El cuarto semestre fue una locura, yo estaba en
clases ausente, distraído, distrayendo a mis compañeros. Me la pasaba dibujando
“S” en mis libros, en mis cuadernos, en mi butaca, en mi piel. Mi grupo se
volvió el malo de la escuela. Hicimos una bolita de amigos con los que nos
íbamos de pinta, retábamos a los maestros, hicimos llorar y renunciar a nuestra
maestra de inglés al burlarnos de su pronunciación, hicimos que corrieran a
otro maestro que sólo iba a ponernos a leer y no nos enseñaba nada.
El colmo fue cuando le sugerí a nuestro maestro de
administración que para pasar su materia nos dejara crear una empresa.
Conseguimos el local, lo rentamos, buscamos el patrocinio de una refresquera y montamos una cafetería, todo esto a espaldas de nuestros padres.
Los padres se enteraron y la directora tuvo que
hablar conmigo, y con mi papá. De nuevo fui una vergüenza, esta vez no por mis
calificaciones, sino por mi rebeldía. Ya no sabían qué hacer conmigo, o le
bajaba o tendrían que expulsarme, con todo y que seguía siendo el más brillante
alumno de la escuela.
En casa me la pasaba encerrado en mí cuarto, con
los audífonos de mí walkman puestos, escuchando música. No comía, no hablaba,
sólo lloraba. Pasé de las canciones de amor, de las canciones de relaciones
prohibidas, a canciones de desamor, de despecho, de amargura, las cantaba, las
escribía, las rezaba. Mi madre al ver mi estado se acercó a mí con
preocupación, me preguntó qué me pasaba, qué estaba mal. Yo, al no ser capaz de
sincerarme con ella, le decía entre sollozos que quería irme de ahí, muy lejos
de ahí.
Nuestro maestro de Ciencias Sociales nos organizó un
viaje a San Cristóbal, quería que conociéramos la cultura de la ciudad, los
museos, la arquitectura, eso si me hizo ilusión. El viaje estuvo increíble, ahí
vivía mi hermana, la del carro con el que Sergio había tratado de enseñarme a
manejar, y casualmente nos la encontramos en el jardín principal. No sé si me
gustó la ciudad o el hecho de estar lejos de casa, pero de pronto me imaginé
viviendo ahí.
En ese viaje volví con mi ex novia, no se me había
despegado desde que volvimos a ser amigos. Por la noche me llevó serenata a la
ventana del cuarto donde nos hospedamos,
y me regaló una rosa. Para mí la vida amorosa sin Sergio ya no tenía
sentido, me había jurado jamás volverme a enamorar, no quería volver a
ilusionarme, no quería volver a sufrir. Ella me estaba ofreciendo la atención,
la compañía, el interés que tanto necesitaba en ese momento, yo se lo acepté.
A Sergio lo seguía viendo pero ya no lo buscaba
como antes, ya no me ilusionaba como antes. Con el tiempo había vuelto a ser el mismo conmigo, me volvió
a sonreír, me volvió a ver. Volvieron las bromas con que “ya no lo quería” o
“ya no me gustaba” cuando pasaban días sin vernos; volvió a tocar mí pierna, volvió
a abrazarme pero ya no me lo creía, ya no me ilusionaba, sólo me dolía. Un día
se subió un chavo a la combi y Sergio lo saludó muy efusivamente, por la
conversación deduje que él no vivía ahí, iba de visita del DF. Quedaron en
verse para tomarse unas chelas y yo pensé, quizá si me voy lejos, quizá si sólo
vengo de visita, él me saludará de esa forma tan efusiva, y querrá tomarse unas
chelas conmigo.
Un día al llegar a casa mi hermana y yo, nos dieron
una noticia que nos sacudió. A mi padre le había salido una especie de barro cerca
del ojo, el barro crecía y crecía por lo que había ido al hospital a que lo
revisaran, le habían dicho que tenían que hacerle estudios pues podía ser
cáncer, los estudios se los programaron para seis meses después.
Habían hablado con mis hermanas en Morelia y ya
habían decidido que él y mi mamá se irían para que le hicieran allá los
estudios, no sabían cuándo iban a regresar, no sabían qué iba a pasar. Para que
mi hermana y yo no nos quedáramos solos, le habían pedido a mi hermano y a su esposa
que se fueran a vivir a la casa con nosotros. Demasiado para asimilar en tan
poco tiempo.
A los pocos días nos dieron la noticia de que los
estudios salieron positivos y había que operar. Me dijeron que lo que le
preocupaba a mi papá era yo, era mi comportamiento, era que aún me estaban
pagando la escuela, mi hermana tenía su trabajo de costura y bien que mal podía
sacar de ahí para pagar su colegiatura, la oveja descarriada ahora era yo, de
nuevo era yo. Lo decidí, ahora sí tenía que irme de ahí.
