jueves, junio 24, 2021

LA ZORRA EN LA PELICULA GRINGA DE ADOLESCENTES

La noticia de Roberto y su enfermedad se regó como pólvora, como todos sabían que era mi amigo empezaron las dudas sobre mí. No se sabía que saliera con alguien, quizá yo también era joto, como él, se decía. Aquí me sirvió la anécdota con Diana para callar las habladurías. Claudia, a quien le llegaban las preguntas por ser cercana a mí, se encargaba de repetir que en una ocasión le había entregado un 21, con todo y que tenía novio; aunque ya para entonces Diana estaba comprometida, tenía fecha para la boda y pronto dejaría de trabajar, el marido ya no iba a dejarla. Contrataron a dos chavas, una para suplir a Diana y otra para suplir a Roberto, por un tiempo yo fui el único hombre en la oficina. 

Con el cambio de locación el ambiente en la oficina se relajó. Aunque me quedaba un poco más lejos y tuve que cambiar de ruta de transporte, la parte positiva fue que la señora sólo iba por las mañanas y al señor como ya no le quedaba de paso iba en muy contadas ocasiones. Las chicas nuevas se integraron rápidamente; una vez a la semana nos poníamos de acuerdo para ir a comer todos juntos a casa de uno de nosotros. Cuando tocó ir a mi casa les hice de comer croquetas de atún con espagueti, quedaron fascinadas con mi buen sazón. Los sábados también nos turnábamos para llevar el desayuno, a media mañana para botanear con churros o papitas y por la tarde para merendar un café con galletas o pan. 

En casa las cosas empezaban a cambiar. Mi cuñado agarraba la jarra todos los sábados, cuando yo llegaba ya llevaba media botella de tequila él solo, al principio le aceptaba las cubas, después me daba pena con mi hermana. Un día llegó ya muy tarde y muy pasado de cucharadas, se puso agresivo y empezó a discutir con mi hermana, me despertaron los gritos, después los golpes en la puerta de mi cuarto. Al salir vi a mi hermana en el sillón temblando y llorando, mi cuñado estaba fuera de sí reprochándole no sé cuánta cosa; diciendo que toda mi familia pensaba que era muy poca cosa para ella, porque vivíamos en casa de mi cuñado y él no era capaz de comprarle una casa. Dijo que ya se iba a ir, que la iba a dejar yo le dije que se fuera pero que no regresara. 

Se fue y me quedé consolando a mi hermana, sin saber bien qué decirle, le hice un té. Al día siguiente yo me salí; al volver ya estaban juntos, como si nada; me molesté, no quería ver eso otra vez, no quería ser parte de eso otra vez. Mi sobrino empezaba a caminar  y ya andaba con la andadera por todos lados, yo tenía que guardar mis cosas, ya me había roto dos perfumes.

Al irse Roberto se había ido también mi compañero de fiesta, aunque me costó empecé a salir por mi cuenta los sábados, los lugares ya los conocía, y compañía siempre encontraba, aunque fuera de un rato. En una de esas le acepté la invitación al compañero de trabajo que nos habíamos encontrado en el antro, Pedro. Fuimos a bailar y me sugirió ir a su casa, no me gustaba para llegar a tanto. La mayoría no me gustaba para llegar a tanto, no eran lo que yo andaba buscando. Yo quería una relación, algo a largo plazo, un compañero, alguien con quien ir al cine, a tomar un café, alguien para platicar, y quizá después irnos a vivir juntos, como dicen ya traía el vestido de novia en la cajuela. Lo que encontraba y parecía que abundaba eran las relaciones casuales, los encuentros de una noche. Pensando que quizá siendo gay era lo único a lo que se podía aspirar, me dedique por un tiempo a eso, a las relaciones casuales. 

Mi primer faje había sido por despecho, la noche en que besé a Roberto y él me rechazó; alguien más se me acercó y empezó de mano larga, yo ya tomado y resentido le seguí el juego, terminamos, literalmente, en un lote baldío al lado del antro. En otra salida conocí a Alejandro en un bar, un maestro de primaria. Empezamos a cruzar miradas cada uno en su mesa, después brindando a la distancia con nuestras cervezas, hasta que en una de esas que regresaba del baño se sentó en mi mesa. Platicamos y hubo química, resultó que vivíamos por el rumbo y se ofreció a llevarme a mi casa. En toda la noche no habíamos hablado de sexo y ya me llevaba a mi casa, parecía que éste era el bueno. Llegamos y me dijo que si no quería ir a conocer donde vivía, que podíamos pasarla bien, al voltear a verlo vi que ya tenía el asunto de fuera. Sorprendido, e incapaz de hacerle la grosería de negarme a tan amable invitación,  le dije si después me traería de vuelta, me dijo que sí y nos fuimos a su casa. 

No estuvo mal, nada mal, pero al volver a casa me dio por bañarme, reflejo de cómo me sentía. Esa había sido mi primera vez, a mis 21 años. A pesar de lo bien que lo pasé me sentía sucio, culpable. Por mi educación cristiana siempre pensé que mi primera vez sería estando enamorado, con el amor de mi vida. Había pecado doble, primero por haberlo hecho con un hombre y segundo por haberlo hecho sin estar enamorado. A los pocos días Alejandro me llamó para vernos, quedó de pasar por mi al salir del trabajo, fuimos a otro bar. Me dijo que fuéramos a su casa para repetir, le dije que yo buscaba otro tipo de relación, me dijo que no creía en el noviazgo, el compromiso y esas cosas. Alguien se acercó a saludarlo y me lo presentó, se llamaba Erick, un Doctor residente. Alejandro se fue y me dejó con su amigo. 

Erick y yo platicamos y nos caímos bien, no tenía teléfono pues rentaba un cuarto en una casa de huéspedes pero me dio su “Biper” para mandarle un mensaje y vernos de nuevo. Salimos varias veces y parecía que todo iba bien. En una ocasión fuimos de antro y nos encontramos con Alejandro, Erick le dijo que estábamos saliendo; estuvieron hablando solos y coincidentemente esa noche Erick me sugirió quedarme en su cuarto, yo acepté. Había tomado tanto que no recuerdo lo que pasó esa noche, sólo recuerdo que me levanté varias veces a vomitar al baño. 

Al día siguiente Erick me dijo que se iba a tener que ausentar de la ciudad, que no sabía hasta cuando pero que él me buscaba cuando volviera. Le pregunté si todo estaba bien, me dijo que su amigo Alejandro le había contado que se había echado un “buen palo” conmigo, que “me recomendaba”; pero que, a juzgar por lo que había pasado en la noche, se había equivocado. No pregunté que había pasado, qué había o no había hecho. Avergonzado y humillado me fui a mi casa, sintiéndome la zorra en la película gringa de adolescentes.

