varias ocasiones me quedé con la carta en la mano al despedirnos, sin valor para dársela. Hasta que un día se la di, su cara fue de sorpresa. Le dije que por favor la leyera y me despedí. Me temblaban las piernas mientras caminaba a casa y volteé a verlo, sabiendo que las cosas estaban a punto de cambiar para siempre.

Esperé, sin saber que esperar. Imaginaba que esa misma noche iría a buscarme, pero llegó la noche y él no. Al día siguiente obviamente no me fui con él, al salir de la escuela volteaba a todos lados, a ver si lo veía esperándome en alguna banca del jardín, no estaba ahí. Llegué a la casa pensado que esa tarde no trabajaba, quizá esa tarde si llegaba, tampoco llegó.

En los días subsecuentes me le desaparecí, sólo me asomaba de vez en vez al escuchar el sonido de su combi al pasar para constatar que estuviera trabajando, que estuviera bien. Que no lo hubieran asaltado o atropellado, cuando iba camino a mi casa a confesarme que también me amaba; que no lo hubiera asesinado su esposa al confesarle que la iba a dejar por mí.

Pasaron más días y Alejandro estuvo de acuerdo conmigo en que no me iba a buscar. O lo que le dije no le interesó o esperaba que el que lo buscara fuera yo. No estaba preparado, no estaba listo para enfrentarme a su evidente rechazo. Si escuchaba de su boca que yo estaba mal y todo lo había mal interpretado, mi mundo se iba a derrumbar. Sin embargo, había una pequeña posibilidad de que no fuera así; si lo que le escribí lo hubiera ofendido, habría ido a mi casa a hacerme un escándalo, a ponerme en evidencia; me habría buscado para decirme que el no era puto, joto, mampo como yo, que nunca volviera a hablarle, eso haría yo en su lugar, pensaba.

Empecé a sobrepensar las cosas, a analizar detalladamente las señales. Siendo honesto podría ser que en realidad las hubiese mal interpretado. Recordé que siempre me hablaba de mujeres, de su esposa y de sus novias; que siempre me preguntaba por las amigas con las que me veía. Quizás esos abrazos, ese tocarme el hombro o la pierna habían sido circunstanciales. Recordé las clases de manejo, cuando me pidió  el carro para ir a ver a una amiguita. Pero ya no quería pensar. 

Un día al fin me armé de valor y me hice visible, lo esperé. Estaba sentado ahí donde me sentaba siempre a esperarlo cuando llegó. Me vio y me saludó inclinando la cabeza, nadie subió, me dijo ¿No te vas? Si me fui.

Había llegado el momento de agarrar al todo por los cuernos, de afrontar las consecuencias de mis actos, de verlo a la cara y aguantar lo que fuera que tenía que decirme, aunque no me gustara. Así como yo lo hice leer todo lo que tenía que decirle, es esa carta, esa carta marcada.