Me imaginaba dejando la escuela y teniendo que
volver a trabajar, me imaginaba el mismo futuro que el de mi hermano,
trabajando en la refaccionaria de la tía, casado con quien fuera para que mis
papás estuvieran tranquilos. Me adelanté y les dije que quería irme a San
Cristóbal a vivir con mi hermana. Ella vivía allá sola con mi sobrino, yo podía
cuidarlo por las tardes e ir a la escuela por las mañana. No estaban
convencidos, no habían tenido buenas experiencias conmigo en una escuela
pública. Para convencerlos de mi seriedad y madurez, me fui sólo a San
Cristóbal e investigué lo que había que hacer para el cambio de escuela.
Con la
información completa y con la aceptación de la hermana con la que iba a vivir,
estuvieron de acuerdo. Ese el cuarto semestre sería el último en esa escuela,
en esa ciudad.
Le di la noticia a mi hermana, no lo tomó muy bien,
la dejaría sola pero no había alternativa, al menos ella aún tenía a Alejandro.
Mis compañeros en la escuela tampoco lo tomaron muy bien, y mi novia, bueno a mi
novia le consolaba que termináramos porque me iba de la ciudad, no porque
hubiera otra mujer…
Ya con todo resuelto sólo me faltaba decirle a
Sergio, primero pensé en no despedirme. Pensé en que sólo dejara de verme y que
al aparecer de nuevo, al verme después de tanto tiempo, se diera cuenta de lo
mucho que me había extrañado. Yo, para no extrañarlo quería llevarme algo de
él, quería algo para que no me ganara la desesperación y al necesitar verlo me
pasara lo que le pasó a mi hermano y volviera a lo cómodo, a lo conocido. No
quería arriesgarme a que me pasara lo que juré jamás me pasaría, volver después
de ya haberme ido. Quería una foto suya.
Cuando recién nos conocimos ya había intentado
obtener una foto suya, sólo que con mi Kodad 110 y tomando las fotos desde la
ventana de mi casa, mientras él pasaba en su combi; lo único que obtuve fue un
rollo desperdiciado con fotos borrosas y movidas.
Esta vez pensaba tomarle la foto estando a su lado,
de contrabando obviamente. Lo preparé todo para un domingo por la tarde, el
momento en que el pasaje era escaso y había más probabilidades de que todo el
recorrido fuéramos solos. Lo esperé en el lugar de siempre, llegó y si, nadie mas que yo se subió. Me sorprendió que ya se había dado cuenta de la ausencia
de mis padres y del regreso de mi hermano a la casa, así que le conté todo,
también lo de mi cambio de escuela y ciudad.
Se mostró solidario con lo de mi papá. Yo ya iba
con la cámara en mano esperando el momento exacto, el momento en que se
distrajera para disparar. El vio la cámara y me dijo, con su típica sonrisa
burlona, que si eso era para tomarle una foto para llevármela de recuerdo. Me
tomó por sorpresa, me sonrojé y me reí con él. Resultó que hablaba en serio, al
pasar por una calle solitaria se detuvo, me dijo si quería tomarle una foto,
incrédulo y nervioso le dije que sí.
Se bajó y posó para mí al lado de su combi, no lo
podía creer! tendría mi foto. Salió mejor de lo que esperaba, mejor de lo que
podría haber imaginado.
Después de ese día lo vi algunas otras veces al ir
de visita de San Cristóbal. Ninguna de esas veces me saludó con la efusividad
que esperaba, ninguna de esas veces me invitó a echarnos unas chelas. Un día,
cuando estando en San Cristóbal decidí irme a Morelia, me despedí
definitivamente de él. Le escribí una carta donde le mandaba la foto que le
tomé y un dije de un trébol de plata que siempre que me veía me decía que le
gustaba, ese dije que él tocaba y al bajar yo la cabeza, acariciaba mi barbilla
jugando. Esa era mi forma de demostrarle, y demostrarme, que esta vez el adiós iba
en serio.
Le escribí que me iba más lejos y que probablemente
nunca volveríamos a vernos, le desee lo mejor para su vida y le prometí que,
aunque no me correspondiera, yo nunca iba a olvidarle, nunca iba a dejar de amarlo.
Después de enviarle esa carta no lo volví a buscar, esta vez no supe si leyó la
carta, esta vez no esperaba una respuesta.
De las promesas que le hice la de nunca olvidarle si se la cumplí. Durante meses pasé noches escuchando a Los Bukis, mientras las
lágrimas de añoranza por lo que no fue rodaban por mi mejilla. Por más
enamoramientos que tuve, por más ilusionado que me encontré, esa “S” siguió
grabada en mi memoria; como un día lo estuvo en mis cuadernos, en mis libros, en
mi piel. De la promesa de nunca dejar de amarlo, de esa si me olvidé con el
tiempo.
Aunque después de ese domingo todavía lo vi en otras
ocasiones, ese día fue especial, fue el más especial. Ese momento, ofreciéndose
a que le tomara una foto para recordarlo, fue mi final de telenovela, ese fue
el cierre perfecto para nuestra historia; porque me gusta pensar que tuvimos
una historia, y que, así fue nuestra historia, así fue nuestro amor.
P.D. Le devolví la foto, pero no el negativo… :P