miércoles, junio 23, 2021

EL CIELO SE SEGUÍA NUBLANDO

Pasaron los días y la nueva contadora, Elena, se integró al grupo; también se saltó la regla de no convivir con el resto. Me costaba  reconocer que no me caía mal. Iba del DF donde hasta hace poco trabajaba, era irreverente, simpática, desinhibida, sincera, no se tomaba nada en serio. Nos contó que no pensaba durar mucho ahí, que había aceptado el trabajo pues su hermana se lo había ofrecido, pero que el señor le caía mal “welcome to the club”... Cuando le tuve la confianza suficiente le platiqué que el puesto me lo habían ofrecido a mí, pero que no me lo dieron por dárselo a ella. Entre bromas me dijo ahora entiendo porque me odiabas cuando llegué, y me prometió que cuando se fuera yo sería quien se quedaría en su lugar, lo dijo con tanta seguridad que se lo creí. Al poco tiempo empecé a ayudarle también a ella por las tardes, a escondidas. Me dijo que esa era mi capacitación.
Con las cartas no me iba nada bien, ya había conocido a varios pero no se concretaba nada, además las cartas tardaban hasta dos semanas en llegar, incluso las que iban dentro de la misma ciudad. Un día creí conocer al indicado, se llamaba José Abraham, por algo que me explicó pero no recuerdo le gustaba que le llamaran “Jazz”, yo prefería llamarlo Abraham. Estudiaba Derecho y nadie sabía de sus preferencias, ni en su casa, ni sus amigos. Le gustaba dibujar, a mi me gustaba Garfield, me dibujó un Garfield que decoró mi cuarto las semanas que estuvimos en contacto. Nos vimos varios días en las bancas de la plaza de armas, hasta que nos citamos para salir un fin de semana. Fuimos al cine, vimos “Armageddon”, Bruce Willis fue mi crush por varios años. Le pedí su teléfono para estar en contacto, me dijo que no le gustaba darlo pero que como mi voz sonaba varonil me lo daría, pero que sólo le llamara si era muy necesario. Salimos por varios fines de semana más, hasta que un día no llegó a nuestra cita. Le llamé un par de ocasiones pero no lo encontré en su casa. Se esfumó y con él el Garfield que me había dibujado, que acabó en la basura. 
Después de que Roberto y yo nos sinceramos, le platiqué de Abraham, le dije que era con él con quien me había visto en aquella ocasión y que, así como llegó, desapareció. Me dijo que no me preocupara, que hombres sobraban, le dije que me los presentara, cosa que hizo. Empezamos a salir los sábados de antro, me enseñó los lugares de ligue de la ciudad, eran relativamente pocos, recuerdo “La Rojas” en el centro; el “Boy`s” en la salida a Pátzcuaro, el café del teatro Ocampo, el bar del hotel Florida en la Avenida Morelos, y las bancas de la plaza de armas, así como las de el jardín de las rosas, pero estas últimas eran sólo para "obvias", no debía ir ahí. En uno de esos antros nos encontramos a otro compañero del trabajo, al parecer era cierto los hombres como nosotros abundaban. Ya con unas cervezas encima se me quitaba lo tímido y lo romántico, tuve algunos acercamientos con uno que otro chavo, cosas de una noche.
Con la convivencia con Roberto noté que me estaba ilusionado con él. Supongo que era normal, estábamos todo el día juntos, salíamos los fines de semana, me estaba enseñando a aceptar mis gustos, a ser yo. Y aunque no me gustaba mucho físicamente, me sentía bien estando con él. Sin embargo, cuando le tocaba el tema de ser algo más que amigos, lo evadía y me hablaba de lo guapo que era el mensajero, o el chico que acababa de entrar al laboratorio, o los hijos del señor que ya estaban en edad de merecer, o el compañero que nos habíamos encontrado en el antro y ahora me invitaba a salir.
El fin de semana de día de muertos me invitó a su pueblo. El plan era el sábado irnos de antro, quedarnos en su casa y el domingo muy temprano irnos a su pueblo. Pensé que si ese fin de semana no pasaba algo entre nosotros, jamás pasaría; y sí, algo pasó. A Lis le dije que iría a Janitzio con los del trabajo de fin de semana, aunque ya hubiese pasado el día de muertos. El sábado mientras bailábamos me acerqué e intenté besarlo, me correspondió una vez y después el rechazo. Contrariado, molesto y ofendido en mi orgullo me porté cortante el resto de la noche, de no haber avisado en casa que no llegaría a dormir, habría cancelado el plan. Esa noche al llegar a su casa descubrí que no vivía solo, compartía departamento con una amiga, se sinceró conmigo. Me contó que ese departamento se lo había heredado a él y a su amiga su pareja, quien había fallecido hacía poco. Me confesó que había fallecido de complicaciones por SIDA y que él también estaba contagiado. Me dijo que por esa razón no podía haber nada entre nosotros, por mucho que lo deseara. Agradecí su honestidad, sintiéndome cucaracha, nada que no hubiera sentido antes...
Llegamos super cansados pues sólo dormimos un poco en el autobús. Su mamá ya nos tenía listo el desayuno, preparado en un fogón de leña. Era verdad que sus padres vivían alejados de la civilización, no tenían TV. Roberto me enseñó su cuarto, su colección de casettes y la grabadora que era su distracción. Después de desayunar tomamos una siesta escuchando a Pet Shop Boys y Cher, sus artistas favoritos. Por la tarde fuimos por leña al campo y su mamá nos hizo café, hacía frío y pronto volveríamos a Morelia. Yo no pude disfrutar el viaje, estaba ausente, no dejaba de pensar en la información que recién acababa de recibir, no sabía como asimilarla.
Después de ese día Roberto empezó a enfermar y a ausentarse del trabajo. A las pocas semanas lo despidieron, supuestamente por sus inasistencias. Lo seguí viendo algunas ocasiones en que quedamos para comer juntos y la última vez en la boda de Diana, después le perdí la pista. Mucho tiempo después me encontré con la amiga con la que vivía y me dijo que ella ya tampoco lo veía, que se había regresado a su pueblo, desahuciado. Una tarde el señor me dijo que "ya le estaban buscando reemplazo a mi amigo, que a ver si no me había contagiado", entonces comprendí el verdadero motivo de su despido, los rumores de su enfermedad habían llegado a los oídos de mi jefe, lo odié más.
Esa navidad, mi primer navidad en Morelia fue especial. La ciudad se lleno de luces, los centros comerciales estaban llenos de adornos, juguetes, dulces. Lis puso el árbol de navidad, donde puse el regalo de mi sobrino. Fue una navidad fría, como según yo debían ser las navidades. La navidad y año nuevo la pasamos en casa de la hermana de mi cuñado, como mi vida laboral, amorosa y amistosa estaba medio complicada, me había dado por emborracharme a la menor provocación. Esa navidad toqué fondo, me quede dormido en el piso del baño de la casa de la anfitriona, después de haber regresado la cena. Para la cena de año nuevo ya tuve que comportarme.
Por esas fechas nos dieron la noticia de que nos cambiaríamos de oficina. Los señores habían comprado una casa en La Loma y rentarían donde estábamos ahora, nos mudábamos a la sucursal de Carrillo. El cielo se seguía nublando.

martes, junio 22, 2021

LA VIDA ES UNA TÓMBOLA

Un día llegó el señor echando chispas y se encerró en la oficina con la contadora, le pidió a su auxiliar que saliera. Los gritos se escuchaban hasta afuera. Al poco rato salió la contadora enojada azotando la puerta, la habían corrido. Claudia nos dijo que eso pasaba siempre, así corrían a la gente, de un momento a otro, que no nos confiáramos. La auxiliar ahora se quedaría en lugar de la contadora.

Nosotros no teníamos mucho trato con ellas, su oficina era la única que siempre tenía la puerta cerrada y al parecer tenían prohibido relacionarse con los demás, por la confidencialidad de la información que manejaban. Eso nos contó a Roberto y a mí la auxiliar. Cuando la dejaron sola le dijeron que le darían el mismo sueldo que la contadora y le contratarían ayuda. A la fecha ninguna de esas cosas había pasado. Por esa razón ya no le importaba saltarse la instrucción de no relacionarse con los demás. Yo empecé a llevarme muy bien con ella y como siempre se quejaba de que tenía mucho trabajo, y yo tenía mucho tiempo libre, le ayudaba por las tardes, a escondidas. Así me enteré de que había un despacho externo que veía lo de los impuestos y la nómina, ella solo hacía lo que se conocía como “talacha”.

Por mi parte había empezado a intercambiar cartas con contactos de las revistas, para eso había rentado un apartado postal en la oficina de correos del centro, no quería que la correspondencia llegara a la casa y Lis la descubriera, no estaba preparado aun para ser descubierto. En ocasiones quedaba de verme con alguien a la hora de la comida y no iba a comer a la casa. Un día al volver de una de esas citas, me dijo Roberto muy serio que quería hablar conmigo. Me dijo que me había visto sentado en las bancas de la plaza de armas platicando con alguien; nervioso le dije que si, que era un amigo. Me dijo “sólo como comentario” que esas bancas las utilizaba la gente “de ambiente” (así se nos les decía entonces) para ligar; que no me sorprendiera si alguien se confundía, se me acercaba y pasaba lo mismo que con Diana, nos reímos, yo de nervios; no sabía eso, con todo y que para eso las estaba utilizando yo también.

El tiempo voló y llegó septiembre. El 16 cayó en domingo por lo que el sábado 15 trabajamos sólo medio día. Planeamos irnos a comer todos juntos para celebrar la independencia, y nuestra tarde libre. Roberto no quería ir, le insistí hasta que aceptó. Fuimos a “El último tren” una especie de cantina famosa, donde pagabas la bebida y te daban botanas hasta hartarte, nos cooperamos para comprar una botella. Al calor de los tequilas y motivado por el ambiente, por lo a gusto que me sentía platicando con Roberto, le dejé entrever “mi condición”, su reacción fue reírse y decirme que ya lo sabía, pues estaba en la misma condición. Yo no me esperaba eso, creo que como mi membresía era relativamente nueva, aún no me activaban el radar, el "gaydar". Brindamos y desde ese día nos convertimos, en compañeros de trabajo, amigos, confidentes  y cómplices.

A las pocas semanas la escena de la contadora se repitió. Un sábado por la tarde el señor llegó enojado a encerrarse con la de contabilidad. Al poco rato salió y se acercó a mi lugar, me preguntó si yo había estudiado contabilidad, le dije que sí. Me dijo que "la vieja esa" había renunciado, que si quería quedarme con su puesto, le pregunté si con aumento de sueldo, me dijo que si, acepté. Me dijo que el lunes me entregaban el puesto pues no había querido quedarse ni a terminar la quincena. Ese fin de semana no dormí de la emoción, un ascenso en tan poco tiempo. Ya había planeado lo que haría con el incremento de sueldo.

El lunes hasta llegué más temprano, sólo para decepcionarme en ayunas. Ya estaban el señor y la señora, encerrados en la oficina de contabilidad, le estaban entregando el puesto a la que se iba a quedar en su lugar. Al salir nos presentaron a la nueva contadora. Antes de irse el señor se me acercó y me dijo que le siguiera echando ganas, que yo estaba bien ahí, que ya saldría algo después. Iluso de mí, pensé que al menos recibiría una explicación. Con el tiempo nos enteramos de que la nueva era hermana de una empleada de una de las tiendas, empleada que se rumoreaba había tenido sus queberes con el señor, iba bien recomendada, no podía competir yo con eso.

Los sábado eran días de fiesta. Los señores se iban al rancho por lo que al no estar el gato...Desde temprano el mensajero iba por el desayuno, las tortas de carnitas, de mole con arroz o los días de quincena de "El Mago". Al medio día los gaspachos o los churros con crema y queso.

El personal del laboratorio fotográfico hacía limpieza de sus máquinas y todo el día nos ambientaba poniéndonos música de Pancho Barraza, La Banda Cuisillos, La Pequeños, El Recodo, La Banda el Limón y ya por la tarde de Arjona. Como nosotros éramos "los de la oficina" ellos también hacían la limpieza de nuestros lugares los días lunes.

Un lunes no nos dejaron entrar pues aun no terminaban con la limpieza. Roberto y yo nos quedamos en la oficina de la señora platicando con Diana y Claudia, hasta que nos dijeron que ya podíamos pasar. Al entrar a nuestra oficina casi me voy de espaldas al ver quién estaba terminando de hacer el aseo. Era Mariela. La misma Mariela de la florería, la que se creía dueña, la que me iba a despedir si faltaba  otra vez. Me vio y pude notar también la sorpresa en su rostro, pero mientras el mío reflejaba orgullo, el suyo lucía apenado. Platicamos brevemente de las coincidencias y tal; ese día, me dijo, empezaba a trabajar en la tienda; como era su primer día la habían mandado a hacer la limpieza de todas las áreas a ella sola.

No pude evitar pensar en las vueltas que da la vida, ella que en una vuelta se había sentido superior a los demás, superior a mí, por tener un mejor puesto; en esta vuelta estaba frente a mi exprimiendo del trapeador el polvo de las suelas de mis zapatos, mi yo soberbio se infló como guajolote. En una de esas eso le pasaría a la nueva contadora, a la que me había agandallado el puesto; finalmente, pensé, la vida es una tómbola.

lunes, junio 21, 2021

POCO DURÓ MI CONFIANZA

Ese lunes me presenté puntual, este lugar estaba mucho más cerca de la casa y entraba media hora más tarde que en los trabajos anteriores, todo pintaba súper bien. Ese día éramos tres los nuevos, Diana que iba para secretaria; Roberto, y yo que éramos los que estaríamos a prueba, uno de nosotros sería el elegido. El lugar resulto ser la casa de los dueños, en la parte del frente tenían una sucursal de la tienda y unas oficinas. En una oficina estaba la señora y las dos secretarias, Claudia y Diana, en otra estaríamos Roberto y yo, y en la otra estaba la contadora y su asistente. El señor sólo se paraba por ahí a veces cuando llegaba a comer, no teníamos que verlo a diario, otra buena noticia.
Claudia nos explicó lo que íbamos a hacer. La tienda tenía sucursales en Michoacán y Guanajuato, en total 16, incluyendo las de Morelia. Roberto y yo recibiríamos el sobrante del papel fotográfico que utilizaban en todas las sucursales, y teníamos que revisar que coincidiera con las listas de lo que habían reportado como utilizado y cobrado. Si había diferencias se les cobraban a los empleados por lo que había que ser meticuloso. Yo iba a revisar las tiendas foráneas pues mandaban información una vez a la semana, lo que me daría tiempo para realizar los reportes que mes a mes se le entregaban al señor, yo iba a hacer esos reportes ya que tenía estudios de computación. Roberto haría lo propio con las tiendas locales, que enviaban información diariamente.
El trabajo era sumamente sencillo, pero rudimentario; todo se hacía a mano, hasta los reportes. Como Claudia y yo congeniamos desde los primeros días, le pedí que me prestara su computadora para hacer los reportes. Al finalizar julio tuve mi primer junta con el señor, para presentar resultados. Le entregué los reportes ya hechos en computadora y hasta unas gráficas. Con la indiferencia de siempre apenas y vio mi trabajo y me dijo con su risa burlona que estaban bonitos mis dibujitos. Aguantándome el coraje por sentirme de nuevo menospreciado, le dije que si podían darme una computadora para que ya hiciera todo así, que sería más rápido, me dijo que luego lo veíamos. Le comenté también lo que me había dicho del incremento, ya había pasado más de un mes, me dijo también que luego lo veíamos.
Nuevamente con sentimientos encontrados, sentí que ese había sido mi examen y que, a pesar de lo inexpresivo del señor, lo había pasado. Estaba confiado en que me iban a elegir a mí, que era yo el que se iba a quedar. Además tenía el apoyo de Claudia, aprovechando que cuando me lo proponía podía ser encantador,  me había empeñado en hacer buenas migas con ella ya que era la de más antigüedad y fungía de las veces de encargada de la oficina, cuando no estaba la señora. 
Un día al llegar a la oficina me encontré con la sorpresa de que ya tenía una computadora en mi escritorio, al parecer mi trabajo si le había convencido al señor. Mi sorpresa creció al llegar esa quincena y ver en mi nómina un incremento, aunque el importe no era mucho para mi lo importante es lo que representaba, estaba haciendo las cosas bien. Claudia posteriormente nos informó que íbamos a quedarnos Roberto y yo, que el señor había decidido que yo iba a ser como una especie de encargado, Roberto me entregaría sus resultados y yo se los presentaría. Las cosas no podían ir mejor. Le agradecí a Dios y juré que iba a portarme bien esta vez; que le iba a echar ganas; que cuidaría mi trabajo para durar años; que iba a contener mis arranques, mis impulsos; que soportaría las groserías y desplantes del señor; que me iba a quedar callado cuando tratara de regañarme. Demasiadas promesas para tenerlas presentes, y sobre todos cumplirlas.
Con los meses formamos un buen equipo, Roberto y yo teníamos muchas cosas en común, nos gustaba la misma música, él era de Guanajuato y me contaba del lugar donde nació, una comunidad alejada de la civilización, similar a donde había nacido yo, nos hicimos amigos después de haber estado en competencia. Claudia a veces podía ser muy intensa y tomar muy en serio su papel de encargada, por lo que a veces chocaba con Roberto y con Diana, yo era el que quedaba mediando. 
Al Volver de comer Diana tenía la costumbre de preguntarme ¿Qué me trajiste? Yo le entregaba, en tono de broma, la envoltura del hall´s que traía en la boca, un recibo o cualquier cosa que trajera a mano; un día le entregué un boleto del camión. Pocas horas pasaron antes de que ya se había hecho un escándalo en toda la oficina, y la tienda. Claudia llegó y me dijo que ya se sabía que Diana me gustaba. Yo sin entender de que hablaban mandé a Roberto a investigar. Todo había sido por lo del boleto que le di.
Resulta que existía la costumbre de que, si al sumar la numeración que traía el boleto el resultado era 21, le podías dar ese boleto a quien te gustaba y con eso la persona que lo recibía estaba obligad@ a darte un beso. El boleto que le di a Diana al parecer sumaba 21. Le dije a Roberto que no tenía ni idea de eso, en mi pueblo no había camiones, ¿Cómo iba  a saber de esos rituales de apareamiento?. Me dijo que se lo aclarara a Diana pues estaba entre halagada y ofendida, pues tenía novio. Le aclaré las cosas a Diana pero nunca, durante el tiempo que trabajamos juntos, pude quitarle de la cabeza la idea de que me  gustaba y le había pedido un beso, cosa que posteriormente utilicé a mi favor.
Con la tranquilidad de tener un trabajo estable y un sueldo quincenal, empecé a atender mi vida personal. Al pasear por los portales llenos de ambulantes me había encontrado con varios puestos de periódicos, puestos en donde ya había visto revistas de “esas”. Un domingo armándome de valor repetí la técnica aplicada años antes cuando compré mi primer revisar porno; me paré en un puesto a ver todas las revistas, esperando que no hubiera nadie alrededor y me compré una que guardé inmediatamente en mi mochila. Era tiempo de buscar a otros como yo, era tiempo de buscar pareja. Confiaba en que con el tiempo iba a encontrar el valor para confesarle a Lis mis preferencias; confiaba en que por el tamaño de la ciudad aquí iba a ser más fácil conocer a alguien; poco duró mi confianza.

viernes, junio 18, 2021

VIEJO MAMON

Esta vez no le conté a Lis mis planes, temía que no los aprobara. Sólo llegué un día diciéndole que había renunciado y que iba a empezar a buscar trabajo otra vez; me apoyó, no le quedaba de otra.
En esta ocasión volví a la búsqueda de trabajo como capturista o auxiliar contable. La prepa donde estuve era una “Academia comercial” en donde se estudiaban carreras técnicas; después de dos años uno salía con el título de secretaria ejecutiva o contador privado. La nuestra había sido la primera generación de esa escuela que, además de la carrera, estudiando un año más y llevando otras materias, saldría también con el certificado de preparatoria. Siendo Alejandro hermano de la directora y habiendo yo estudiado los dos años en la escuela, me dijo que podía tramitar mi título de Contador Privado; obviamente se saltarían otros requisitos como el servicio social y las prácticas, nimiedades. Le mandé mis papeles y las fotos. Ahora ya podía poner en mi solicitud que tenía la carrera de contador privado con título en trámite, de algo serviría, pensaba.
En la práctica no sirvió de mucho, iba a las entrevistas pero me decían que no tenía experiencia, que en los trabajos anteriores había durado muy poco y no estaban relacionados con lo que solicitaba; ni siquiera los tomaban en cuenta. Las semanas pasaban. Había tenido que pedirles a mis padres me mandaran dinero pues no tenía nada ahorrado y ya habían llegado los recibos de los servicios. Me tuve que aguantar el sermón y el “Si no te está yendo bien puedes regresar, no tienes que andar dando molestias”.
Entre tantas entrevistas fui a una en donde solicitaban “Auxiliar Administrativo” no sabía bien lo que era eso, pero al menos no parecía estar relacionado con ventas. Me presenté puntual. Era una tienda de artículos fotográficos que curiosamente estaba sobre Miguel Silva, a escasas dos cuadras de la florería. Me tuvieron esperando casi una hora pues el dueño, “el señor”, estaba ocupado, empezamos mal. Finalmente me pasaron y empezó la entrevista. El señor estaba buscando a alguien que le supiera a las computadoras, al archivo, y esas cosas, quería un hombre pues las “viejas” eran muy delicadas y no duraban. Vio mi solicitud, me vio a mí y empezó a ponerme peros: No era de la ciudad y tenía poco viviendo ahí, ¿Quién le garantizaba que no me iba a querer regresar a mi rancho? No tenía experiencia ¿Cómo quería trabajar de algo que nunca había hecho? Estaba muy chavo, soltero y sin obligaciones ¿Cómo sabía que si iba a aguantar en el trabajo? Tenía una carrera de Contador Privado ¿Por qué no buscaba trabajo de eso? 
Para finalizar me pasó una sumadora y me dijo que le hiciera unas cuentas. Gracias a mis clases de mecanografía en la prepa-academia tenía agilidad en los dedos y me sabía de memoria el teclado; gracias a mis clases de computación también me había memorizado el teclado numérico. Hice las operaciones sin quitar la vista de la hoja y sin ver mis dedos, noté que eso le sorprendió, pero en lugar de reconocerlo hizo una mueca de burla. Me pidió que hiciera una factura, la hice; me pidió que sacara el  porcentaje de unos importes, con la sumadora lo hice.
Me dijo que, de llegar a quedarme con el trabajo, iba a tener un horario de lunes a sábado de 9:30 a 8:00 con dos horas de comida, que el sueldo sería de $650.00 al mes con opción de incremento, que se pagaban las prestaciones de ley. Además se iban a contratar a prueba dos personas para el puesto, al mes se decidiría quien se quedaba. Terminó la entrevista con el ya tan bien conocido “Te llamamos”.
Salí de la entrevista con un mal sabor de boca, con sentimientos encontrados. El trabajo sonaba bien, el sueldo era bueno; hasta ese momento lo de las prestaciones sólo lo había visto en clases en la escuela, pero tener aguinaldo, seguro y vacaciones no sonaba nada mal, además era algo relacionado a lo que había estudiado. Por el otro lado el dueño era nefasto, prepotente, grosero, naco, todo el tiempo me habló como burlándose de mí, como demeritándome, como haciéndome sentir menos. Anticipándome a que no me contratarían, y para no sentirme decepcionado al no recibir la llamada prometida, mi yo susceptible me dijo: que feo sería trabajar todos los días con un tipo así.
Un día Lis escucho en la radio "Stereo Mía", que solicitaban personal en Coca Cola, me dijo que fuera, era la Coca Cola; ante su insistencia fui. El trabajo era para “operario de producción”, obrero en términos llanos. Estábamos más de 100 personas en un cuarto donde nos hicieron exámenes. Después de los exámenes nos separaron a los que salimos mejor y nos aplicaron otros exámenes. En los tiempos de espera entre una prueba y otra se comentaba entre los que ya habían pasado por el proceso anteriormente, o los que conocían gente que ya trabajaba ahí, que el trabajo era en una fábrica, que era pesado pues se rolaban turnos y había que trabajar de mañana, tarde o noche y en ocasiones sábados y domingos.
Mi yo perezoso me dijo que no quería trabajar en fines de semana, además la idea de un trabajo como esos para mí era progresar, ir escalando, ahí no parecía que fuera a ser así. Al final del día nos llamaron a unos pocos y nos dijeron que teníamos que presentarnos al día siguiente en la planta para hacernos exámenes físicos. Fui a los exámenes físicos, como no tenía tatuajes, no tomaba, no usaba drogas, salí bien en general; únicamente comentaron que tenía un poco desviada la columna, nada de cuidado. Nos dijeron que teníamos que volver para una plática donde nos explicarían en qué consistía el trabajo, se hablaría de sueldo, prestaciones, horarios y nos dirían cuando empezar. Camino de vuelta a casa analizaba las cosas, me preguntaba si eso era lo que quería, si era a lo más que podía aspirar, ya casi tenía un mes sin trabajo, aun así no quería darme por vencido, tenía miedo de conformarme, de acomodarme.
Llegué a casa aun sin saber bien qué iba a decir, sobre todo al entrar y ver la cara de Lis emocionada preguntándome cómo me había ido. Le dije que me habían hecho los exámenes físicos, que me habían descartado por tener la columna desviada y no poder levantar cosas pesadas, eso había dicho el médico. Si, le mentí; si, me sentí una cucaracha; pero nada que no hubiera sentido antes. Notablemente decepcionada me dijo que tenía un recado, que me habían llamado de lo que era al parecer una tienda de fotografía, que habían dejado un teléfono y un nombre para que me comunicara. 
Incrédulo y nervioso marqué. Si, era de la tienda de fotografía. Pregunté por “el señor”, me lo comunicaron. Le dije mi nombre, como era de esperarse no supo quién era yo; le dije que me habían llamado por lo del trabajo y se acordó. Me dijo que me presentara el próximo lunes, 18 de Junio, en la sucursal que estaba frente al Templo de la Merced, ahí estaba la oficina de su esposa “La señora”. Tenía que preguntar por Claudia y ella me iba a decir qué tenía que hacer.
Ya tenía trabajo, después de un mes. Estaba tan emocionado que hasta olvidé lo que había sentido en la entrevista, después lo volvería a recordar. Pero en ese momento me olvidé de la primera impresión que me había dado “el señor”, ese viejo mamón.

jueves, junio 17, 2021

LA FLORERIA

Con mi nula experiencia en la búsqueda de trabajo y todo lo relacionado, pensé que con tener un mes de experiencia en un trabajo sería suficiente para que se me considerara en otro, y que sería igual de rápido que la primera vez. Con el paso de los días me empecé a dar cuenta que no era así. Todos los días salían anuncios e iba a entrevistas, entrevistas que no pasaban del “nosotros te llamamos”. 
Se acabó la primer semana y aun no tenía nada, para la siguiente semana bajé mis estándares y empecé a llamar para aplicar a cosas más sencillas. Vi un anuncio donde solicitaban auxiliar de tienda, me presenté. El negocio era una florería de plantas artificiales que se encontraba en la esquina de Miguel Silva y Aquiles Serdán, en el centro. El dueño tenía también contra esquina una tienda de figuras de cerámica, en donde en la compra de la figura daban clases de pintura gratuitas.
El trabajo consistía en estar en la caja de la tienda de cerámica cobrando, y ayudar en lo que se requiriera. Pagaban $400.00 al mes, una fortuna comparado con mi sueldo anterior y había la posibilidad de un aumento dependiendo del desempeño; se trabajaba de lunes a sábado de 9 a 8 con dos horas de comida, era para empezar el 1 de marzo. Acepté sin pensarlo. El día que empecé a trabajar resultó que habían contratado a otro chavo, seríamos dos. Uno de nosotros tendría que acompañar al dueño al DF a surtirse de mercancía, y le tocaría un bono por ese trabajo; por suerte eligieron al otro para eso, la idea de viajar al DF no me agradaba para nada.
Rogelio era cuñado del dueño y era el encargado de la tienda de cerámica, algo así como mi jefe directo. Era el creativo quien se encargaba de hacer arreglos florales, y de dar las clases de pintura. El chavo era muy buena onda, nada que ver con el dueño quien siempre andaba de malas, gritando y acelerado. Se rumoraba que le hacía a las drogas y que tenía problemas con su esposa porque tenía “gustos raros”. Frecuentemente discutían enfrente de todos, se decía que estaban juntos sólo por los negocios y por el niño de reconciliación; el hijo de 5 años que habían tenido esperando que se resolvieran sus problemas. En la tienda también estaban frecuentemente el otro hijo del dueño, Cristian, y su novia Lizbeth, en estos tiempos ambos serían “NINIS”. Lizbeth empezó a dar clases de pintura también, aunque Rogelio decía que su único talento era ser la novia de su sobrino. En la florería estaba la esposa del dueño, hermana de Rogelio, quien se encargaba de la administración de los dos negocios y tenía una asistente que era su mano derecha, Mariela, quien se creía también dueña y era como la enemiga en común de todos los demás empleados.
El trabajo me gustaba, empecé a llevarme bien con los compañeros, los sábados no íbamos a nuestras casas a comer y comprábamos para comer todos juntos ahí en la tienda. El chavo que contrataron junto conmigo, Daniel, vivía en la misma colonia y nos íbamos juntos a la hora de la salida. Después del mes de trabajo llegó mi súper aumento de 50 pesos. El sueldo me alcanzó para comprarme ropa, un mejor Walkman,  y hasta el casete original del re-encuentro de mecano “Ana, José, Nacho” que escuchaba sin descanso. Al cine ya no había vuelto, con todo y lo mucho que platicaban de una película buenísima que estaba en cartelera “Titanic”, Rogelio dijo que ya la había visto como 5 veces pues su esposa estaba fascinada; la idea de ir sólo al cine no me agradaba mucho. En casa empecé a pagar los servicios y compraba frecuentemente leche y pan para cenar, ya no me sentía un arrimado.
Semanas después le tocó a Daniel su primer viaje al DF. Al volver me contó que era demasiado pesado, iban y volvían de madrugada y el trabajo consistía en acompañar al dueño a las compras, y cargar y descargar la camioneta con todo lo que se comprara. Al parecer lo había hecho bien y el dueño estaba muy contento con él, por lo que ya lo llevaba y traía a todos lados. 
En esos días fue la “Expo Feria Michoacán 1998” y fui con Daniel y con otros compañeros, mi primera vez en una feria  tan grande, nada que ver con la del pueblo. Al volver a nuestras casas, ya con unas cervezas encima, Daniel me dijo que me envidiaba pues yo me la llevaba más tranquilo, que el bono que le daban no era tanto como para la “chinga” que se llevaba, que el dueño si era medio raro y de repente se le insinuaba, que estaba pensando en renunciar. Mi yo egoísta pensó en cómo me iba a afectar si él renunciaba, yo no estaba dispuesto a hacer su trabajo.
Un día estaba en la caja y se me hizo fácil tomar mi mochila para cambiar un billete por monedas, en eso iba entrando el dueño y lo único que vio fue como tomaba un billete y lo metía en mi mochila; no me dijo nada pero por su expresión me di cuenta de lo que parecía que estaba haciendo. El día de pago la esposa del dueño y Mariela hablaron conmigo. Me dijeron lo que el dueño había visto, les expliqué lo que estaba haciendo y me dijeron que me creían, pero que para evitar mal entendidos, ya no iba a estar en caja. En mi lugar pondrían a Lizbeth quien ya iba a estar de tiempo completo en la tienda, yo ayudaría a Rogelio a quien se le iba a juntar el trabajo pues se acercaba el día de las madres y tenía que hacer muchos arreglos; además me iba a ir con el dueño al DF en su próximo viaje pues Daniel había renunciado y sólo estaría hasta fin de quincena.
El trabajo ya no me agradó, mi yo rencoroso ya no veía de la misma forma al dueño, a su esposa, a Mariela, a Lizbeth. Con todo y eso Rogelio descubrió la sensibilidad y creatividad que tenía escondidas y me tomó como su pupilo, me enseñó a hacer los arreglos y hasta dejó que los hiciera a mi gusto, me dijo que pasando el día de las madres me enseñaría a pintar la cerámica, Lizbeth me veía recelosa. Ese 10 de mayo fue domingo y nos dijeron que íbamos a tener que trabajar, se esperaba que se vendieran muchos arreglos, los arreglos que habíamos estando haciendo toda esa semana. 
Mi descontento en el trabajo aumentaba, Lizbeth ahora que estaba en caja se creía otra dueña y ya había tratado de darme órdenes, órdenes que no obedecí, ya me  había acusado con su novio y su suegro. Tampoco quería trabajar en domingo, y mucho menos irme de viaje con el dueño, no tanto por el viaje, o por sus gustos “raros”, con lo que no comulgaba era con la idea de cargar y descargar. Mi yo soberbio me decía que una cosa era trabajar de auxiliar de tienda, otra muy diferente era terminar de cargador, eso era para gente sin estudios. Sentía que así iba a empezar y que cuando menos me diera cuenta ya iba a estar de vendedor en una tienda, como mi hermano. No me había ido tan lejos para terminar como mi hermano, estaba a tiempo para retomar el camino, para buscar algo relacionado con lo que había estudiado;  para mí mis estudios, con todo e inconclusos, no eran poca cosa. Decidí no ir a trabajar ese domingo.
El lunes Mariela habló conmigo, molesta trató de regañarme por no haberme presentado el domingo, me dijo que se me iba a descontar el día y que a la próxima me iban a despedir. En un arranque muy de los míos le dije que esa era mi última semana, que renunciaba, lo que la molestó aún más. La esposa del dueño habló después conmigo  y me dijo que al menos fuera al viaje con su esposo, que les diera unos días en lo que contrataban a alguien más. Yo le dije que ya Mariela me había dicho que me iban a despedir a la próxima, y que les quería ahorrar el trabajo. Supongo que algo le dijeron pues esos últimos días Mariela se portó más seca y cortante conmigo. Me daba igual yo ya me iba, ya tenía mes y medio en ese trabajo, ya había tenido suficiente de La florería.

miércoles, junio 16, 2021

MI LUGAR

Lo de que llegando tenía que buscar trabajo no era broma, al día siguiente al despertar Lis ya me tenía el periódico, listo para empezar la búsqueda. Yo pensaba que iba a tener el resto de la semana para aclimatarme, para instalarme, me equivoqué. Afortunadamente este periódico, “La Voz de Michoacán”, traía muchos más anuncios, empecé a marcar los que según yo podía hacer con mi certificado de capturista de datos y mis 4 semestres de la carrera técnica de contador privado. Lis los revisó y me dijo cuáles podían ser fraudulentos, cuáles estaban demasiado lejos, cuáles estaban en zonas poco accesibles; a los que quedaron empecé a llamar por teléfono.
Conseguí algunas entrevistas y ella me acompañó para enseñarme como moverme en la ciudad. Se llegó la hora de comer por lo que volvimos a la casa, aún tenía otra entrevista por la tarde. Mi cuñado por su trabajo estaba ausente toda la semana, sólo llegaba los sábados por la tarde y el lunes por la mañana se volvía a ir. Lo iba a conocer hasta el sábado. Le había agradado la idea de que con mi presencia Lis no estaría sola toda la semana, por eso había aceptado que me fuera a vivir con ellos.
Por la tarde después de comer nos fuimos a mi última entrevista del día. Era en la Vasco de Quiroga, en la calle de Ordenanzas, era una casa. Pensando en que quizá la dirección estaba equivocada, toqué dudoso el timbre. Salió un chavo de máximo 25 años, el trabajo si era ahí, él sería mi jefe. 
Me explicó que se dedicaba a capturar en computadora trabajos y tesis de sus compañeros de la escuela, que ahora ya era más conocido por lo que lo empezaban a buscar de otras escuelas, por lo que a pesar de que ya tenía a una persona que le ayudaba, necesitaba contratar otra. Me hizo una prueba de escritura para ver mi rapidez, la pasé me dio el trabajo.
Iba a trabajar de Lunes a Sábado de 9 a 6, saldría a comer de 2 a 4. El sueldo sería de $30.00 a la semana. Para mi estaba bien, aun no sabía qué iba a hacer, se supone que iba a buscar escuela, lo importante por el momento era conseguir un trabajo para obtener experiencia, para tener algo que poner en mi solicitud. Estaba feliz pues en mi primer día de búsqueda, había encontrado trabajo. 
Ese sábado conocí a mi cuñado, Lis podría haber conseguido algo mejor, pensé. Comentamos que ya había encontrado trabajo, que ambos le íbamos al América, me ofreció un tequila, parecía que nos llevaríamos bien.
El trabajo era algo aburrido, lo único que hacía era transcribir, con el paso de los días empecé a pensar que podía conseguir algo mejor. Lo platiqué con Lis y estuvo de acuerdo, el sueldo era muy poco, no podía ser algo a largo plazo. Al cumplir el mes le di las gracias a Luis, mi jefe, y le dije que iba a buscar algo de medio tiempo porque quería estudiar. Lo lamentó y me dijo que si más adelante quería regresar le llamara. Nunca lo hice.
Ese primer trabajo me sirvió para perderle el miedo a la ciudad, para tener algo de dinero y salir esos primeros fines de semana a explorar, para ir a conocer las plazas comerciales, para ir al centro y recorrer los portales llenos de ambulantes, para ir por primera vez en mi vida al cine, vi “IN & OUT”. Todo lo que había visto hasta ese momento me había gustado, estaba entusiasmado, parecía que ahí si me iba a asentar, parecía que al fin había encontrado mi lugar.

martes, junio 15, 2021

AMOR A PRIMERA VISTA

Aunque ya había ido dos veces a  Morelia era la primera vez que iba solo. La primera vez yo tenía 8 años y fui con mis papás, Lu y Lola. Nunca habíamos hecho un viaje tan largo, o un viaje a secas, por lo que nadie sabía que los viajes me mareaban. Lo descubrimos pocas horas después de haber iniciado. Empecé a sentirme extraño y después a vomitar, una vez que empecé no pude parar. En ese tiempo el viaje al DF era de casi 15 horas, de la cuales no dormí ni una y mi madre tampoco. En el DF ya nos esperaban mi hermano y su esposa para continuar el viaje a Morelia, ahora en carro, ya no en autobús. Todos esperábamos que el carro no me hiciera el mismo efecto, no fue así.

El viaje del DF a Morelia creo duraba como 5 horas, pasábamos un montón de pueblos, a mí se me hizo eterno. Cuando finalmente llegamos yo era una piltrafa, un guiñapo, un despojo humano, después de casi 24 horas sin comer y sin dormir. Afortunadamente para el regreso me drogaron y ya no fue tan traumático, de no haber sido así no sé si me habrían quedado ganas de regresar, a mis padres de volverme a llevar

La segunda vez tenía 13 años, esta vez Lola no nos acompañó pues estaba recién parida, sólo fuimos mis papás, Lu y yo. En el DF nos esperaba mi cuñado, el marido de mi hermana mayor, para llevarnos a Morelia. En ese tiempo habían puesto una corsetería y mi cuñado compraba la mercancía en el DF, pasamos a un centro comercial “De Todo” se llamaba; mi madre no dejó que nos bajáramos pero yo estaba feliz paseando por “la gran ciudad”. En este viaje fui muy feliz, mis sobrinas eran sólo algunos años menores que yo y, aunque yo ya estaba en tercero de secundaria, seguía comportándome como un niño travieso. Ese fin de año fue especial, ese fin de año me enamoré de la navidad, de la época, de las luces, de la cena, de la rosca de reyes. Las vacaciones se acabaron y yo ya no quería regresarme, quería quedarme con Lis, quería que me adoptara. Después de este viaje se me quedó la idea en la cabeza de que algún día iba a volver para ya no irme, en la escuela les dije a mis compañeros que al terminar la secundaria me iba a ir a vivir ahí, 7 años después finalmente lo había conseguido.

Siempre fui muy observador y muy bueno para recibir indicaciones, las cuales seguí al pie de la letra: “Cuando llegues sigues a toda la gente, van a ir a recoger la maleta. Ya con tu maleta buscas las señales de la salida y de la taquilla de los taxis, si no la encuentras le preguntas a un policía. Compras un boleto a la central de observatorio y vas checando que no se vaya a ir por calles muy solas. En la central compras un boleto a Morelia. Cuando llegues a Morelia sales a tomar un taxi y le dices que te lleve a la dirección de la casa”.

Iba temeroso pero ilusionado, confiando en que si algo pasaba, mi demonio guardián acudiría al rescate, la dirección de la casa de Morelia y el teléfono lo tenía memorizados desde la segunda vez que habíamos ido. Sin embargo, en el taxi entre TAPO y OBSERVATORIO, iba con un nudo en el estómago. Recordaba nuestros viajes anteriores, las veces que en la central mi madre me decía que no soltara su mano, que si me perdía en esa ciudad nunca más me iban a encontrar.  Veía todos los carros, los espectaculares, en lo que ahora sé era el viaducto, y pedía que el taxi se diera prisa, que llegara pronto a nuestro destino, no me sentía seguro en la calle, no me quería perder, que fea ciudad, no entiendo cómo pueden vivir aquí, que miedo, pensaba…

Todo salió bien y llegué a la central sano y salvo, encontré la taquilla de la línea que me dijeron debía tomar "Herradura de Plata" y esperé el abordaje. En este viaje no dormí, era mucha la expectativa, la ilusión, la incertidumbre.

Por la tarde del martes 13, mi día de buena suerte, finalmente llegué a Morelia, hacía frío. Todavía me acordaba del vecindario, de la calle, del color de la casa, del kínder, de la tienda de la esquina. Toqué el timbre, había llegado a mi nueva casa, ya estaba con Lis y me encontré además con este bebé hermoso, regordete, de 6 meses que me recibió con una sonrisa, amor a primera vista.

lunes, junio 14, 2021

MUDANZA

Se llegó el fin de año y el momento de comunicarles mi decisión a mis padres. A mi madre no le pareció, dijo que mi hermana estaba recién casada y con un bebé, cómo iba yo a llegar a darles molestias. Como en ocasiones anteriores yo ya iba con todo resuelto, con todo planeado, con todo decidido, así que lo que me dijeran no me iba a hacer cambiar de opinión. Tiempo después mi madre me confesó que no quería dejarme ir porque sabía que yo sí ya no volvería; lo perceptivo lo heredé de ella, lo decidido lo heredé de ella, todo lo bueno, y gran parte de lo malo, lo heredé de ella.

Ahora que me iba tan lejos presentía que no iba a poder volver de visita tan pronto, tenía que decidir qué llevarme y qué dejar. Por fortuna ropa no tenía mucha, pero recuerdos, esos sí que abundaban. Empaqué los trapos que más me gustaban, los casetes que no dejaba de escuchar y guardé en cajas lo que no quería que me tiraran, sabía que al dejar la casa no iba a pasar mucho tiempo para que se deshicieran de todo lo mío, así que me les adelanté y decidí quemarlo.

Ese fue el final de todos esos cuadernos y libros tapizados con “S”. Así terminó el cuaderno que utilicé de diario y que tenía escrita toda mi historia con él, desde el día en que lo conocí hasta el día en que me fui a San Cristóbal con la idea de olvidarle; ese cuaderno en el que plasmaba al llegar a casa lo bien que me había ido con él, lo mamón que había sido ese día, lo desconsolado que estaba al pensar que no teníamos futuro, ese cuaderno lleno de vivencias, de sueños, de ilusiones borrosas por algunas, varias, muchas lágrimas.

Durante los días que estuve ahí antes de partir me costó mucho resistir la tentación de salir a buscarle, finalmente ya me había despedido de él para siempre en aquella carta, si la había leído ya sabía que me iba, si no la había leído le quedaría la duda de qué había sido de mi, eso era más dramático que buscarlo otra vez. Aproveché esos días con Lu y con Alejandro, para platicar, para despedirnos, para pasar el mayor tiempo posible juntos, creyendo que así no los iba a extrañar tanto.

Esa navidad fue diferente, se sintió diferente, nadie fue de visita, la pasamos mis papás, Lu y yo. Cocinamos la cena y después de cenar Lu y yo nos quedamos viendo películas, hasta que nos venció el sueño.

Al iniciar el año Lu tuvo que volver a San Cristóbal y yo tuve que ponerle fecha a mi viaje, lo había estado postergando; tenía sentimientos encontrados, quería irme pero era mucho lo que iba a dejar y eso por instantes me hacía dudar. Despedirme de ella fue difícil y estuve a punto de arrepentirme, pero ya había dicho que me iba, no iba a quedar ahora como un rajón, como un cobarde, esa no era opción.

Ese lunes 12 de enero de 1998 a las 6:30 de la tarde partí rumbo a Morelia, no quise que mis papás me llevaran a la terminal, no iba a poder con la despedida.

Antes de subirme al autobús fui a la tienda de la terminal a comprar una botella con agua, ahí me encontré a Octavio, a Octavio el rebelde, a Octavio el expulsado de la prepa, a mi Octavio. Ya nos  habíamos re-encontrado  anteriormente, el destino es grande y esa ciudad muy chica (Que oso parafrasear a Arjona), me lo encontré como novio de una de mis amigas de la otra prepa. De hecho en mi época de rebelde nos habíamos ido de peda en bola con él y otros amigos suyos, hasta un 10 de mayo terminamos llevándole serenata a las mamás, la mía incluida, de los que salimos esa noche de borrachera. Mi madre, con su habitual ternura, en lugar de agradecerme, me reprochó el que anduviera de madrugada en la calle y llegara con aliento alcohólico.

Al irme a San Cristóbal le había perdido nuevamente la pista y ahora me lo encontraba trabajando ahí. Me dijo que ya no andaba con mi amiga, que hacía mucho no la veía, que terminaron peleados por sus reproches por su forma de beber, que también le quedaban pocos amigos, al parecer el vicio del alcohol era lo único que lo seguía acompañando. Me dijo que a ver cuándo nos íbamos a echar unas chelas para recordar viejos tiempos, le dije que yo estaba a punto de irme y no tenía fecha de regreso. Me dijo “Que mal, yo todavía me acuerdo del CBTIS, mientras apretaba mi hombro”.  No entendí, no quise entender, no quise dudar. Nos despedimos con un apretón de manos y un abrazo.

Ya en el autobús, llorando y reflexionando, le reprochaba a la vida por ser tan injusta, por burlarse de mí, parecía que le encantaba restregarme en la cara lo que no podía tener; si me hubiera encontrado antes a Octavio, quizá…, pero ya para qué pensar en eso. Ya iba en camino a mi nueva vida, ya había hecho mi mudanza.

viernes, junio 11, 2021

AHÍ TE VES, YO ME VOY!

Los meses pasaban y yo seguía sin encontrar trabajo, cómo iba a encontrarlo si ya ni lo buscaba. La llegada de Lu no me había obligado a salir de mi letargo, de mi apatía, no había resultado como pensaba. Mis papas empezaron a preguntar cómo iba en la escuela, cuánto me faltaba para terminar. Me dijeron que si no encontraba trabajo pronto, me iba a regresar con ellos. El negocio iba bastante bien y yo les podía ayudar, o bien trabajar de nuevo en la refaccionaria e ir a San Cristóbal sólo a hacer los exámenes. Ahora que estaba Lu ahí yo ya no hacía gran cosa en la casa; ella, que si tenía motivo para permanecer ahí, podía cuidar a mi sobrino. Sabía que el engaño ya no iba  a durar mucho.

Pasé noches pensando qué hacer, buscando una solución. En ese tiempo conocí el insomnio, a veces no dormía nada, o me quedaba dormido a la seis de la mañana cuando empezaba a salir el sol. Con todo y que ya había pasado mucho tiempo yo aún no me sentía bien, seguía pensando demasiado en lo que había dejado, temía que al no estar lo suficientemente alejado de casa, tarde o temprano me iba a rendir y me iba a terminar regresando. Por las noches, insomne, pensaba que al día siguiente iba a cambiar, me iba a levantar e iba a salir a buscar trabajo, iba a dejar la pereza, la desidia, iba a poner manos a la obra. Al despertar, todo se me había olvidado y no hacía nada de nuevo.

No sabía bien lo que quería, pero sabía que lo que tenía ahí no era. Un día iba en el transporte cuando vi a un señor subirse con una niña, por lo que escuché era su sobrina e iban tan contentos a dar la vuelta al centro. Me acorde de mis sobrinas de Morelia, recordé lo divertido que era cuando iban de visita en nuestra niñez. Recordé todas las expectativas que tenía cuando me fui a San Cristóbal, todos los planes que hice cuando decidí empezar con lo de la prepa abierta y a buscar trabajo. Ya me imaginaba trabajando, yendo los fines de semana a visitar a mis papás, divirtiéndome con mi sobrino, que era el único que tenía cerca, llevándolo al parque, al centro a dar la vuelta.

La relación con mi sobrio no era la ideal, me había empeñado tanto en que me viera como una figura de autoridad, me había esforzado tanto en que me respetara y me obedeciera que había olvidado que mi papel era el de tío, no de papá. A base de gritos y castigos había conseguido que mejorara su comportamiento y aprovechamiento en la escuela, el precio era que ahora me veía no como tío, sino como tirano. Con Lu la cosa era diferente, con ella todo era risas, diversión, a ella la abrazaba, con ella era cariñoso, con ella veía películas, a mí me temía. Pensé que quizá y hasta estarían mejor sin mí.

Por esas fechas me entere que mi hermana mayor, la que también vivía en Morelia, se mudaría con su familia a otro estado. Lis se quedaría con su esposo y su bebé recién nacido en la casa de mi hermana mayor, no les cobrarían renta. Esa era mi oportunidad. 

Cuando Lu volvió, o la obligaron a volver, contó de una escuela en Morelia que era una especia de internado donde había casas para que los estudiantes vivieran. En ese tiempo el romance con Sergio apenas empezaba, la ilusión estaba en su apogeo, en ese tiempo yo no quería irme, ahora ésta parecía ser la solución.  Antes de cualquier cosa le dije a Lu que quería irme a Morelia, al haberle insistido tanto en que se fuera conmigo a San Cristóbal me sentía mal por ahora decirle que me quería ir, que iba a dejarla sola otra vez. Supongo que se puso triste pero, orgullosa como ha sido siempre, no me dijo no me fuera.

Una tarde le hablé por teléfono a Lis. Le dije que ya no quería estar ahí que quería irme con ella. Como tenía que ser convincente le conté que tenía meses buscando trabajo y no encontraba, que quería ver lo de la escuela esa que era como internado, hasta le platiqué que ya en ocasiones me había pasado por la cabeza la idea de desaparecer, de irme para siempre, pero del mundo. Me dijo que tenía que consultarlo con su marido, que le llamara en una semana. Qué tiene que consultar con el marido, ni que la casa fuera suya, pensé.

A la semana siguiente le llamé. Me dijo que sí. Que me podían dar techo, pero que en cuanto llegara iba a tener que buscar trabajo porque su situación no era tan buena como para mantenerme.

Después del si no escuché nada más, no me interesó nada más. Finalmente me iba a ir a Morelia, al fin podía decirle a Chiapas, y a todos sus habitantes: Ahí te ves!, yo me voy.

jueves, junio 10, 2021

DEMONIO GUARDIAN

Con la llegada de Lu las cosas mejoraron un poco, al menos estaba acompañado y ya compartía con ella la responsabilidad de cuidar al sobrino y hacerme cargo de la casa. Lola cada vez prolongaba más sus viajes, a veces pasaban hasta tres semanas sin dar señales de vida. Lo malo es que el gasto nos lo dejaba para una, teníamos que hacer malabares con el dinero y si no hubiera sido por la vecina, la mamá de los amigos de mi sobrino, nos habríamos muerto de hambre (si, exagero). Siempre nos llevaba algo de comer o nos prestaba para pasar la semana.

Con el tiempo ambos estábamos frustrados y desesperados. Era evidente que Lu extrañaba a Alejandro, aunque fue en algunas ocasiones a visitarla, me daba cuenta cuando él se iba que la distancia la ponía mal. Para colmo en la prepa le había tocado el turno de la tarde, se iba como a las dos y regresaba casi a las diez. El cambio de escuela también le había afectado, notaba que extrañaba a sus compañeros. El clima tampoco le estaba sentando bien, acostumbrada al calor, el frío y la humedad de San Cristóbal la enfermaban. Los fines de semana se levantaba muy tarde, la veía decaída, desanimada.

Un día le propuse una maldad. Encontramos entre las cosas de mi hermana un billete de cien dólares. Cansados de que nos dejara semanas sin dinero, le sugerí que lo tomáramos y lo cambiáramos. Ella no iba a notar la ausencia del billete, y si lo notaba pensaría que lo había tomado mi sobrino creyendo que era un billete de juguete. Además ya se tenía el antecedente de que mi sobrio le había tomado dinero, la vecina le había dicho a mi hermana en una ocasión que mi sobrino traía mucho dinero y les estaba comprando golosinas a sus hijos. Esa ocasión no pude evitar pensar, mientras regañaban a mi sobrino, que aquello era hereditario.

En la primaria yo había hecho lo mismo, en una ocasión le tomé dinero a mi mamá de su cartera y mientras volvía a casa de la escuela, dejé caer el billete para recogerlo de inmediato frente a mis amigos como si me lo acabara de encontrar, necesitaba testigos. Me la creyeron una vez, no las siguientes. Mi madre, imagino que ya cansada de mi reincidencia, en una ocasión mandó a Lu a buscarme a la escuela, antes del recreo y que pudiera gastarme el dinero;  me dijo que mi madre la había enviado para que le regresara lo que le había agarrado. Haciéndome el loco y el ofendido le dije que yo no había tomado nada, pero ante la amenaza de que iban a hablar con mi maestro y con el grupo para decirles que tuvieran cuidado conmigo porque era un ratero, tuve que devolver la moneda de 500 pesos que había sacado de su cartera. Esa amenaza, con su respectiva golpiza, hicieron que me abstuviera de volver a tomar algo que no era mío, al menos hasta mucho tiempo después. Me costó convencerla, pero al final Lu aceptó mi propuesta y tomamos el billete.

Ese sábado fuimos a la casa de cambio, con el temor de sabernos descubiertos, sabiendo que estábamos haciendo algo mal, que estábamos pecando, fui yo el designado a hacer el cambio, finalmente había sido mi idea. Nos dieron, aun lo recuerdo, casi 800 pesos, un dineral. Saliendo fuimos al súper a surtir la despensa, compramos para varios meses y todavía sobró. Con el sobrante ella se compró unas botas y yo una chamarra de mezclilla, algo que ambos siempre habíamos querido.

Cuando mi hermana volvió no hubo consecuencias, esperábamos que lo descubriera, que nos interrogara, me daba miedo que Lu se rompiera y terminara confesando todo al ver a mi sobrino castigado, no pasó. Tiempo después Lola nos platicó del billete de 100 dólares que tenía entre sus cosas y que mi sobrino perdió al haberlo tomado para jugar. Resulta que al único que le pregunto fue a mi sobrino y él le dijo que si lo había tomado. Hacia tantas travesuras que supongo ya no recordaba cuáles había hecho y cuáles no, o cansado de que no le creyeran se había ahorrado el decir la verdad y pasó directo a aceptar su culpa, aunque esta él no la tuviera.

Como fuera de ésta también me había salvado mi ángel guardián, para entonces ya se vislumbraba que a mi en ves de ángel me había tocado demonio, demonio guardián.

miércoles, junio 09, 2021

CANSADO DE ESTAR DESESPERADO

El tiempo pasaba y yo me acoplaba a mi nueva vida, ya tenía mi rutina. Me levantaba a las 7 a darle de desayunar a mi sobrino y a llevarlo a la escuela. Para el segundo grado mi hermana lo cambió de escuela, ahora estaría en la misma escuela donde iban los vecinos, sus mejores amigos. Nos empezamos a turnar con la vecina, la mamá de los niños, uno de nosotros los llevaba y otro los recogía. Al medio día hacía de comer, después de ver las caricaturas o alguna telenovela repetida en TV Azteca. En la tarde, después de comer, obligaba ayudaba a mi sobrino a hacer la tarea, después lo dejaba salir a jugar un rato, se metía a bañar, le daba de cenar y se dormía. Yo me quedaba viendo películas hasta tarde o escuchando música en mi walkman.

Un día cuando iba del mercado pase por un puesto de periódicos y vi una revista de esas que compraba antes, tomé del gasto y me la compre. Ya no me interesaba tanto las fotos de los tipos desnudos como los anuncios de contactos, esa revista era reciente y traía más anuncios. Elegí los  que me parecieron interesantes y volví a escribirme con extraños. Prefería los que vivieran lejos, esperando que con el tiempo alguno me dijera que me fuera a vivir con él. El interés no pasaba de la segunda o tercer carta, o hasta que ellos mandaban foto y yo me negaba a enviar la mía.

Con las que me escribía con frecuencia era con mis amigas de la prepa, quienes me contaban lo mal que iban las cosas, lo mucho que me extrañaban, la falta que les hacía pues con mi partida el grupo se separó y ya no había quien los liderara por el mal camino. También me escribía con Lis, mi hermana de Morelia. Cuando estuvieron mis papás allá se había casado y en unos meses sería madre, después de mucho intentos. La noticia me llenó de gusto pero también un poco de celos, siempre la había visto como mi segunda madre, y ahora ella tendría un hijo real que me reemplazaría.

Con Lu, la hermana que había dejado en casa, las cosas empezaron a ir mal también. La directora de la prepa, hermana de Alejandro, y la subdirectora, aun esposa de Alejandro, le estaban haciendo la vida imposible. La escuela entera se había enterado de su relación y la veían como la otra, como la roba maridos, como la rompe hogares. Mis padres ya también se habían enterado de que en aquella ocasión mi hermano no mentía, si era cierto eso de que los habían visto románticos en un parque. La armonía en mi casa se rompió, los papales de nuevo se invertían, ella volvía a hacer la oveja negra y yo el buen ejemplo, el bien portado, el que nunca se rinde y sigue luchando.

Le dije a Lu que se fuera a san Cristóbal conmigo, me dijo que no quería que le pasara lo mismo que a mí en la escuela, que no se pudiera hacer el cambio y perdiera un año. Le aseguré que eso no pasaría, incapaz de confesarle la razón por la cual estaba yo tan seguro, incapaz de decirle que fui yo el que dejó de ir a la escuela, incapaz de aceptarme frente a ella como lo que era, un fraude. Total que la convencí, para el próximo semestre se iba a ir conmigo. Al menos ya no estaría solo, al menos ya tendría con quien hablar. Esperaba que con su llegada las cosas cambiaran, que me asentara, que su presencia fuera un aliciente que me obligara a volver a buscar trabajo, para retomar lo de la prepa abierta.

Fui muy egoísta pero ya no sabía qué hacer,  necesitaba aferrarme a algo o alguien, ya estaba cansado de que las cosas cambiaban y yo seguía sintiéndome igual, sin rumbo, sin motivo. 

Estaba ya muy desesperado, y estaba ya cansado de estar desesperado.

martes, junio 08, 2021

ESO LE PASA A LOS MATA GATOS

Desde que mi hermana lo llevó a la casa para presentarlo con mis papás y decirles que se iban a casar, el tipo nunca me cayó bien, en buena parte influenciado por lo que mis papás decían de él. No había ni terminado la carrera, de hecho ya no la estaba estudiando. Su pasión, según decía, eran las ventas. Para él las ventas consistían en ir al DF por un poco de fayuca y venderla entre sus conocidos. Aparte era muy meloso, siempre andaba abrazando, hablando con diminutivos, a nosotros que somos secos como cactus, eso nos sacaba de onda. A mi de vez en cuando me llevaba un regalo, y por eso lo toleraba. Hasta el día en que murió mi gato, Chester.

Mi hermana y él habían ido a la casa a pasar con nosotros las navidades. Esa noche iríamos a casa de mi abuela a saludar y a dar el tradicional abrazo navideño a tíos, primos y abuelos. El no quiso ir por lo que se quedó solo en casa. Antes de irnos estuve buscando a mi gato sin éxito. Era aún un cachorro y por las noches lo encerraba para que no se escapara y lo envenenaran, como lo habían hecho ya con tantos otros. 

Al volver de casa de la abuela seguí en la búsqueda de mi gato, al ver mi angustia mi papá y mis hermanas se unieron a la búsqueda; hasta que mi papá lo encontró en la pila del agua, ahogado, flotando. Lloré, lloré y lloré. Para mi ése no era un gato más, r
ecién había visto por primera vez el especial de navidad de Garfield, mi dibujo animado favorito, por la TV; había llorado con Chester en mi regazo en la parte donde la abuela llora recordando al abuelo ya fallecido, con Garfield en su regazo.

A la mañana siguiente, mi tristeza por la muerte de mi gato era el tema en el desayuno. Al escucharlo mi cuñado comentó “Ah! Con razón escuché un golpe en la ventana, yo creo quiso entrar y al estar la ventana cerrada se cayó al agua”. Había sido un desafortunado accidente, era un consuelo pensar que al menos a éste no me lo habían envenenado. Ya me había tocado ver cómo morían cuando los envenenaban, llegaban a la casa maullando, casi gritando pidiendo ayuda, echando espuma por la boca, chocaban contra las paredes, contra los muebles, yo los tenía que encerrar pues con la desesperación se ponían agresivos, los ponía abajo de una caja y me quedaba con ellos, llorando hasta que finalmente dejaban de maullar. Al menos éste quería pensar que no sufrió.

El fulano debió de haberse callado hasta ahí, pero siguió: “Creo que después escuché el chapoteo en el agua y los maullidos, pero no me imaginé que fuera aquí”. ¿No se lo imaginó? si escuchó el ruido ¿Le costaba mucho levantarse y ver qué era? Si lo hubiera hecho podía haberlo salvado y ahora estaría jugando con él, no pensando en donde lo iba a enterrar.

Mi hermana se dio cuenta de lo que su impertinente marido acababa de decir y volteó a verlo con cara de ¡ya cállate!, mientras yo lo volteaba a ver con mirada fulminante.Él supongo que interpretó las miradas y me abrazó diciendo que lo sentía, yo me solté y le dije que no quería volver a verlo. Para mi él había dejado morir a mi gato, era lo mismo que si lo hubiera matado. Durante los días restantes que estuvieron en la casa de vacaciones no volví a dirigirle la palabra, por mucho que hizo para congratularse conmigo, hasta sugerir que me iba a comprar otro gato, WTF! no respetaba ni mi duelo. Esa había sido la última vez que lo había visto, hasta ahora que lo tenía frente a mí.

Le dije que mi hermana no estaba, que yo me hacía cargo de mi sobrino. Me dijo que la iba a esperar. Ese día él fue por mi sobrino a la escuela y al regresar me dijo que ya mi sobrino le había platicado como estaban las cosas. Me dijo que ahora las cosas iban a cambiar, que ya no íbamos a estar solos, que iba a hablar con mi hermana para decirle que iba a quedarse. Me platicó de todos los planes que tenía, que iba a retomar sus estudios para terminar la carrera, que hasta podía ayudarme a mi con la escuela, me dijo lo bien que nos íbamos a llevar ahora que viviríamos juntos. 

El fin de semana llegó mi hermana y si mi sorpresa fue mucha, la suya fue mayúscula al abrir la puerta y encontrarse con el fulano sentado en la sala. Se fueron al cuarto a hablar, después salieron y se fueron juntos a la calle. Por sus caras noté que algo no estaba bien, él iba muy sonriente y ella se veía incómoda, yo no creía que mi hermana dejara que él se quedara, pero el que existiera una mínima posibilidad me inquietaba. Al volver la expresión de mi cuñado había cambiado. Siempre no se iba a quedar. Recogió las pocas cosas que aún había de él en la casa, incluyendo una chamarra blanca que me gustaba mucho y ya me había adueñado. Le dijo a mi sobrino que tenía que irse otra vez, que iba a llamarle y estar al pendiente de él, lo abrazó. Mi sobrino como respuesta, y sin inmutarse,  le dijo a mi hermana que si podía salir a jugar. Se despidió después de mí  y así salió de nuestras vidas, esta vez para siempre.

Días después me enteré por mi sobrino que su mamá le dijo que se iban a divorciar y que su papá ya se había ido a Monterrey. Recordé la muerte de mi gato, Chester, cuando le dije que no quería volver a verlo, y pensé que mi deseo se estaba cumpliendo, seguramente al menos yo no volvería a verlo. 

No pude evitar acordarme de mi vecino, el mismo vecino al que, como ya conté, espiaba mientras se bañaba; ese mismo al que ya le tenía tanto rencor pues había descubierto que era él quien envenenaba a mis gatos.

Se acababa de comprar una moto, y todas las mañanas el ruido que hacía con su moto al salir me despertaba. Esa mañana de domingo yo planeaba dormir hasta darte pero el escándalo de su moto me despertó. "Ojalá se mate en esa moto, así ya me va a dejar dormir y ya no me va a matar a mis gatos", pensé aun entre sueños. Por la tarde se escucharon patrullas. Mi hermana, que estaba en casa del vecino pues su hija es a la fecha una de sus mejores amigas, llegó pálida. Las patrullas eran de los policías que habían ido a decirles que mi vecino había tenido un accidente en la moto, estaba muerto. Al parecer el accidente había estado feo y necesitaban que fueran a identificar los restos.

La sangre abandonó mi cuerpo, impresionado y asustado trataba de pensar que aquello no podía ser mi culpa, yo no había deseado su muerte de corazón. No era la primera vez que, impulsado por el enojo del momento, le había aplicado a alguien el “ojala te mueras” y nunca había pasado nada. Trataba de convencerme de que aquello había sido un accidente, él iba borracho, yo no podía haberlo provocado, no tenía nada que ver conmigo. Aun así no podía evitar el sentirme culpable.

Estábamos en la calle como casi todos los vecinos, impactados con la noticia; cuando extrañado vi que del terreno baldío de enfrente, salía de entre los matorrales un gato, incrédulo me acerqué a él, lo llamé por su nombre y constaté que ese era mi gato. Un gato al que ya hacía semanas había dado por muerto, un gato al que yo había asumido mi vecino también había envenenado. Al verlo mi mamá incrédula confesó que ella le había pedido a mi papá se llevara a perder a ese gato pues ya no querían que yo lo tuviera, curiosamente el gato había encontrado el camino de regreso a casa. No quería pensar que aquello era una señal, un mensaje del universo, no quería pensar que yo había estado culpando a mi vecino de algo que no siempre había hecho.

Esa noche, vi por primera vez en la TV una película que con el tiempo se convirtió en una de mis favoritas, principalmente por la canción con la que cierran los créditos finales, “Nothing’s gonna stop us now”. Después de verla y de que me distrajo de mis pensamientos momentáneamente, intenté dormir, sin conseguirlo. Cerraba los ojos e inmediatamente pensaba en mi vecino, me preguntaba si esa mañana yo no hubiera deseado lo que deseé, aun estaría vivo. Le pedí perdón a Dios, arrepentido y entre lágrimas, juré nunca más desearle eso a nadie. Sólo así pude dormir.

Con el tiempo me olvidé de ese incidente, o lo ignoré pretendiendo que nunca había pasado, como hacía con todo lo que me inquietaba. Para este momento ya lo había superado, ya había dejado de sentir culpa, el desamor me había vuelto lo suficientemente cínico como para creer que tenía el poder de causarle la muerte a alguien con el pensamiento, ojalá lo tuviera, pensaba. 

Pero ese día que casualmente se me estaba cumpliendo el deseo de no volver a ver a mi cuñado, pensé que aquello tampoco había sido mi culpa, no me sentí mal al ver lo ilusionado que llegó y lo triste que se fue, eso le pasa a los mata gatos, pensé.